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Texto
íntegro de la histórica petición de perdón del Papa a la
Ortodoxia
Discurso pronunciado el 4 de mayo
en el arzobispado ortodoxo de Atenas
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Como símbolo de
paz, el Papa riega un olivo en una iglesia ortodoxa
destruida en los Altos del Golán. (Foto Reuters)
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CIUDAD DEL VATICANO (ZENIT) — La visita de Juan Pablo II a Atenas quedó
marcada por la histórica petición de perdón que el pontífice
presentó por los pecados y ofensas cometidos por cristianos
católicos contra ortodoxos a través de la historia.
El texto, que fue leído por el Papa en
la sede del arzobispado ortodoxo de Atenas, ante Su Beatitud
Christodoulos, el 4 de mayo, pasará a la historia de las
relaciones entre el catolicismo y la Ortodoxia.
Ofrecemos a continuación la traducción
del texto que presenta L'Osservatore Romano en lengua
española en su última edición (11 de mayo de 2001).
Beatitud, venerables miembros del Santo
Sínodo, reverendísimos obispos de la Iglesia ortodoxa de
Grecia:
Christós anésti!
1. En la alegría de la Pascua, os
saludo con las palabras del apóstol san Pablo a la Iglesia de
Tesalónica: "el Señor de la paz os conceda la paz
siempre y en todos los órdenes" (2 Ts 3, 16).
Me
complace mucho encontrarme con usted, Beatitud, en esta sede
primada de la Iglesia Ortodoxa de Grecia. Saludo con afecto a
los miembros del Santo Sínodo y a toda la jerarquía. Saludo
al clero, a las comunidades monásticas y a los fieles laicos
de esta noble tierra. ¡La paz esté con todos vosotros!
Una herencia común
2. Ante todo deseo expresaros el afecto
y la estima de la Iglesia de Roma. Compartimos la fe apostólica
en Jesucristo, Señor y Salvador. Tenemos en común la
herencia apostólica y el vínculo sacramental del bautismo y,
por consiguiente, todos somos miembros de la familia de Dios,
llamados a servir al único Señor y a anunciar su Evangelio
al mundo. El concilio Vaticano II exhortó a los católicos a
considerar a los miembros de las demás Iglesias "como
hermanos en el Señor" (Unitatis redintegratio, 3), y
este vínculo sobrenatural de fraternidad entre la Iglesia de
Roma y la Iglesia de Grecia es fuerte y permanente.
Ciertamente, llevamos el peso de
controversias pasadas y actuales, y de incomprensiones
persistentes. Sin embargo, con espíritu de caridad recíproca,
podemos y debemos superarlas porque eso es lo que el Señor
nos pide. Obviamente hace falta un proceso liberador de
purificación de la memoria. Por las ocasiones pasadas y
presentes, en las que los hijos e hijas de la Iglesia católica
han pecado de obra u omisión contra sus hermanos ortodoxos,
¡que el Señor nos conceda el perdón que le suplicamos!
Algunos recuerdos son particularmente
dolorosos, y algunos acontecimientos del pasado lejano han
dejado profundas heridas en la mente y en el corazón de las
personas hasta hoy. Pienso en el desastroso saqueo de la
ciudad imperial de Constantinopla, que fue durante mucho
tiempo bastión de la cristiandad en Oriente.
Es trágico que los asaltantes, que habían
prometido garantizar el libre acceso de los cristianos a
Tierra Santa, luego se volvieran contra sus hermanos en la fe.
El hecho de que fueran cristianos latinos llena a los católicos
de profundo pesar. No podemos por menos de ver allí el mysterium
iniquitatis actuando en el corazón humano. Sólo a Dios
toca juzgar y, por eso, encomendamos la pesada carga del
pasado a su misericordia infinita, suplicándole que cure las
heridas que aún causan sufrimiento al espíritu del pueblo
griego. Debemos colaborar en esta curación si queremos que la
Europa que está surgiendo sea fiel a su identidad, que es
inseparable del humanismo cristiano
compartido por Oriente y Occidente.
Un gran patrimonio de la Iglesia entera
3. En este encuentro, deseo
garantizarle, Beatitud, que la Iglesia de Roma contempla con
sincera admiración a la Iglesia ortodoxa de Grecia por el
modo como ha conservado su patrimonio de fe y vida cristiana.
El nombre de Grecia resuena dondequiera que se anuncia el
Evangelio. Los nombres de sus ciudades son conocidos por los
cristianos en todas partes, puesto que los leen en los Hechos
de los Apóstoles y en las Cartas de san Pablo. Desde la época
apostólica hasta hoy, la Iglesia ortodoxa de Grecia ha sido
una fuente rica de la que también la Iglesia de Occidente ha
bebido para su liturgia, su espiritualidad y su jurisprudencia
(cf. Unitatis redintegratio, 14). Los santos Padres,
intérpretes privilegiados de la tradición apostólica, y los
concilios, cuyas enseñanzas son un elemento vinculante de
toda la fe cristiana, constituyen un patrimonio de la Iglesia
entera. La Iglesia universal no podrá olvidar nunca lo que el
cristianismo griego le ha dado, ni deja de dar gracias por la
influencia duradera de la tradición griega.
El concilio Vaticano II recordó a los
católicos el amor que la Iglesia ortodoxa tiene por la
liturgia, a través de la cual los fieles "entran en
comunión con la santísima Trinidad, y se hacen "partícipes
de la naturaleza divina" (ib., 15). La Iglesia ortodoxa
de Grecia, en el culto litúrgico tributado a Dios a lo largo
de los siglos, en el anuncio del Evangelio incluso en tiempos
oscuros y difíciles, y en la presentación de una
inquebrantable didascalia, inspirada en las Escrituras y en la
gran Tradición de la Iglesia, ha engendrado multitud de
santos que interceden por todo el pueblo de Dios ante el trono
de Gracia. En los santos vemos realizado el ecumenismo de la
santidad que, con la ayuda de Dios, nos llevará a la comunión
plena, que no es ni absorción ni fusión, sino encuentro en
la verdad y en el amor (cf. Slavorum apostoli, 27).
Búsqueda de la unidad
4. Por último, Beatitud, deseo
expresar la esperanza de que podamos avanzar juntos por las
sendas del reino de Dios. En 1965, el patriarca ecuménicoAtenágoras
y el Papa Pablo VI, con un acto conjunto, cancelaron y
borraron de la memoria y de la vida de la Iglesia la sentencia
de excomunión entre Roma y Constantinopla. Ese gesto histórico
es una invitación a trabajar cada vez con mayor empeño con
vistas a la unidad, que es la voluntad de Cristo. La división
entre los cristianos es un pecado ante Dios y un escándalo
ante el mundo. Es un obstáculo a la difusión del Evangelio,
puesto que hace menos creíble nuestro anuncio.
La Iglesia católica está convencida
de que debe hacer todo lo posible para "preparar el
camino del Señor" y "enderezar sus sendas" (Mt
3, 3) y comprende que es preciso hacerlo juntamente con los
demás cristianos, en diálogo fraterno, en cooperación y en
oración. Si algunos modelos de reunión del pasado no
corresponden ya al impulso hacia la unidad que el Espíritu
Santo ha suscitado recientemente por doquier en los
cristianos, todos debemos estar más abiertos y atentos a lo
que el Espíritu dice ahora a las Iglesias (cf. Ap 2, 11).
En este tiempo pascual, pienso en el
encuentro que se produjo en el camino a Emaús. Sin saberlo,
los dos discípulos estaban caminando con el Señor
resucitado, el cual se convirtió en su maestro al
interpretarles las Escrituras, "empezando por Moisés y
continuando por todos los profetas" (Lc 24, 27). Sin
embargo, al inicio no captaron su enseñanza. Sólo
comprendieron cuando se abrieron sus ojos y lo reconocieron.
Luego reconocieron la fuerza de sus palabras, diciéndose
mutuamente:"¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro
de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba
las Escrituras?" (Lc 24, 32). La búsqueda de
reconciliación y comunión plena significa que también
nosotros debemos escrutar las Escrituras para ser instruidos
por Dios (cf. 1 Ts 4, 9).
Beatitud, con fe en Jesucristo,
"el primogénito de entre los muertos" (Col 1, 18) y
con espíritu de caridad fraterna y viva esperanza, deseo
asegurarle que la Iglesia católica está irrevocablemente
comprometida en el camino de unidad con todas las Iglesias. Sólo
así el único pueblo de Dios resplandecerá en el mundo como
signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la
unidad de todo el género humano (cf. Lumen gentium, 1).
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