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Dios en nosotros

Georgina Fernández Jiménez
Periodista católica que reside en Miami

Un buen amigo mío, matemático, intelectual y admirable persona, se pasó la vida empeñado en que alguien le probara la existencia de Dios. Como nadie lo llevó por los caminos de la fe, buscó a Dios dubitativamente, científicamente, aquí y hasta en el Cosmos. Quería pruebas. Rehusaba el Dios antropomórfico en quien muchos creen y negaba la Resurrección porque no concebía que, en su omnipotencia, Dios “violara las leyes de la naturaleza”.

Mi amigo percibía al  hombre como una maquinaria que, al gastar su batería, se apagaba y cesaba de ser. Después, al final de su vida, creyó que la humanidad evolucionaría y hablaba de Dios como una “Energía”, o un “Principio Cósmico”.

En nuestras conversaciones, mi empeño era no ya probarle la existencia divina, sino al menos hacerle ver que Dios está en cada uno de nosotros, que esa inquietud suya por hallarlo era el soplo del Espíritu y una prueba de la existencia del Dios que él penaba por conocer. Pero la fe es un don, un regalo que a veces se nos da y a veces hay que pedir con sencillez y que es necesario alimentar para que no se marchite. Dicen que la fe es la humildad del entendimiento y que el amor es la humildad del corazón. Y mi amigo no quería “ver” con el corazón.

Hoy, sin embargo, le hubiera podido decir a ese amigo mío que la ciencia cada día se acerca más a aceptar lo divino. La portada de la revista Newsweek del 7 de mayo, dice: “Dios y el cerebro: Cómo estamos conectados para la espiritualidad”. Se trata de un nuevo campo: la Neuroteología, por la cual la ciencia busca la base neurobiológica de la espiritualidad.

Fue el Dr. James Austin, quien quizá desató esta búsqueda. El neurólogo tuvo una experiencia esclarecedora  camino a un retiro budistazen cuando, esperando a un tren, sintió que su “yo” desaparecía y que no existía el mundo físico —ni el tiempo, ni el espacio— y percibió un sentido de eternidad. Austin concluyó que para que ocurra una experiencia contemplativa las regiones del cerebro que controlan el sentido del espacio y la orientación y que distinguen entre el “yo” y el mundo que nos rodea, deben aquietarse, “dormirse”. Plasmó sus experiencias en su libro “Zen and the Brain” y la ciencia, lejos de ignorarlo, sorpresivamente corrió en masa a estudiarlo.

Para Austin, su experiencia fue “una prueba de la existencia del cerebro”. Pero, con otra orientación, la Hermana Celeste, una monja franciscana que se sometió al escáner, describe lo que siente al meditar: “Sentí una comunión, una paz… Me sentí plena, consciente de la presencia de Dios… Dios permeaba mi ser”. Para ella, esta fue una experiencia mística.

Al contrario de Austin, hay científicos que afirman que “no se puede determinar si el cerebro está causando la experiencia o, por el contrario, que esté percibiendo una realidad espiritual”.

Ya las universidades  y un sinfín de científicos utilizan escáners y acumulan  imágenes y data del cerebro para determinar con precisión los circuitos cerebrales que se activan por igual mientras medita un científico, un monje budista o una monja franciscana.

  Para los que tenemos fe no hacen falta explicaciones; para los que no la tienen, ninguna explicación basta. A la larga, tanto ellos como mi amigo, en su búsqueda de lo Infinito, un día repetirán con  Chesterton: “Yo soy aquel hombre que, con la mayor osadía del mundo, descubrió… lo que ya había sido descubierto antes”.