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Iglesia
en Cuba, fe cristiana y sociedad
Palabras
pronunciadas por el Cardenal Jaime Ortega Alamino, Arzobispo
de La Habana, durante la ceremonia en la cual le fue otorgado
el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Popular Autónoma
del Estado de Puebla, México el 6 de junio de 2001
Por
Dios o por el hombre
Ha
concluido un milenio en cuyos últimos siglos el hombre comenzó
un verdadero retorno a la era pre-cristiana, al mismo tiempo
que parecía convencido de estar avanzando por caminos
novedosos en la historia. No debe creerse que el desarrollo
científico técnico equivale a crecimiento humano. Desde
mediados del siglo pasado hasta los años sesenta del siglo
XX, una verdadera embriaguez de ciencia y técnica fue el
caldo de cultivo de un pensamiento sobre el hombre que tuvo
como denominador común el decir del hombre lo que le conviene
únicamente a Dios. Al ser humano se le concedieron atributos
que lo absolutizaron. El hombre fue endiosado en utopías, en
ideologías, en diversos sistemas de pensamiento. No importa
que lo fuera individualmente, como especie, o socialmente. El
gran drama de este tiempo fue poner a los hombres y a los
pueblos ante el dilema de optar por Dios o por el hombre,
sobre todo cuando las ideologías conquistaron el poder político
y forzaron esa opción.
Transición
A ese
período de la historia que se ha convenido en llamar
modernidad le ha sucedido otro, en el cual parece que vivimos
hoy, al que se le da el nombre de postmodernidad. En la
modernidad Dios sobraba, en esta época presente, en este
comienzo de siglo, falta Dios. Este tránsito doloroso y
saludable lo hemos vivido y lo estamos viviendo en Cuba donde
la opción por Dios o contra Dios fue políticamente
reclamada, e inducida desfavorablemente para la fe, por el ateísmo
de factura marxista, que se convirtió constitucionalmente en
el credo oficial del Estado. Pero un cambio en el pensar y en
el sentir del pueblo comienza a darse poco a poco.
Los
que tenemos algunos años asistimos con admiración y sorpresa
a esa transformación de mentalidad que se produce desde
finales del siglo XX, no sin desconcierto por parte de quienes
la experimentan, pues las etapas de la historia no se suceden
unas a otras, más bien se superponen, se gestan con
simultaneidad a las corrientes dominantes de pensamiento.
Cuando pasa el frenesí de una época muchos vuelven a darse
cuenta de que somos barro, hechura de la mano de un Dios que
nos ha modelado y el hombre comienza a hacerse entonces la
misma pregunta que el profeta: "¿Puede una vasija
volverse hacia su Hacedor para decirle: por qué me has hecho
así?" (Cf. Is. 29,16).
Búsqueda
de Dios
Se
inicia entonces, entre los hombres y mujeres de esa época, la
búsqueda de algo fuera de ellos mismos que los rescate del
vacío. En la antigüedad pocos filósofos fueron tan
contrarios al cristianismo como Porfirio. Pero San Agustín, a
través de él, del vacío que ese pensador experimentó en su
alma, descubrió que la única verdad que salva es Jesucristo.
Es también por esas razones este período un tiempo de
contrastes y de saltos en el vacío buscando el verdadero
Absoluto. En la búsqueda de la trascendencia por parte del
hombre, el pecado oscurece la visión de la fe en Dios. Las
consecuencias terribles del pecado están dramáticamente
representadas en el relato bíblico de la creación.
Antes del pecado del hombre, Dios se paseaba por el
jardín del paraíso al atardecer y el hombre se encontraba
naturalmente con Él. Después del pecado, el hombre fue
sacado del paraíso, de aquel jardín donde se encontraba con
Dios, y ya no pudo compartir más con Él habitualmente. Una
nostalgia de Dios quedaría para siempre en el corazón
humano.
Varios
pensadores modernos, como lo hicieron también antiguos filósofos,
llevados por esa nostalgia que extrañamente nos asalta a
todos, trataron de llegar hasta Dios sólo con sus propias
fuerzas, con sus propios razonamientos. Esto no es más que
otro tipo de pretensión del hombre: la de ascender por sí
mismo hasta el Creador. No es inútil el camino de la razón,
es también necesario, pero lo que no pudieron muchos de esos
pensadores fue concebir o aceptar el camino descendente de
Dios, tal y como nos lo presenta el prólogo del Evangelio de
Juan: "la Palabra se hizo carne y acampó entre
nosotros... al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo no lo
conoció. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, pero
a cuantos lo recibieron les da poder para ser hijos de Dios,
si creen en su nombre." Del que sale a buscar al que
llega a rendirse ante Dios que viene a nosotros hay un largo
trecho espiritual que recorren hoy muchos hermanos nuestros en
Cuba.
Reflexión
y anuncio
Ante
la etapa que se nos abre por delante con el nuevo milenio,
cargada de memorias de un pasado
rico y miserable y preñada a la vez de esperanzas e
incertidumbres, debemos mirar el tiempo transcurrido desde la
venida de Cristo hasta esta hora de la historia como hijos de
la Iglesia Madre, que guarda en su memoria bimilenaria las
incidencias del camino titubeante y grandioso de la humanidad,
al modo de la Virgen María, "que conservaba todas
aquellas cosas meditándolas en su corazón" (Lucas
2,19).
Esa
memoria viva, la Iglesia tiene que brindarla a la humanidad
del nuevo milenio: es la del Señor, nacido en la pobreza del
pesebre, contemplado por los pastores, cantado por los ángeles,
que compartió todo lo nuestro menos el pecado y que murió
por nosotros en la Cruz. Resucitado y glorioso está vivo y
presente en medio de su pueblo y lo estará siempre, hasta el
fin del mundo. Su nombre es Jesús, como lo había llamado el
ángel antes de su concepción y significa: "el que
salva".
Iglesia
Encarnada
La fe
cristiana lleva consigo este mensaje de salvación al hombre
concreto, es decir, a una persona que ha nacido en una
familia, que integra otros grupos de trabajo, de estudio,
deportivos, de entretenimiento, de desarrollo cultural; que es
ciudadano de un país determinado, y que se halla favorecido o
afectado por las ideas que conforman el pensamiento de una época,
que tiene responsabilidades históricas y, además, lo que es
fundamental, un destino eterno. Esto quiere decir que la
Iglesia en Cuba debe llevar su mensaje salvador al hombre
cubano concreto que vive en un sistema político con características
propias y con una organización de la sociedad que tiene las
peculiaridades del colectivismo socialista. Esta es la Ley de
la Encarnación.
En el
Encuentro Nacional Eclesial Cubano celebrado en 1986 la
Iglesia resumió su acción en Cuba en tres calificativos que
debían identificar a la comunidad católica en nuestro país:
la Iglesia debe ser orante, encarnada, evangelizadora. El
desafío mayor ha sido y es que la Iglesia se encarne en
nuestra realidad, porque en sociedades de un fuerte estatismo,
o donde el individualismo o el nacionalismo exacerbado se han
enseñoreado, puede existir en algunos, o en muchos, la
tentación de considerar a la Iglesia como una sociedad
alternativa, y los mismos cristianos no comprenden cómo la
Iglesia puede encarnarse en tal realidad. Por su parte, los
que detentan el poder miran a la Iglesia como un ente extraño
a la sociedad. Terrible coincidencia que vuelve a probar cómo
los extremos se tocan.
La
Iglesia nace de Dios
La
Iglesia, históricamente, nace de la predicación de Jesús
sobre el reino de Dios y de la resurrección de Jesucristo,
por la cual Dios lo constituye siempre presente en medio de
los que acogen su palabra y a éstos les envía el Espíritu
Santo para que sean capaces de vivir y de anunciar esa
palabra. En todo su ser y su quehacer la Iglesia nos remite a
Jesucristo, como Jesucristo nos remite al Padre. No puede, por
tanto, homologarse la Iglesia a ningún Estado, ni a ninguna
asociación intermedia. Todo lo que la Iglesia pueda aportar a
la historia y a la sociedad concreta donde ella se encarna,
viene de la revelación de Dios; ella ha
recibido una misión de parte de Dios Padre por medio
de Cristo, un encargo del mismo Cristo Salvador que es su
origen histórico como fundador y como roca de cimentación
sobre la cual se asienta: " la piedra desechada por
los arquitectos es ahora la piedra angular"
( Hechos 4,11).
De
este modo se comprende la Iglesia a sí misma, desde la
memoria de Jesús con su mensaje, con la irradiación de su
persona. Se comprende a sí misma movida siempre por el Espíritu
Santo, que en cumplimiento de su promesa, Jesús le ha dado.
Ella guarda, además, en su seno los sacramentos, que permiten
que la gracia de Cristo se haga hoy presente y actuante. Por
tanto, la Iglesia se sabe enviada por Dios y en total
acatamiento del plan de Dios.
La
Iglesia, interpelada por los hombres
Pero
he aquí que está solicitada, requerida al mismo tiempo, como
lo estuvo su Maestro y Señor, por las angustias y las
esperanzas de los hombres. ( G.S.I, 1). La Iglesia vivirá
siempre en la tensión de estos dos reclamos: una absoluta
fidelidad a lo que ella es y debe seguir siendo según el
querer de Dios y una fidelidad al clamor de la humanidad en
busca de certezas, de consuelo, de esperanza, de respeto a sus
derechos y aún de satisfacción de sus necesidades vitales.
Grandeza
y debilidad de la Misión de la Iglesia
La
Iglesia vive siempre entre la grandeza y la debilidad de su
misión, pero también entre la grandeza y la debilidad del
clamor de los hombres. Hay grandeza en su misión por ser
depositaria de los dones de la salvación y hay debilidad en
el cumplimiento de esa misión por la falta de santidad de
quienes integran el pueblo de Dios y porque la transformación
del mundo por el amor de Cristo sólo se produce si el hombre
libre accede a vivir en plenitud ese amor. Hay grandeza en el
clamor de los hombres, creyentes
o no, que ponen su confianza en la Iglesia, pero hay
debilidad en ese mismo clamor por el contenido de lo que
esperan de una Iglesia que no tiene fuerza ni poder, porque el
reino que ella anuncia no es de este mundo.
Esta
tensión entre la fiel acogida a Dios y la no menos fiel
atención al hombre, ha visto en la historia de estos últimos
siglos a la comunidad cristiana tentada por estas dos
concepciones absolutizantes: una, dedicarnos sólo a Dios, sólo
al evangelio, sólo al culto. Algunos lo hicieron así en un
pasado más o menos remoto. De otro lado, históricamente, la
Iglesia se ha visto en períodos de su historia forzada a esta
opción. Así nos ocurrió en Cuba en el pasado reciente,
cuando fuimos constreñidos
por coordenadas ideológicas y políticas que limitaban
nuestra presencia en la sociedad. Pero cuando ésta es una
opción libre de la Iglesia, es decir, replegarse sobre sí
misma y dedicarse sólo al culto, se trata de una especie de
tentación teológica. Está la tentación opuesta, de
naturaleza antropológica: dedicarnos sobre todo al hombre, a
sus problemas, poniendo en lugar central su autonomía,
teniendo la libertad como un absoluto.
Curiosamente,
a esta última opción corresponde a menudo una acción
formativa, cultural y profética acentuada al máximo, dejando
a un lado la acción curativa del hombre dañado por las
situaciones pobremente humanas que ha vivido; me refiero a esa
acción misericordiosa que siempre halla espacio y momento
para reconstruir al hombre y a la misma sociedad, pues en ella
encontramos, a veces, grandes ideales, pero lamentablemente
asociados a decadencias y desesperanzas. Esta tarea de acompañamiento
y sostén del hombre en dificultades no la ha descuidado la
Iglesia en Cuba y se ha hecho más notable en la última década
del siglo que acaba de concluir.
Distancia
inevitable entre la Iglesia y el mundo
La
Iglesia, sin embargo, estará siempre a distancia con respecto
a lo que los hombres, movidos por el deseo de eficacia, la
voluntad de dominación o las ideologías, reclaman de ella.
Esto no se debe a falta de entrega o a incapacidad para
adaptarse a los tiempos que corren o a que ignore las
angustias de los hombres. Simplemente, los ritmos de la
historia de los hombres no corresponden a los tiempos de Dios,
a los cuales debe estar atenta la Iglesia.
Toda
andadura realmente evangélica incluye una mirada y un
proyecto a largo plazo. El paradigma es el sembrador de la parábola
de Jesús, que sale a sembrar pacientemente la semilla. El
modelo para nosotros, cubanos, es el Siervo de Dios, Presbítero
Félix Varela, sacerdote ilustre y santo, que vivió exiliado
en Estados Unidos, entregado a una siembra paciente de valores
evangélicos, tratando de preparar así la conciencia de los
cubanos para que alcanzaran un día la independencia de su
Patria que él no pudo contemplar desde este mundo.
Es
evidente que hay otra distancia siempre insalvable respecto
del tiempo que le toca vivir a la Iglesia o de los hombres que
viven en ese tiempo: es la santidad de Dios, el único
necesario, que es nuestro futuro absoluto y a quien debemos
acercarnos siempre más.
En la
exhortación apostólica "Novo Millennio Ineunte",
el Papa propone que se estructure una pastoral de santidad,
que lleve a toda la Iglesia a una mayor cercanía a Dios. La
distancia entre el mundo y Dios está vivamente presentada en
el Evangelio de Juan: "Ustedes están en el mundo,
pero no son del mundo".
Iglesia
y Fe no deben procurar legitimarse socialmente
El
gran desafío para la Iglesia no es sólo ser aceptada por las
estructuras sociales y políticas siendo como ella es; sino
también aceptarse a sí misma como sacramento de Cristo en el
mundo, renunciando, como lo hizo su Señor, a la eficacia que
se espera de ella desde criterios o proyectos totalmente
terrenales. "Jesús, sabiendo que querían hacerlo
rey, se fue a otro lugar". (Jn 6,15)
Cuando
la comunidad cristiana, la Iglesia, ha sido rechazada por la
sociedad o por los gobiernos, puede intentar legitimarse a sí
misma colaborando en las cosas que la sociedad valora. Es
verdad que la Iglesia tiene que dar con su vida, con sus obras
buenas, testimonio de la fe que la anima; pero no debe buscar
carta de ciudadanía ni aprobaciones que le otorguen créditos
en el presente o en el futuro y, en los sitios donde hay
alternancia de poder, ni en un partido ni en otro; porque es
un error olvidar la aportación específica de la Iglesia,
creyendo ganar crédito por la eficacia de sus contribuciones
en dominios donde pueda aparecer que entra en el campo propio
de la sociedad o de la política. Este terreno es el propio de
los laicos cristianos, como lo reafirma el Papa Juan Pablo II
en la exhortación apostólica Novo Millennio Ineunte, citando
el Concilio Ecuménico Vaticano II (AA, 2)
En particular, es necesario descubrir cada vez mejor
la vocación propia de los laicos, llamados como tales a
"buscar el reino de Dios ocupándose de las realidades
temporales y ordenándolas según Dios" y a llevar a cabo
"en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde
(...) con su empeño por evangelizar y santificar a los
hombres" N.M.I.46.
La
Iglesia puede ser, pues, solicitada de variados modos para
constituirse en alternativa temporal, en orden a resolver los
problemas de este mundo. Consentir a esto constituiría un
vaciamiento interno de la misión que Cristo le ha confiado.
La fe
de la Iglesia proclama el amor de Cristo
Ahora
bien, desde el querer de Dios, la Iglesia sabe que tiene el
deber de sembrar el amor, del que Cristo la ha hecho
depositaria en el seno de la sociedad. Tiene también que
decir palabras y alzar signos que favorezcan el
establecimiento de una comunidad humana donde reine la
concordia, se superen los agravios por la reconciliación
entre todos, se auspicie la colaboración entre cristianos de
distintas confesiones, con hombres de otra religión y con no
creyentes, en orden al bien común.
Esta
misión inspiradora e iluminadora asumida a partir del
evangelio opera en la raíz de los males y pone a los hombres
y pueblos frente a su responsabilidad ética de encarar las
dificultades. Aún obrando así, las propuestas de la Iglesia
crearán, al mismo tiempo, un contraste entre la novedad del
evangelio y la acción santificadora del Espíritu de Dios,
por un lado, y el pecado del hombre por otro. Ahí se halla su
acción profética expresada al más alto grado.
Desafíos
a la Fe cristiana y a la Iglesia
En
nuestro país la Iglesia ha vivido muy agudamente esta dialéctica
Dios-mundo, misión cultual-misión profética, Iglesia fiel a
su misión-Iglesia fiel al clamor de los hombres. Estas
tensiones han sido potenciadas por el medio difícil y a veces
hostil donde ha debido realizar su misión, viéndose obligada
a sortear siempre
la tentación de buscar créditos para el presente o para el
futuro tanto ante el poder político como ante quienes
disienten de él dentro o fuera de Cuba. Camino difícil es y
ha sido éste: decir la verdad sin desafiar, perdonar sin
olvidar, confiar sólo en Dios cuando todos los cálculos
humanos nos llevarían a la depresión o a la fuga.
Los
cristianos cubanos han vivido y viven de la fe en su Señor.
La Iglesia ha experimentado existencialmente en nuestro país
que su misión no es otra que la de propiciar y fortalecer esa
fe.
Aportes
de la Iglesia a la sociedad en Cuba
Los
aportes que la Iglesia puede hacer a Cuba en el nuevo milenio
que está iniciándose van, pues, en el sentido de su propia
misión. Toda religión seria quiere ofrecer al hombre un tipo
de mensaje que le dé sentido a su vida personal, que le haga
mirar la historia de la humanidad no como una historia perdida
o fracasada, sino salvada, y en el seno de esa historia
propiciar un comportamiento ético responsable y una
convivencia humana digna y armónica con sentido comunitario.
Nosotros,
cristianos, fundamos este programa en Cristo, Hijo Encarnado
de Dios y Salvador del mundo. La aportación de la Iglesia en
Cuba en este siglo debe hacerse, pues, en tres campos
principales: en la estructuración y fortalecimiento de la
vida personal, del orden moral y de la convivencia social. El
cristianismo puede hacer ese aporte valiosísimo a la sociedad
civil en cualquier parte del mundo, también en Cuba.
Vida
personal
Por el
fortalecimiento de la vida personal. Cuando el ser humano se
hace consciente de su grandeza que le viene de haber sido
creado por Dios a su imagen y semejanza, encuentra la alegría
de vivir, pues sabe, además, que ese Dios lo ama y al creer
en el Dios hecho hombre, Jesucristo, descubre la dignidad
divina del hombre. Nace así un hombre positivo, reconciliado
consigo mismo y con la historia, que no puede sino enriquecer
la sociedad donde vive al mismo tiempo que fortalece su vida
personal.
Orden
Moral
Es
necesario fortalecer también el orden moral. Las ausencias de
referencia moral indican que cada hombre o mujer es una brújula
sin norte. De este modo no se sabe ya cuales son los valores,
ni los deberes, ni los ideales básicos y la vida se rebaja al
plano sensorial, sólo se buscan placeres. La sociedad puede
caer entonces en la depresión y el hastío. La inmoralidad y
aún más la amoralidad producen la desmoralización del ser
humano.
La
Iglesia no se presenta en medio de la sociedad únicamente
como una instancia moral, más bien ella le da al ser humano
un fundamento privilegiado de la moralidad, que es la persona
de Jesucristo y su mensaje. Quien lo encuentra a Él
transforma su vida; los valores que propone el evangelio
fundan un elevado comportamiento ético.
Vida
comunitaria
Es
necesario, además, establecer una convivencia comunitaria que
tenga en cuenta a todos. Los hombres y mujeres que integran un
mismo pueblo deben vivir unidos en el amor. Hay que saber
despertar sentimientos de benevolencia y solidaridad entre
todos. Para nosotros, cristianos, la solidaridad se llama
fraternidad, pues todos somos hermanos, hijos de un mismo
Padre. Para que muchos en nuestro pueblo puedan alcanzar la
meta de una convivencia verdaderamente comunitaria, fundada en
el amor, será necesario asumir también criterios que valoren
y promuevan la reconciliación entre los que se hallan
distanciados, enfrentados, cargados de rencores dentro y fuera
de Cuba.
La
Iglesia ofrece, más que todo, como riqueza que le es propia y
que desea compartir con los hombres de todo tiempo y lugar, su
vida misma, la de una gran Familia con una larga historia de
muchos siglos, que ha pasado por épocas de luchas y
persecuciones, que ha vivido situaciones críticas y las ha
superado en el amor, que fomenta una verdadera fraternidad
espiritual por la oración, que mira con esperanza hacia el
futuro. El hombre y la mujer que participan en la vida de la
Iglesia se tornan más libres, más enteros ante las pruebas y
son capaces de superar las preocupaciones por sus necesidades
inmediatas y otras angustias del tiempo presente.
Metodología
de la Fe
Las
propuestas que hace la Iglesia al pueblo cubano no son para mañana,
son proyectos para los cuales hay que preparar a las
generaciones jóvenes, de más difícil realización que los
programas a corto plazo que establecen los estados, partidos
políticos, grupos intermedios o empresas, pues no puede
medirse la acción de la Iglesia por la eficacia u otros parámetros
similares que son incapaces de calibrar la misión que
Jesucristo le ha confiado y la acción del Espíritu Santo en
los corazones.
Las
motivaciones espirituales en que se fundan esas propuestas
reclaman una metodología distinta en cuanto al modo de obrar,
pues éste tiene en cuenta no sólo el contenido del mensaje,
sino también la libertad del hombre. La Iglesia propone su
mensaje con absoluto respeto al hombre libre que puede
acogerlo o no y en mayor o menor grado.
Reconocimiento
de la misión de la Iglesia por los hombres y por la sociedad
Para
hacer vida este mensaje la Iglesia necesita no sólo espacio y
libertad, sino que la naturaleza de su misión sea respetada y
valorada justamente. Es verdad que en muchas ocasiones un
proyecto humanista de tan altos contenidos lleva consigo una
crítica de las situaciones, que, por contraste, resultan
deshumanizantes. Este es otro aporte de la Iglesia al mundo,
que puede ser aceptado como un camino de perfeccionamiento del
hombre y de la sociedad, pero que puede ser rechazado desde
posiciones de incomprensión, de suficiencia, o de orgullo.
Debemos
tener siempre en cuenta que la conciencia cristiana en la hora
actual tiene una especial sensibilidad para reconocer que los
métodos son tan sagrados como los contenidos y que la verdad,
aún la verdad de Dios, no se impone al hombre. Esta
sensibilidad no impide que deje de proponerse la verdad,
aunque haya rechazo o no-aceptación.
La
Iglesia, según esta metodología, no exhorta ni esgrime con
insolencia argumentos contra el mundo, la sociedad o las
estructuras políticas. Propone valores y los fundamenta en su
propia fe, pero no como quien habla desde arriba o desde fuera
del peligro o sin responsabilidad alguna, sino desde dentro de
la sociedad, reclamando al mismo tiempo ser participante
activa en la misma.
El
evangelio es desestabilizante
Aún
así, aún cuidando todos los requisitos evangélicos en el
contenido del mensaje y en la forma de trasmitirlo, el
evangelio de Jesús es desestabilizante, y lo es para nosotros
mismos: obispos, sacerdotes, personas consagradas o laicos
cristianos comprometidos. Nos saca de nuestras seguridades y
comodidades y nos pone una y otra vez frente a la Verdad
exaltante y comprometedora de un Dios que se anonadó y se
hizo hombre por nosotros aceptando el riesgo cierto de la
Cruz.
Los señalamientos
válidos y a veces dolorosos que nos hace el mismo Jesús en
su evangelio invitan a todos los hombres a la reflexión y al
mejoramiento y no deben producir por sí mismos un rechazo
airado, sino una consideración atenta. Esto a veces no es fácil
de aceptar por la misma comunidad cristiana, será más difícil
aún que lo acepten las estructuras sociales y políticas,
sobre todo cuando los sistemas de pensamiento que las animan
son distantes del cristianismo. Pero, aún así, la Iglesia
debe cumplir su misión. Sin las penalidades del parto no hay
vida nueva, sin la Cruz de Cristo no hay resurrección.
La
Cruz: último criterio de verdad
Al
misterio de la Cruz, de la cual brota la vida, debe remitirse
siempre la Iglesia como criterio cierto de autenticidad en su
quehacer y de verdad en su ser.
En la
encrucijada, que no es sino caminos que se encuentran atravesándose
en forma de Cruz, se ha hallado la fe cristiana en Cuba en
estas últimas décadas. Esa Cruz en el camino de la Iglesia
ha sido purificadora y fuente de vida. No olvidemos nunca que
el pecado de los cristianos en 2000 años de historia tiene un
peso en la cuota de incomprensión y rechazo de la fe
cristiana.
Animados
por el llamado que nos ha hecho el Papa Juan Pablo II en el
reciente Jubileo y, movidos por su ejemplo, aprendamos también
a pedir perdón con la mirada puesta en el futuro y a
experimentar esa urgencia de santidad necesaria para que el
servicio pastoral de la Iglesia, que se lleva a cabo por medio
de todos sus hijos: obispos, sacerdotes, religiosos y laicos,
llegue de veras a cada hombre y a todos los pueblos, mostrándoles
el Cristo verdadero que ellos esperan ver.
En su
obra "La Entraña del Cristianismo" el teólogo
Olegario González de Cardedal dice con acierto: "La
misión de la Iglesia es hacer inolvidable a Jesucristo".
Y otro gran teólogo del siglo XX, Karl Barth reflexiona de
este modo: "Una vez que el hombre sabe que en
Jesucristo Dios se hizo hombre, no puede ser nunca más
inhumano". Éste es el gran servicio que la Iglesia y
la fe cristiana tienen que brindar a la sociedad.
Nada
ni nadie debe, pues, pedir a la Iglesia una misión distinta a
ésta, ni pretender, por el control o el ejercicio severo del
poder, apartarla de esta misión. ¿Quién podrá
apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la
angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?,
¿el peligro?, ¿la espada?, como dice la Escritura: "Por
tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de
matanza." Pero en todo esto vencemos fácilmente por
Aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni
muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni
futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura
alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en
Cristo Jesús, Señor nuestro. (Rom. 8, 35-39)
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