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Lecciones desde la cocina

Xiomara Pagés
Escritora cubana residente en Miami
Se le puede escribir a xjp10@aol.com

Una amiga me dio a leer una historia que le llegó por Internet. Era sobre el diálogo de un padre y su hija sobre la actitud que debíamos tener ante la vida. Me gustó tanto que quise compartirla con los lectores.

Esta muchacha universitaria había llegado de regreso a la casa de sus padres pero protestaba por todo; todas las contrariedades que encontraba, por pequeñas que fueran, le hacían estallar en ira y se iba amargando y endureciendo con la vida. Su padre, un excelente cocinero, le pidió un día que lo siguiera a la cocina. En la estufa le hizo poner a su hija una olla con tres tazas de agua y allí esperar a que hirviera.

La muchacha, impaciente, le decía a su padre cómo podría él enseñarle con una receta de cocina. Pero el padre le hizo traer una zanahoria, un huevo y un poco de café. Al echar la zanahoria cruda en el agua, ésta se fue ablandando, mientras que el huevo se ponía duro por dentro. En cambio el café, al contacto con el agua hirviendo, se mezclaba y despedía un rico aroma.

Lo que esa chica aprendió es lo que debemos aprender todos. Los golpes de la vida pueden amargarnos. Nacemos y crecemos duros y fuertes dispuestos a vencer el mundo, pero, al primer contratiempo, nos ablandamos. No permanecemos duros y firmes, tratando de que por más fuertes que sean los problemas, no nos cambiarán, no nos harán flojos. Otros no se aflojan pero igualmente se amargan porque se vuelven duros por dentro, impenetrables, sin comprensión para nadie, sin perdonar. En cambio el café no dejó que el agua caliente le ablandara o le endureciera. Al contrario: el café influenció al agua, se diluyó en ella y la convirtió en un rico néctar que deleitaba a todos con su aroma y su sabor. Nosotros tenemos que ser como el café que se diluyó con el agua hirviendo. Esa es la verdadera actitud.

Todos en esta vida tenemos dolores, penas, conflictos y dificultades. Nadie puede cambiar eso; es algo básico del ser humano. Sin embargo, podemos hacer algo con nuestra actitud ante la vida y ante los problemas.

Hay quienes estando en sillones de rueda se mueven más que aquellos que tienen sus dos piernas sanas. Participan de olimpiadas especiales y se esmeran por hacer otras cosas mejores y ayudar a los demás.

Una madre soltera vencerá al mundo, a pesar de la deshonra o los trabajos,  pues su hijo le dará razones para vencer. El padre al que le secuestraron y le asesinaron un hijo, se dedicó a fundar una organización que ayude a otros padres a encontrar a sus hijos desaparecidos. La mujer que superó un cáncer creó una fundación para ayudar a pacientes cancerosos. La madre que lucha con su hijo enfermo aprendió a unirse a otras madres y a crear una asociación que ayude a médicos y a otros padres a diagnosticar otros niños y  encontrar la cura.

Todos tenemos algo por lo cual dar gracias a Dios, que sea eso lo que nos mueva a seguir adelante, con una actitud positiva ante la vida, ayudando a los demás y ayudándonos a nosotros mismos. Y sobre todo, no dejando que los problemas nos amarguen, que no nos hagan flojos ni duros, sino que convirtamos el agua caliente de la vida, en un líquido sabroso que despida un aroma inigualable. En mi caso, con mi hija enferma en una cama por 21 años, yo decidí ser “Café con Aroma de Mujer”.