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Amar a la Virgen es parte de nuestra cultura

Eugenio Torres
Uno de los fundadores de la Alianza Floridiana para el
Progreso, Inc., que ayuda a la juventud de Broward.
Cualquiera
que visite nuestros países de origen o que viva en
nuestras comunidades se dará cuenta del papel tan
importante que juega el amor y la devoción por la Virgen
María y cómo ese amor está enmarcado en nuestra
cultura.
A
diario se acercan personas a mí o a otros trabajadores
sociales a pedirnos “una manita” para conseguir un
trabajo. Las personas van a aquellos que perciben como que
conocen al jefe de una institución para que les
recomienden o les cuenten sus problemas en vez de hacerlo
ellos personalmente. El papel del intercesor o la
intercesora está muy bien definido en nuestra cultura.
La
Virgen María es símbolo de dulzura y amabilidad, es la
madre que quita la comida de su plato para dársela a sus
hijos. Es la que no nos grita cuando hacemos algo mal (eso
lo esperamos más bien de otros) y quien sufre más que
nosotros si se nos aplica algún merecido castigo. Es la
mujer que no está luchando por posiciones sociales sino
que deja que otros hagan
la última decisión. Es la que, en las bodas de Caná,
dice, “Hagan lo que Jesús les diga”, aunque creemos
que ella sabía la contestación que su Hijo daría a los
que le pedían vino.
En
nuestra cultura veneramos a la madre con sincera devoción
y aquel que la ofende sólo halla el rechazo de los demás.
Sabemos todo lo que ella nos ha dado y también sabemos
que nunca le podremos pagar eso sino con mucho amor y cariño.
En nuestros países, el Día de las Madres es uno muy
celebrado en el que todos se reúnen con sus madres, les
llevan regalos y las colman de besos. Si eso hacemos con
nuestra madre, ¿qué no haremos con la Madre de todos
nosotros, la Virgen María?
Hay
una sola Virgen María aunque son muchas las
“versiones” o advocaciones porque cada nación tiene
la suya según la ve o la percibe. No se cuestiona cómo
ni cuándo ni por qué. Una de las tareas más difíciles
para un sacerdote en una comunidad hispana es celebrar
los días de tantas “vírgenes”. Sólo sabemos
que es la Virgen María, nuestra madre, la que intercederá
ante su Hijo para lo que le pedimos. Siendo Jesucristo tan
buen hijo, ¿cómo nos puede negar algo que le pida su
Madre para nosotros?
Hace
apenas unas semanas, mientras hacía una visita a unos
esposos, los ánimos se caldearon y el esposo amenazó a
su esposa con agresión física. En ese momento, lo único
que se me ocurrió fue agarrar una pequeña imagen de la
Virgen María y preguntarle al esposo: “¿te atraverías
a pegarle a ésta?” El hombre bajó la cabeza y, como
transformado, me dijo: “No, a esa no”. Le expliqué
que cuando golpeaba a su esposa, golpeaba también a
Cristo y a la Virgen María. No fue necesario decirle nada
más para convencerlo.
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