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La voz del Arzobispo John C. Favalora

Dios está llorando en el cielo

 

 

 

Mis queridos amigos:

Como resultado de los trágicos eventos del 11 de septiembre, muchas personas se han preguntado dónde está Dios en medio de este horror y cómo un buen y amoroso Dios permite que ocurra tanto mal.

La respuesta más sencilla puede ser la siguiente: Dios está en el cielo, llorando por lo que sus hijos hacen a otros. Quizás hasta se esté preguntando por qué nos dio el libre albedrío.

Al decir esto estaríamos atribuyendo a Dios características antropomórficas. En realidad Dios no está haciendo ninguna de estas cosas. Pero desde nuestra perspectiva humana es cierto que le causamos tristeza cuando abusamos del libre albedrío.

El mal no viene de Dios. El mal es el resultado de lo que escoge el ser humano. Dios no participa en el mal ni crea el caos entre los inocentes pero lo permite para que nos demos cuenta del bien y el mal.

Si así no lo creemos, tendríamos que creer en un Dios que nos controla totalmente pero no es el Dios que profesan las mayores religiones del mundo ni es  el Dios de Abraham, de Isaac, de Mahoma ni de Jesús. Nuestro Dios nos ama tanto que nos permite escoger entre hacer el bien o hacer el mal.

Es obvio que los terroristas que destruyeron aquellas torres optaron por un mal horrendo. Pero cada uno de nosotros utiliza su libre albedrío para hacer pequeños males cada día y el mal es una fuerza poderosa. Como les he recordado en los últimos días, el mal engendra el mal.

El gran mal del que fuimos testigos el pasado 11 de septiembre no sucedió de un día para otro. Ese mal estuvo incubándose en aquellos corazones por las razones que fueran y por un largo tiempo. Y  cada uno de nosotros es capaz de ese mal. La decisión de alimentarlo o no queda en nosotros. Sólo somos nosotros los responsables de nuestras acciones.

Alimentaríamos el mal si perpetuamos la idea de que todos los musulmanes son como aquellos terroristas. Estaríamos cometiendo una grave injusticia contra todos aquellos maravillosos religiosos musulmanes que asisten a sus mezquitas con regularidad y viven sus vidas de acuerdo al Corán.

Aquellos terroristas eran extremistas islámicos. Por definición, un extremista es alguien que toma un acercamiento desbalanceado a la vida o la religión. Hay extremistas cristianos y judíos, gente que, en un sentido, ha hecho su propia religión.

Ese es el problema con los "católicos de cafetería", quienes escogen entre una abundancia de creencias, enfatizando algunas e ignorando otras. Su fe no es balanceada. Creen que saben más que los demás e ignoran a los líderes religiosos, a quienes se les ha encomendado la enseñanza de toda la fe y la tradición religiosa. Esto es tan cierto en el cristianismo como lo es en el islam y el judaismo.

La religión, como todo lo demás que es parte de la vida, es un regalo de Dios que puede ser utilizado para el bien o para el mal. Cualquiera puede tomarla y convertirla en lo que quiera. Cualquiera puede tomar estos actos terroristas y utilizarlos como excusa para el odio y el prejucio, lo que generará un mal mayor. De eso es lo que se trata el libre albedrío.

Así que, mientras intentamos comprender estas muertes sin sentido y consolar a las miles de familias devastadas por tan inimaginable sufrimiento, mientras miramos con ansiedad hacia el futuro, no miremos hacia el cielo para culpar a Dios. Miremos hacia nuestros corazones pues es ahí donde el mal comienza y se engendra.

(Mons. John C. Favalora es el arzobispo de Miami.)