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Dios está llorando en
el cielo
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Mis queridos amigos:
Como resultado de los trágicos eventos
del 11 de septiembre, muchas personas se han preguntado dónde
está Dios en medio de este horror y cómo un buen y amoroso
Dios permite que ocurra tanto mal.
La respuesta más sencilla puede ser la
siguiente: Dios está en el cielo, llorando por lo que sus
hijos hacen a otros. Quizás hasta se esté preguntando por
qué nos dio el libre albedrío.
Al decir esto estaríamos atribuyendo a
Dios características antropomórficas. En realidad Dios no
está haciendo ninguna de estas cosas. Pero desde nuestra
perspectiva humana es cierto que le causamos tristeza cuando
abusamos del libre albedrío.
El mal no viene de Dios. El mal es el
resultado de lo que escoge el ser humano. Dios no participa
en el mal ni crea el caos entre los inocentes pero lo
permite para que nos demos cuenta del bien y el mal.
Si así no lo creemos, tendríamos que
creer en un Dios que nos controla totalmente pero no es el
Dios que profesan las mayores religiones del mundo ni es
el Dios de Abraham, de Isaac, de Mahoma ni de Jesús.
Nuestro Dios nos ama tanto que nos permite escoger entre
hacer el bien o hacer el mal.
Es obvio que los terroristas que
destruyeron aquellas torres optaron por un mal horrendo.
Pero cada uno de nosotros utiliza su libre albedrío para
hacer pequeños males cada día y el mal es una fuerza
poderosa. Como les he recordado en los últimos días, el
mal engendra el mal.
El gran mal del que fuimos testigos el
pasado 11 de septiembre no sucedió de un día para otro.
Ese mal estuvo incubándose en aquellos corazones por las
razones que fueran y por un largo tiempo. Y
cada uno de nosotros es capaz de ese mal. La decisión
de alimentarlo o no queda en nosotros. Sólo somos nosotros
los responsables de nuestras acciones.
Alimentaríamos el mal si perpetuamos
la idea de que todos los musulmanes son como aquellos
terroristas. Estaríamos cometiendo una grave injusticia
contra todos aquellos maravillosos religiosos musulmanes que
asisten a sus mezquitas con regularidad y viven sus vidas de
acuerdo al Corán.
Aquellos terroristas eran extremistas
islámicos. Por definición, un extremista es alguien que
toma un acercamiento desbalanceado a la vida o la religión.
Hay extremistas cristianos y judíos, gente que, en un
sentido, ha hecho su propia religión.
Ese es el problema con los "católicos
de cafetería", quienes escogen entre una abundancia de
creencias, enfatizando algunas e ignorando otras. Su fe no
es balanceada. Creen que saben más que los demás e ignoran
a los líderes religiosos, a quienes se les ha encomendado
la enseñanza de toda la fe y la tradición religiosa. Esto
es tan cierto en el cristianismo como lo es en el islam y el
judaismo.
La religión, como todo lo demás que
es parte de la vida, es un regalo de Dios que puede ser
utilizado para el bien o para el mal. Cualquiera puede
tomarla y convertirla en lo que quiera. Cualquiera puede
tomar estos actos terroristas y utilizarlos como excusa para
el odio y el prejucio, lo que generará un mal mayor. De eso
es lo que se trata el libre albedrío.
Así que, mientras intentamos
comprender estas muertes sin sentido y consolar a las miles
de familias devastadas por tan inimaginable sufrimiento,
mientras miramos con ansiedad hacia el futuro, no miremos
hacia el cielo para culpar a Dios. Miremos hacia nuestros
corazones pues es ahí donde el mal comienza y se engendra.
(Mons. John C. Favalora es el
arzobispo de Miami.)
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