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Todo
cristiano debe ser misionero
Pide
Juan Pablo II en el Domingo Mundial de las Misiones
VATICANO
— Todo cristiano está llamado a ser misionero, es decir, a
ver y anunciar el rostro de Jesús en el pobre, en el que
sufre, en el que busca un sentido a la existencia, señala
Juan pablo II en su mensaje para el Domingo Mundial de las
Misiones (DOMUND) que se
celebra el domingo 21 de octubre.
El
empuje misionero surge de “la contemplación del rostro del
Señor” que “suscita en los discípulos la contemplación
de los rostros de los hombres y de las mujeres de hoy”, en
especial de los “más pequeños”, con quienes se
identifica.
Esta
contemplación por decir así mística, señala el Papa,
permite al cristiano descubrir que todo ser humano busca a
Dios, a tientas, “empujado por una atracción interior de la
que ni siquiera conoce bien el origen”.
Las
estadísticas sobre el cristianismo en el mundo indican que sólo
una de cada tres personas en el mundo conoce a Cristo (33% de
la humanidad, el 17% católico).
Para
Juan Pablo II el anuncio de Cristo no es algo reservado a unos
pocos, a los que él mismo les llama
"especialistas". Debe implicar "la
responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de
Dios".
Pues,
"quien ha encontrado verdaderamente a Cristo, no puede
tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo". Se trata de un
anuncio que no se impone, sino que se propone "con
confianza".
Es
un mensaje que "se ha de dirigir a los adultos, a las
familias, a los niños, sin esconder nunca las exigencias más
radicales del mensaje evangélico".
El
Papa comparte la gran lección que ha sacado de sus
viajes por todo el planeta durante estos casi 23 años de
pontificado y que él sintetiza en esta experiencia: la misión
"es hoy más válida que nunca".
Y
dice que conserva "impreso en el corazón el rostro de la
humanidad que he podido contemplar durante mis
peregrinaciones: es el rostro de Cristo reflejado en el de los
pobres y de los que sufren; el rostro de Cristo que se
transparenta en cuantos viven como 'ovejas sin pastor'".
Cada hombre y cada mujer tiene pleno derecho a que se les enseñen
"muchas cosas".
La
urgente actualidad de la misión lleva al pontífice a hacer
un reconocimiento público de los misioneros y misioneras
"que han hecho de la misión la razón de su existencia,
hasta el derramamiento de la sangre".
El
Domingo Mundial de las Misiones, instituido por el Papa Pío
XI, celebra este año su aniversario número 75. Una
coincidencia que, según el Papa Wojtyla, no sólo ofrece la
oportunidad de renovar el espíritu misionero de todo
cristiano, sino también de demostrar concretamente la
solidaridad con las necesidades materiales de los misioneros.
Mensaje
del Santo Padre para el Domingo Mundial de
las Misiones 2001
"Misericordias
Domini in aeternum cantabo" (Sal 89 [88], 2)
¡Queridos
Hermanos y Hermanas!
1.
Con íntima alegría hemos celebrado el Gran Jubileo de la
salvación, tiempo de gracia para toda la Iglesia. La
misericordia divina, que cada fiel ha podido experimentar, nos
impulsa a "remar mar adentro", haciendo memoria
grata del pasado, viviendo con pasión el presente y abriéndonos
con confianza al futuro, con la convicción que
"Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre" (Heb
13,8) (cfr. Carta apostólica Novo Millennio ineunte, 1). Este
impulso hacia el futuro, iluminado por la esperanza, debe que
ser la base del actuar de toda la Iglesia en el nuevo milenio.
Éste es el mensaje que deseo dirigir a cada fiel en ocasión
de la Jornada Misionera Mundial, que se celebrará el próximo
21 de octubre.
2.
Es tiempo, sí, de mirar hacia adelante, manteniendo los ojos
fijos en el rostro de Jesús (cfr Heb 12,2). El Espíritu nos
llama a "proyectarnos hacia el futuro que nos
espera" (Novo Millennio ineunte, 3), a testimoniar y
confesar a Cristo, dando gracias "por las
"maravillas"que Dios ha realizado por nosotros:
"Misericordias Domini in aeternum cantabo"(Sal 89
[88], 2)" (ibid., 2). Con ocasión de la Jornada
Misionera Mundial del año pasado, he querido recordar cómo
el compromiso misionero surge de la ardiente contemplación de
Jesús. El cristiano que ha contemplado a Jesucristo no puede
no sentirse raptado por su fulgor (cfr Vita consecrata, 14)
para comprometerse a testimoniar su fe en Cristo, único
Salvador del hombre.
La
contemplación del rostro del Señor suscita en los discípulos
la "contemplación"también de los rostros de los
hombres y mujeres de hoy: el Señor en efecto se identifica
"con sus hermanos más pequeños" (cfr Mt, 25,
40.45). El contemplar a Jesús, "primero y más grande
evangelizador" (Evangelii nuntiandi, 7), nos transforma
en evangelizadores.
Nos
hace tomar conciencia de su voluntad de dar la vida eterna a
aquellos que el Padre le ha confiado (cfr Jn 17,2). Dios
quiere que "todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento de la verdad" (1 Tim 2,4), y Jesús sabía
que la voluntad del Padre para Él era que anunciara el Reino
de Dios también a otras ciudades: "para esto he sido
enviado" (Lc 4,43).
Fruto
de la contemplación de los "hermanos más pequeños"
es el descubrir que cada hombre, incluso en un modo para
nosotros misterioso, busca a Dios, porque es creado y amado
por Él. Así lo descubrieron los primeros discípulos:
"Señor, todos te buscan" (Mc 1,37). Y los
"griegos», en nombre de las generaciones por venir,
exclaman: "Queremos ver a Jesús" (Jn 12,21). Sí,
Cristo es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene
a este mundo (cfr Jn 1,9): todo hombre lo busca "andando
como a ciegas" (Hch 17,27), impulsado por una atracción
interior de la cual ni siquiera él conoce bien el origen. Ésta
está escondida en el corazón de Dios, donde palpita una
voluntad salvadora universal. De ella Dios nos hace testigos y
heraldos. Para este fin nos invade, como en un nuevo Pentecostés,
con el fuego de su Espíritu, con su amor y con su presencia:
"Yo estoy con vosotros todos los días hasta al final del
mundo" (Mt 28,20).
3.
Fruto, pues, del Gran Jubileo también es la actitud que el Señor
pide a cada cristiano, la de mirar hacia adelante con fe y
esperanza. El Señor hace el honor de volver a poner en
nosotros su confianza y nos llama al ministerio mostrándonos
misericordia (cfr 1 Tim 1, 12.13). No es un llamado reservado
a algunos, sino que es para todos, cada uno en su propio
estado de vida. En la Carta apostólica Novo Millennio ineunte
he escrito al respecto: "Esta pasión no dejará de
suscitar en la Iglesia un nueva misionariedad, que no podrá
ser exigida a una porción de "especialistas», sino que
deberá involucrar la responsabilidad de todos los miembros
del Pueblo de Dios. Quien ha encontrado realmente a Cristo, no
puede guardárselo para si, debe anunciarlo.
Es
necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido como
compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos
cristianos... La propuesta de Cristo es hecha a todos con
confianza. Se dirigirá a los adultos, a las familias, a los jóvenes,
a los niños, sin nunca esconder las exigencias más radicales
del mensaje evangélico, sino saliendo al encuentro de las
exigencias de cada uno en cuanto a sensibilidad y lenguaje,
según el ejemplo de Pablo, el cual afirmaba: "Me he
hecho todo para todos, para salvar a toda costa a
algunos"(1 Cor 9,22)" (n. 40).
De
manera especial, la llamada a la misión adquiere singular
urgencia, si miramos a aquella porción de la humanidad que no
conoce o no reconoce a Cristo. Sí, queridos hermanos y
hermanas, la misión ad gentes es hoy más válida que nunca.
Conservo impreso en el corazón el rostro de la humanidad que
he podido contemplar en el curso de mis peregrinajes: es el
rostro de Cristo reflejado en el de los pobres y de los
sufrientes; el rostro de Cristo que reluce en cuantos viven
como "ovejas sin pastor" (Mc 6, 34). Cada hombre y
cada mujer tienen pleno derecho a que se les enseñe
"muchas cosas" (ibid.).
Ante
la evidencia de la propia fragilidad e insuficiencia, la
tentación humana, incluso del apóstol, es la de despedir a
la gente. En cambio, es propio en aquel instante que, poniéndose
en contemplación del rostro del amado, se requiere que cada
uno vuelva a escuchar las palabras de Jesús: "no es
bueno que se vayan: vosotros mismos dadles de comer" (cfr
Mt 14,16; Mc 6,37). Se experimenta así al mismo tiempo la
debilidad humana y la gracia del Señor. Conscientes de la
infaltable fragilidad que nos signa profundamente, descubrimos
la necesidad de dar gracias a Dios por lo que Él ha realizado
por nosotros y por lo que, en su gracia, realizará.
4.
¿Cómo no recordar, en esta circunstancia, a todos los
misioneros y los misioneras, sacerdotes, religiosos,
religiosos y laicos, que han hecho de la misión ad gentes y ad
vitam la razón de su propio existir? Ellos con su misma
existencia proclaman "sin fin las gracias del Señor"
(Sal 89). No pocas veces este "sin fin"ha llegado
incluso hasta la efusión de la sangre: ¡cuántos han sido
los "testigos de la fe"en el pasado siglo! Es también
gracias a su generosa donación que el Reino de Dios ha podido
extenderse. A ellos va nuestro agradecido pensamiento, acompañado
por la oración. Su ejemplo es estímulo y sustento para todos
los fieles, quienes pueden tomar valor al verse "rodeados
por un número tan grande de testigos" (Heb 12,1), que
con su vida y su palabra han hecho y hacen resonar el
Evangelio en todos los continentes.
Sí,
queridos hermanos y hermanas, no podemos callar aquello que
hemos visto y oído (cfr Hch 4,20). Hemos visto la obra del
Espíritu y la gloria de Dios manifestarse en la debilidad
(cfr 2 Cor 12; 1 Cor 1). También hoy tantos hombres y
mujeres, con su dedicación y con su sacrificio, son para
nosotros manifestación elocuente del amor de Dios. De ellos
hemos recibido la fe y nos vemos impulsados a ser, a nuestra
vez, anunciadores y testigos del Misterio.
5.
La misión es "anuncio gozoso de un don que es para todo,
y que es propuesto a todos con el más grande respeto de la
libertad de cada uno: el don de la revelación del Dios-Amor
que "tanto amó al mundo que dio a su Hijo unigénito"(Jn
3,16)... La Iglesia, por tanto, no se puede sustraer a la
actividad misionera hacia los pueblos. Y sigue siendo una
tarea prioritaria de la missio ad gentes el anuncio de que es
en Cristo, "Camino, Verdad y Vida"(Jn 14,6), en
quien los hombres encuentran la salvación" (Novo
Millennio ineunte, 56). Es una invitación para todos, es un
llamado urgente al que se le da pronta y generosa respuesta.
¡Es necesario marchar! Es necesario ponerse en camino sin
vacilaciones, como María, la Madre de Jesús; como los
pastores despertados por el primer anuncio del ángel; como la
Magdalena a la vista del Resucitado. "Nuestro paso, al
inicio de este siglo nuevo, debe hacerse más expedito en el
marchar por las calles del mundo... Cristo resucitado nos
vuelve a dar como un cita en el Cenáculo, donde la tarde del
"primer día después del sábado"(Jn 20,19), se
presentó a ellos para "aletear"sobre ellos el don
vivificante del Espíritu e iniciarlos en la gran aventura de
la evangelización" (ibid., 58).
6.
¡Queridos hermanos y hermanas! La misión exige oración y
compromiso concreto. Tantas son las necesidades que la difusión
capilar del Evangelio comporta.
Este
año se conmemora el 75° aniversario de la institución de la
Jornada Misionera por parte del Papa Pío XI, que acogió el
pedido de la Pontificia Obra para la Propagación de la Fe
para "establecer "una jornada de oraciones y de
propaganda para los misioneros"a celebrarse en un mismo día
en todas las diócesis, las parroquias y los institutos del
mundo católico... y para solicitar el óbolo para las
misiones" (Sagrada Congregación para los Ritos:
Institución de la Jornada Misionera Mundial, el 14 de abril
de 1926: AAS 19 (1927), p. 23s).
Desde
entonces, la Jornada Misionera constituye una ocasión
especial para recordar a todo el Pueblo de Dios la permanente
validez del mandato misionero, ya que "la misión
involucra a todos los cristianos, todas las diócesis y
parroquias, las instituciones y asociaciones eclesiales"
(Carta encíclica Redemptoris missio, 2). Es al mismo tiempo
circunstancia oportuna para reafirmar que "las misiones
no piden sólo una ayuda, sino un compartir con el anuncio y
la caridad hacia los pobres. Todo aquello que hemos recibido
de Dios –la vida y los bienes materiales– no es
nuestro" (ibid., n. 81). Esta jornada es importante en la
vida de la Iglesia, "también porque enseña cómo donar:
en la celebración eucarística,
es decir como ofrecimiento a Dios, y para todas las misiones
del mundo" (ibid.). Sea, por tanto, este aniversario
ocasión propicia para reflexionar sobre la necesidad
de un mayor esfuerzo común en la promoción del espíritu
misionero y en la búsqueda de las necesarias ayudas
materiales que los misioneros necesitan.
7.
En la homilía de conclusión del Gran Jubileo, el 6 de enero
del 2001, he dicho: "Es necesario recomenzar desde
Cristo, con el impulso de Pentecostés, con entusiasmo
renovado.
Recomenzar
desde Él, ante todo, en el compromiso cotidiano por la
santidad, poniéndonos en actitud de oración y en escucha de
su Palabra. Recomenzar desde Él para testimoniar el
amor" (n. 8).
Por
tanto:
Recomienza
de Cristo, tú que has encontrado misericordia.
Recomienza
de Cristo, tú que has perdonado y acogido el perdón.
Recomienza
de Cristo, tú que conoces el dolor y el sufrimiento.
Recomienza
de Cristo, tú tentado por la tibieza: el año de gracia es
tiempo ilimitado.
Recomienza
de Cristo, Iglesia del nuevo milenio.
¡Canta
y camina! (cfr Ritos de conclusión de la Santa Misa en la
Epifanía del Señor 2001).
Que
María, Madre de la Iglesia, Estrella de la evangelización,
nos afiance en este camino, como permaneció junto a los discípulos
en el día de Pentecostés. A Ella nos dirigimos confiados
para que, por su intercesión, el Señor nos conceda el don de
la perseverancia en la tarea misionera, que concierne a toda
la comunidad eclesial.
Con
tales sentimientos, os bendigo a todos.
En
el Vaticano, 3 de junio del 2001, Solemnidad de Pentecostés.
JUAN
PABLO II
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