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La guerra justa tiene condiciones

Existe una ética cristiana
bien precisa sobre la legítima defensa

VATICANO (ZENIT) — Días antes de iniciarse los bombardeos contra objetivos terroristas en Afganistán, el portavoz de la Santa Sede, Joaquín Navarro-Valls, denunció la manipulación que algunos medios de comunicación habían hecho de sus palabras después de los atentados del 11 de septiembre.

La cadena de televisión estadounidense, CNN había ofrecido titulares  que decían: "Luz verde del Vaticano a las bombas". Pero Navarro-Valls explicó que "no se trató de dar luz verde a los ataques, sino que hablé del concepto de la prevención activa contra una amenaza ya manifestada con horror hace dos semanas y que puede  repetirse", porque "existe una ética cristiana bien precisa sobre la legítima defensa, que tiene en cuenta la proporcionalidad del acto y que exige no verter sangre de víctimas inocentes".

Navarro-Valls apuntó a los continuos llamamientos a la paz de Juan Pablo II para  que "las acciones que se están preparando no deben ser un enfrentamiento con el Islam".

En su entrevista  del  24 de septiembre con la agencia Reuters, Navarro-Valls había dicho que: si alguno ha herido gravemente a la sociedad y existe el peligro de que en caso de que quede en libertad pueda hacerlo de nuevo, "tienes el derecho de defender la sociedad de la que estás al frente, aunque esto signifique que los medios que utilices puedan ser agresivos". Posteriormente insistió en que "una acción contra el terrorismo no es un ataque, sino una acción de prevención activa contra una amenaza que ya se ha manifestado y podría repetirse".

La enseñanza tradicional de la Iglesia sobre el concepto de "guerra justa" tiene en cuenta dos interrogantes:

•¿Cuándo se puede justificar el uso de la fuerza? (“jus ad bellum”).

•¿Cuáles son los principios que deben guiar el uso de la fuerza? (“jus in bello”).

Según el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2308), "una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa".

Pero, para que se pueda dar "una legítima defensa mediante la fuerza militar", el mismo Catecismo (n. 2309) presenta rigurosas condiciones que deben garantizar la legitimidad moral.

•Que la acción sea emprendida por una autoridad legítima.

•Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.

•Que los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.

•Que se reúnan las condiciones serias de éxito.

•Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar.

El documento del Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, si bien alienta la negociación pacífica de los conflictos, no descarta el uso de la fuerza armada, pero condena "toda acción bélica que tienda indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de extensas regiones junto con sus habitantes" por considerarla como "un crimen contra Dios y la humanidad".

El Catecismo explica también que quienes se dedican al servicio de la patria en la vida militar son servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos.

"Si realizan correctamente su tarea, colaboran verdaderamente al bien común de la nación y al mantenimiento de la paz", añade en el número 2310.

Nadie cuestiona el carácter inmoral de los atentados terroristas. La Congregación para la Doctrina de la Fe, en su Instrucción sobre la libertad y la liberación cristiana de 1986, afirmaba en el número 79 que "No se puede aprobar nunca —aunque fueran cometidos por poderes establecidos o rebeldes— crímenes como las represalias contra la población en general, la tortura, o los métodos terroristas”.