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No podemos vivir en el miedo

Emma Espinoza
Parroquiana de la iglesia El Buen Pastor en Kendall.

Cuando escuché las noticias del 11 de septiembre, mi primera impresión fue que se trataba de una broma de mal gusto, de un ardid publicitario sobre alguna película de violencia. Pero la trágica realidad fue penetrando mis sentidos y desencadenando en mi corazón sentimientos encontrados y en mi mente multitud de preguntas.

¿Cómo era posible que los Estados Unidos, el país más poderoso del mundo, hubiera sido herido en sus entrañas de manera tan horrífica? ¿Por qué tantas muertes inocentes? ¿Cómo perdonar a los autores de semejante barbarie? ¿Sería este desastre una señal del fin del mundo? Para calmar esta turbulencia dentro de mí, me fui a orar delante del Señor. Poco a poco, con Su ayuda, comencé a ver alguna luz.

Esta tragedia sólo tuvo un autor: el mal que nosotros, seres humanos, somos libres de escoger y de hacer. Tal vez lo que hacía más perverso este hecho era que había sido llevado a cabo en nombre de la divinidad. Para mí esto es una blasfemia que me hace llorar. Que Dios, nuestro Padre, lleno de amor y misericordia hacia nosotros hasta darnos su propio Hijo por nuestra salvación sea proyectado como un vulgar y vengativo dios pagano, es un sacrilegio infinito.

¿Cómo perdonar esto y a los que ejecutaron este asesinato en masa? La línea divisoria entre la justicia y la venganza es muy tenue, pero más aún en este caso. Así que  sólo miré a Jesús crucificado y repetí sus palabras: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Pero, ¿cómo explicar el sufrimiento de las víctimas, de sus familiares, de los heroicos rescatadores? ¿Dónde estaba Dios? El estaba allí, entre los escombros, ayudando con sus manos divinas; estaba también en cada acto de abnegación, en cada lágrima derramada, consolando, acompañando, sufriendo con sus hijos.

La historia del mundo ha cambiado desde el 11 de septiembre. Pero también la mía y la de muchos. Al ver esas orgullosas torres hechas polvo, he caído en cuenta de la fragilidad de la vida y de las cosas, y eso me ha vuelto más firme en mi fe en la vida eterna. Tal vez por eso las iglesias se han visto repletas, porque se ha sacudido la confianza en las cosas materiales y los seres humanos hemos visto que nuestro destino superior es Dios. Somos más amables con las amistades y más amorosos con nuestras familias porque no sabemos cuándo los vamos a dejar de ver en esta tierra.

¿Significa todo esto que debo ser pesimista y vivir en el miedo? No, de ninguna manera. Debo seguir adelante con mis proyectos y mi servicio al Señor porque sé que estoy en sus manos amorosas, haciendo todo lo mejor posible, con amor y con la fe de que estaré en su presencia cuando El me llame.

No me preocupa si éste es el principio del fin de la humanidad. Para quien tiene y actúa de acuerdo con su conciencia cristiana, no debe asustarle esta perpectiva. Después de todo, ya lo dijo el Señor: "nadie sabe ni el día ni la hora". Y esa hora no está en mí cambiarla.