Secciones

Vaticano
Miami
Cuba
Mundo/Nación
Opiniones
Enlaces
Correo
Archivo
Portada

 

Opiniones
 

Un día especial de Acción de Gracias

Aurelio Fernández
Miembro de la parroquia St. Dominic, en Miami

Recuerdo que el pasado año por esta misma época ponderaba en mi artículo el esfuerzo y la decisión inquebrantable de miles de jóvenes que, tras largos años de entrenamiento, se jugaban el todo por el todo de sus ilusiones en unos segundos en pos de una medalla o una marca mundial en las Olimpiadas del año 2000 en Australia.

Este año, sin embargo, habrá pasado poco más de dos meses cuando otro grupo de hombres jóvenes, también debidamente entrenados y decididos, sembraron el terror y la destrucción, segando en minutos la vida, los sueños y anhelos de miles de personas. Es la  pugna entre los signos de vida y de muerte en que se debate nuestra existencia. Lo que hace poco más de un año era una oda a la vida, hoy es una elegía a la fatídica máxima de los años sesenta que preconizaba el “odio transformado en energía”.

Inevitablemente, cuando muchas familias se reúnan en este cercano Día de Acción de Gracias, habrá en todos los hogares un sentimiento muy especial. Un regocijo madurado al fuego del holocausto de muchos impregnará esta agradable cita anual, y al agradecimiento por “estar” se elevará quizás una plegaria por los que “no están”.

Y es ahí donde radica la maravillosa lección que el Señor me quiere enseñar: que comprenda de una vez que no obstante mi pequeñez y fragilidad, ostento una desmedida tendencia a la soberbia y la vanidad. Que a pesar de saber que El es un Padre bueno que espera mi conversión, no hago más que perderme en el lodo de mi egoísmo y egolatría. Que aún cuando lo proclamo Dios y Señor, me aparto de Sus sendas, no trato de discernir Sus designios. En fin, que me he acostumbrado a ser cristiano como tal vez me he acostumbrado a ser hijo, esposo, padre, hermano —que no son sino proyecciones de ese amor divino— sin percatarme de que en unos pocos minutos todo puede acabar y mi misión quedó ahí, inútil en el limbo de los indolentes.

Ansío comenzar el viaje del Adviento ya próximo sabiendo que el Señor me espera con el mejor ropaje — el de inocente Niño—, que se manifiesta en la esperanza fraguada en la fe y traducida en caridad. Esto me hará comprender que sólo a base de coraje y testimonio puedo dejar lo más importante, mi legado, ya que es ahí donde radica toda trascendencia.

...Que con mi hacer y con mí “Si” puedo lograr que otros aniden en su pecho ilusiones y no vean la barbarie como único paliativo a sus desdichas.

...Que sólo siendo portador de generosidad podré contribuir a que el cielo no sea escenario de aterradores proyectiles humanos y monumentos destruidos, sino de la luminosa estrella que me anuncia y recuerda que yo estoy también llamado a ser “lámpara que no se apaga” y “luz que no agoniza”.

...Que en una vida constante de servicio encontraré que para algo sirve vivir, y al fincomprenderé la demoledora verdad que encierra este trozo de un poema: “La vida no vale nada sino es para perecer porque otros puedan tener lo que uno disfruta y ama”.