|
Gracias,
ustedes han sido buena noticia para mí
No
es fácil encerrar en dos sílabas el contenido de
tres décadas de gratitud. Pero éste es el reto que
enfrento en estos momentos al sentarme frente a la
computadora para decir gracias y despedirme de tantos
y tantos como a los largo de mi carrera periodística
en La Voz Católica me han salido al encuentro.
Durante
27 años he tratado de reflejar las contribuciones de
los católicos hispanos en las páginas del periódico
de la Arquidiócesis. Y conforme la comunidad crecía,
yo me he ido enriqueciendo con sus historias de fe y
de esperanza.
Ha
sido un largo caminar. Más bien una peregrinación
que inicié recién graduada de la escuela de
periodismo de la Universidad de Ohio. A pesar de
contar con una Maestría
y buenas recomendaciones, pasé tres meses
tocando a la puerta de numerosos periódicos del norte
y recibiendo buenos consejos. "Vuelve cuando
tengas experiencia", me decían todos. Y ¿cómo
la iba a conseguir si nadie me daba una oportunidad?,
me preguntaba yo. Era el año 1973 y definitivamente
en la conciencia nacional no era aún la hora de los
hispanos. Tampoco lo era en la Iglesia. En muchos
lugares los latinos se veían obligados a dar culto a
Dios en una lengua que no entendían y con frecuencia
eran reducidos a los sótanos de las iglesias o a
reunirse en las casas porque no había lugar para
ellos en las parroquias. Por todo esto la Iglesia Católica
pagó un precio: muchos de estos hermanos nuestros
encontraron acogida en iglesias hermanas y hoy son
parte de grupos evangélicos .
Pero
Miami era otra cosa. El exilio cubano estaba ya
llenando las parroquias y la realidad se impuso. Aquí,
el editor del periódico católico en inglés, The
Voice, sí supo valorar la ventaja de una periodista
bilingüe, que además era católica y comprometida
con su fe. Fue así que después de poco más de un año
en el ‘norte’ regresé a la ciudad que me había
recibido en 1967, para meterme de lleno en su vida y
descubrir los sueños y aspiraciones de una comunidad
hispana que luchaba por ser reconocida, por celebrar
la fe en su lengua materna, por tener una voz en la
Iglesia y en la sociedad.
Por
eso fue tan importante contar con dos páginas en español
en el periódico diocesano. Estas dos páginas,
iniciadas desde el comienzo de la diócesis en 1958,
han sido el pequeño escenario por el que ha
transcurrido la vida de los católicos hispanos del
Sur de la Florida. Por muchos años fueron las únicas
páginas en español en la prensa católica del país.
Y por eso también se han convertido en un documento
histórico sobre la pastoral hispana de la nación de
la que he tenido el privilegio de hacer el
seguimiento.
Dios
se valió de uno de esos Encuentros Nacionales y de mi
cámara de fotos para hacerme comprender que era
importante permanecer en la prensa católica, aunque esto se tradujera en menos
oportunidades de progreso profesional y menos
ingresos. En ello estaba implicado un pueblo católico
que necesitaba una voz para dejarse escuchar y un
espacio para reflejar sus contribuciones.
Dios
tocó a mi puerta un día soleado de agosto de 1977 en
que cientos de hispanos caminaban en procesión para
la clausura del II Encuentro Nacional de Pastoral
Hispana en la Basílica de la Inmaculada Concepción
en Washington, D.C.
Yo
estaba detrás de mi cámara de fotos tratando de
captar el momento para la historia. A través del
lente y hasta mi corazón penetró una imagen que
cambió mi vida. Un pequeño cartel a la entrada de la
Basílica era el foco de los comentarios de la gente:
"La Misa hispana de hoy será en la capilla
central".
Saqué
la foto y, al escuchar aquel ‘click’, algo sonó
dentro de mí y me hizo comprender lo que yo misma había
experimentado: hispanos reducidos a las cafeterías y
los sótanos y obligados a dirigirse a Dios en una
lengua extraña solo porque "ahora están ustedes
en América".
Aquella
fotografía confirmó mi llamada a proclamar la buena
noticia de los hispanos en este país, a ser testigo
de sus contribuciones, a escribirlas y para los récords
de la historia, en las páginas de un periódico.
Durante
mis 27 años en la prensa católica he pasado muchas
horas detrás de un teclado,
buscando la palabra precisa, la imagen más
impactante. He trabajado duro resolviendo los
problemas que resultan de un escaso presupuesto y un
gran número de ideas que acaban en la papelera por
falta de tiempo o de recursos. Pero sobre todo he
disfrutado caminar por las calles y recorrar las
autopistas para descubrir a la gente que me evangeliza
con sus historias de fe y de fidelidad.
Y
cuando me he sentido frustrada y cansada y llena de
preguntas sobre el significado de mi vida, tentada de
seguir la corriente o de pasarme a un periódico en
inglés para demostrar que los hispanos también
sabemos hacerlo; o cuando he sentido la necesidad de
ser reconocida por las estructuras ‘anglo’ que
tienen poder e influencia pero no pueden leer mi
trabajo en español… entonces he recordado los
rostros que vi en los Encuentros, en las pequeñas
comunidades de parroquias y movimientos apostólicos y
he sacado fuerza de su energía y de su fe.
Todavía
recuerdo esos momentos de lucidez que tuve a través
de mi cámara de fotos. Miro en mi interior y veo las
fotografías grabadas en mi corazón. Dios se hace
carne para mí en esos rostros y me siento muy pequeña
y muy afortunada. Me doy cuenta de que hay algo en mi
profesión de periodista que me transciende. A través
de mi trabajo, la Palabra de la
‘Buenas Noticia’ del Evangelio que se ha
hecho carne en tanta gente, se convierte
de nuevo en ‘palabra’ que ilumina y alienta
a quien la lee. Me siento evangelizadora y
evangelizada y comprendo que vale la pena, porque cada
vez más y en más lugares de los Estados Unidos, la
presencia, la contribución y la fe de los hispanos
han logrado tal profundidad y madurez que no pueden
quedar escondidas bajo el celemín de cafeterías,
salones parroquiales o sótanos sino que se han de
proclamar desde los tejados de los teletipos y del
Internet y ser celebradas en el amplio espacio del
'templo central'.
Ahora
que regreso a la tierra que me vio nacer para estar más
cerca de mi familia por unos años, me salta a la
vista y al corazón lo mucho que he recibido a lo
largo de todos estos años. En medio de la alegría de
un nuevo comienzo, encuentro la pena de lo que dejo
atrás. Y junto a la pena descubro un gran sentido de
gratitud por lo que he vivido entre ustedes y por lo
que vendrá. Por todo esto, doy gracias hoy a Dios y a
ustedes. Gracias por haberme permitido entrar en sus
vidas y sobre todo gracias porque ustedes han sido
buena noticia para mí y son ya parte de lo que soy.
La
Voz Católica queda en buenas manos: las de un buen
equipo y las de todos ustedes. De todos depende que
siga creciendo y sirviendo a nuestra comunidad.
Araceli
Cantero deja su cargo de directora de la Voz Católica
con esta edición. Regresa a España a primeros de
diciembre. Su correo electrónico:
vozcat2@miamiarch.org.

|