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Tamar,
mujer de dudoso comportamiento
R.
Domingo. Rafael
Autor de la Biblia Popular. Información: rdomiurbi@aol.com
Usted
conoce el evangelio de San Mateo. Ha escuchado muchos de sus
episodios. Los ha meditado infinidad de veces. Y seguramente
habrá leído muchas de sus páginas. Pero, a pesar de tanta
familiaridad, dudo que haya leído los primeros versos, que
presentan la genealogía de Jesús:
“Abraham
engendró a Isaac... Judá engendró, a Fares y a Zara, de
Tamar”.
También
dudo que conozca a este personaje llamado Tamar. Debía ser
muy importante, porque Mateo lo señala como antepasado de Jesús.
Pero antes de seguir, tengo que cambiar de género ya que
Tamar fue una mujer. Su comportamiento fue dudoso. Unos la
califican de heroína, otros de prostituta. Debemos
transportarnos con la imaginación a aquellos tiempos de los
patriarcas y deleitarnos leyendo su historia en el Génesis,
capítulo 38. Por brevedad y con riesgo de no ser fiel, voy a
resumir su vida.
Tamar
se casó con Er. Este murió y dejó a la joven viuda sin
hijos. Su suegro, Judá, la casó con su otro hijo Onán para
que tuviera descendencia. Pero éste, cuando tenía relaciones
con su cuñada, “derramaba a tierra”. (De aquí proviene
la palabra ‘onanismo’, acción de derramar el esperma en
el acto conyugal). También Onán murio. Y Judá despachó a
la viuda a casa de sus padres, al pueblo llamado Timná. ¡Qué
vergüenza volver a casa de sus padres sin hijos después de
haberse casado dos veces!
Pero
llegó el tiempo del esquileo de los rebaños. Tamar se entera
de que su suegro va a venir al pueblo. Aquí prepara su plan
de ataque. Se despoja de sus vestidos de viuda, se disfraza de
ramera y se sienta en la carretera esperando a Judá. Este al
llegar, no la reconoce porque tenía el rostro tapado. Y le
dice: “Vente a dormir conmigo. Te pagaré con un cabrito”.
Tamar le responde: “Lo haré si en el entretanto me das tu
sello, tu cordón y el bastón que tienes en la mano”. El se
los dio, durmieron juntos y ella quedó encinta.
Después
Judá por su parte envió a uno de sus criados con el cabrito
para así rescatar las prendas que había dejado a la mujer.
Cuando éste llegó al pueblo y preguntó a los vecinos por la
ramera que se sienta junto al camino, le respondieron: “Aquí
no ha habido ninguna ramera”. Con estas noticias volvió a
Judá.
Tres
meses después, Judá recibió este aviso: “Tu nuera Tamar
ha fornicado y se ha quedado encinta”. Su reacción fue
fulminante: “Quemadla viva”. Cuando la llevaban a la
hoguera, ella envió este mensaje a su suegro: “Estoy
encinta del dueño de este sello, de este cordón y de este
bastón”. Judá la reconoció y dijo: “Ella tiene más razón
que yo”. Y tuvo dos mellizos, Fares y Zará.
Así
es el ‘culebrón’ que nos ofrece la Biblia. ¿Debemos
criticar a esta mujer? O, ¿hay algo digno de alabanza? Por
supuesto que no faltan quienes juzgan severamente el
comportamiento de Tamar por vestirse de prostituta y tener
relaciones sexuales con su propio suegro. En aquel tiempo ese
tipo de comportamiento era cuestionable y condenable.
Propensos como se está a la crítica, a Tamar se le puede
poner el ‘sanbenito’ de prostituta y juzgar severamente su
acción. Hoy día, mentes liberales pensarán que pasó y
sobrepasó los límites de la decencia y de la moralidad. Y
buscarán en este ejemplo otra excusa para despreciar el
Antiguo Testamento, donde se muestran ejemplos reprobables,
indignos del elevado mensaje de Jesús en el Evangelio.
Por
otra parte, otros pueden alabar la valentía de Tamar, que
sacrifica su honor y arriesga su vida por dar un heredero a su
marido muerto. Creyó en un ideal. No temió ser condenada
como prostituta. Rompió con todos los moldes sociales. Pero
reconoció su gran responsabilidad: presevar la línea
familiar. Incluso en aquella sociedad existía una ley llamada
levirato, que si moría el esposo, un hermano de éste tendría
que casarse con la viuda para darle descendencia. Por ello
muchos, alborozados, ven a esta mujer de la Biblia como la
heroína, que vivió su vida con todas sus consecuencias.
Creen que Tamar pudiera ser ejemplo y modelo para muchos jóvenes
y ‘jóvenas’ de hoy, que viven en un mundo lleno de héroes
del deporte o de la canción, pero escasos de héroes y heroínas
de la llamada de Dios.
Yo,
por aquello de que ‘ni quito ni pongo’, sólo puedo decir
que entre todas las mujeres que han existido en el mundo,
Tamar tiene el singular honor, compartido entre cuatro
mujeres, de ser antepasadas de Jesús y figurar en su genealogía.
Así lo dice el evangelio de San Mateo, 1,216:
“Judá
engendró, a Fares y a Zara, de Tamar… Jacob engendró a José,
el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado
Cristo”.
¡Cuántas
mujeres quisieran tener sus nombres en esta genealogía!
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