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La voz del Arzobispo John C. Favalora

Que el niño Jesús nos traiga la Paz

 

 

 

Mis queridos amigos:

El coro que cantaron los ángeles aquella primera mañana de Navidad resuena con más fuerza este año: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor".

Paz es nuestra fervorosa oración esta Navidad y no estamos solos en nuestro deseo.

Shalom es la palabra que los judíos utilizan para saludarse. Es la palabra hebrea para la paz.

Salaam es la palabra que usan los musulmanes en su saludo. También significa ‘paz’ en árabe.

Los católicos nos saludamos todos los domingos con las palabras de Cristo: "La paz esté contigo".

Creo firmemente que la gran mayoría de las personas en la tierra comparte un deseo ferviente de paz. También creo que lo mismo desean los musulmanes y los judíos en  Tierra Santa, a pesar de los recientes brotes de violencia horrible y absurda.

Creo que ese también es el deseo del pueblo afgano, el cual desea que cese el bombardeo de la misma manera que los estadounidenses desean que sus hombres y mujeres en las Fuerzas Armadas regresen a casa.

Pero la paz es evasiva. La maravillosa solidaridad con la cual el mundo entero recibió el año 2000 parece haberse perdido y olvidado. Henos aquí, a menos de dos años,  peleando viciosamente.

Pero en medio de toda esta violencia y sufrimiento, la Iglesia nos recuerda que vino el Salvador. Jesús no fue un líder político o un héroe militar. Fue un humilde hijo de un carpintero que comenzó su vida en un pesebre y luego huyó al exilio.

Sus padres no eran ricos. Irónicamente, con mucha probabilidad vivieron como hoy lo hace la gente de la devastada Afganistán: sacando agua de un pozo, sin electricidad o medios modernos de transportación, ganándose la vida a duras penas.

¿Y qué mensaje trajo Jesús al mundo?

"La paz esté con ustedes", le dijo a sus discípulos. "Amense unos a otros como yo los he amado".

Al igual que las víctimas de  los que llegan al terrorismo por resentimiento, Jesús fue objeto de la ira y el odio, fue testigo de la injusticia y la incomprensión. Ciertamente llevó el peso de todo eso en su propia carne. Murió injustamente, solo e incomprendido, frente a una turba airada que se burlaba de él. Pero nunca optó por la violencia como solución. Hasta el final repitió las palabras: "La paz esté contigo". "Amense unos a otros".

Esa ha sido la oración de Dios por nuestro mundo desde el principio del tiempo. Y debe ser nuestra oración esta Navidad. Pero, ¿cómo hacerla realidad?

Creo que podemos hacerlo una persona a la vez, un corazón a la vez. Cuando  miremos al Niño Jesús en el pesebre, encontremos al Niño en los demás: vulnerable, inocente, asustado, hambriento, necesitado de amor. Ese es el rostro de Dios y fuimos creados a su imagen y semejanza.

Dios escogió revelarse a nosotros no con poder y gloria, sino con humildad y vulnerabilidad. Redescubramos ese destello de divinidad en todos los que nos encontremos a nuestro paso, sin importar su raza, idioma, cultura o nacionalidad. Todos somos semejantes a Dios, hijos e hijas del mismo Padre, hermanos y hermanas de aquel pequeño Niño y unos de otros.

Que ese conocimiento, personificado en este Niño de la Navidad, nos lleve a la verdadera paz y a un mundo mejor ahora y siempre.

Que ustedes y sus familias tengan una bendita y santa Navidad llena de paz.