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Miami
 

Nuestra Señora de Guadalupe

Un mensaje del cielo cargado de símbolos

Rogelio Zelada
Especial/La Voz Católica

MIAMI — Cada año más de 20 millones de fieles se acercan al cuadro de Nuestra Señora de Guadalupe para expresar el testimonio de su cariño y veneración. El día de su fiesta, 12 de diciembre, son millones los que acuden a la moderna basílica del Tepeyac.

Cuatrocientos años debieron pasar para que la cultura occidental reconociera admirada que la imagen impresa sobre el ayate indígena era un códice mexica, un mensaje del cielo cargado de símbolos. Helen Behrens, una antropóloga norteamericana, descubrió en 1945 lo que los ojos de los indios habían leído en la pintura de aquel diciembre de 1531, cuando la Virgen se le apareció al indio Juan Diego.

La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe es una maravillosa síntesis cultural, una obra maestra que presentó la nueva fe de manera tal que pudo ser entendida y aceptada  por los indios mexicanos. Cada detalle de   color y de forma de este cuadrocódice tan rico en simbología, es portador de un mensaje teológico.

El rostro impreso en el ayate es el de una joven mestiza; una anticipación étnica, pues en aquel momento en México no había mestizos de esa edad. María de Guadalupe asume así el dolor de miles de niños, los primeros de una nueva raza rechazados por  indios y  conquistadores. Nuestra Señora de Guadalupe aparece así como una madre capaz de acoger a todos: indios, españoles y mestizos con un mismo amor.

El ayate original se conserva en la moderna Basílica de Tepeyac. La tela mide aproximadamente 66 x 41 pulgadas. María está de pie y su rostro se inclina delicadamente como atendiendo a las oraciones de sus hijos.

La Virgen de Guadalupe aparece revestida con un manto azul salpicado de estrellas. Los rayos del sol circundan a la guadalupana para indicar que ella es su aurora, el alba del sexto sol que esperaban los indios mexicanos, el comienzo de un mundo y un tiempo nuevos.

Esta joven doncella mexicana está embarazada de pocos meses, así lo indican el lazo negro que ajusta su cintura, el ligero abultamiento debajo de éste y la intensidad de los resplandores solares que aumenta a la altura del  vientre. Su pie se apoya sobre una luna negra (símbolo del mal para los mexicas) y el ángel que la sostiene lleva  abiertas sus alas de águila.

El cuadro de la Virgen de Guadalupe estuvo 116 años expuesto a las inclemencias del ambiente sin protección alguna contra el polvo, la humedad, el calor y el humo de las velas. Miles y miles de objetos tocaron el cuadro, que milagrosamente sobrevivió el  roce de las manos y los innumerables besos de los devotos peregrinos.

Pío X proclamó a Nuestra Señora de Guadalupe Patrona de toda la América Latina; Pío XI, de todas las Américas; Pío XIl la llamó Emperatriz de las Américas; y Juan XXIII, La misionera celeste del Nuevo Mundo y la Madre de las Américas.

La lista de prodigios en torno a la Virgen de Guadalupe es un tema interesante para investigadores y científicos que no han podido precisar el origen de los pigmentos que dan color al cuadro, ni explicar la misteriosa forma en que éste fue pintado.

Desde 1929 expertos en óptica han estudiado las imágenes reflejadas en los ojos de la Virgen de Guadalupe. La aplicación de modernas técnicas digitales ha permitido descubrir en ambos ojos de la imagen de lo que parece ser la escena que éstos estaban contemplando en el momento de la impresión milagrosa. Se aprecian personas y objetos colocados según las más precisas leyes de la óptica, como sucede en los ojos de una persona viva.

La Virgen de Guadalupe está en lo más hondo del corazón de su pueblo. Guadalupe es México, su signo más fiel, la bandera con la que el Padre Manuel Hidalgo convocó a la independencia el 15 de septiembre de 1810.

 
Nuestra Señora de Guadalupe

La Virgen que habló en náhuatl

Rogelio Zelada
Especial/La Voz Católica
 

MIAMI — Con gran asombro, Fray Juan de Zumárraga, el franciscano primer Obispo de México, contempló las frescas rosas de Castilla que salpican de colores el suelo de su modesto palacio episcopal. Las lágrimas corren por las mejillas del prelado al reconocer la preciosa imagen que acaba de aparecer en el burdo ayate que el indio Juan Diego ha desplegado en su presencia. Es el martes 12 de diciembre de 1531, apenas 10 años después de la conquista de México, y la Madre de Dios ha llegado a los pobres indios vencidos para “mostrar y dar” todo su “amor y compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre”.

Durante cuatro días la Virgen se había comunicado con Juan Diego hablándole en su propia lengua, el náhuatl. Al identificarse, María usó la palabra “coatlallope” un sustantivo compuesto formado por “coatl” o sea, serpiente, la preposición “a” y “llope”, aplastar; es decir, se definió como “la que aplasta la serpiente”.

Otros reconstruyen el nombre como Tlecuauhtlapcupeuh, que significa: “La que procede de la región de la luz como el Aguila de Fuego”. De todas formas el vocablo náhuatl sonó a los oídos de los frailes españoles como el extremeño “Guadalupe”, relacionando el prodigio del Tepeyac con la muy querida advocación que los conquistadores de México veneraban en Extremadura, en la Basílica construida por Alfonso XI en 1340.

La imagen española de la Guadalupe es una antigua talla de madera revestida por ricos mantos de precioso brocado que le confieren la forma triangular muy del gusto de la época. Su apariencia es muy diferente al lienzo del Tepeyac, no sólo por sus rasgos ibéricobizantinos, sino además porque lleva al Niño Jesús en su brazo izquierdo; un cetro real en su mano derecha y una gran corona de oro sobre su cabeza. La Guadalupe de Cáceres, cuyo origen coloca la leyenda hacia el siglo VI, fue hallada en la ribera del Río Guadalupe (río escondido, en árabe) en la Sierra de Villuercas, allá por el 1326 después de la expulsión de los moros de aquella zona.

La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe quedó impresa en un tosco tejido hecho con fibras de maguey. Se trata del ayate, usado por los indios para acarrear cosas y no de una tilma, que usualmente era de tejido más fino de algodón. La trama del ayate es tan burda y sencilla, que se puede ver claramente a través de ella, y la fibra del maguey es un material tan inadecuado que ningún pintor lo hubiera escogido para pintar sobre él.

La fibra de maguey no dura mucho más de 20 años sin descomponerse; sin embargo después de cuatro siglos, el ayate de Juan Diego, hecho con este tejido vegetal, permanece en perfecto estado de conservación.