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Mensaje de Navidad de los obispos cubanos

Queridos hermanos:

Al llegar el tiempo de Navidad nuestros corazones se llenan de alegría y no podemos pasar estos días sin que nuestro pensamiento vaya a Jesucristo, el hombre universal que de modo inigualable ha marcado la historia de la humanidad. Pero en la noche del 24 de diciembre, al conmemorar el nacimiento de Jesucristo, hay que celebrar ante todo el amor que Dios ha mostrado a los hombres: "Tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo". (Jn 3,16). Es esto lo que festejamos en la Nochebuena, cuando nos reunimos en familia para la comida de Navidad.

Porque en esa noche santa nació Jesús en una gruta, refugio de animales de trabajo y de cría en las noches de invierno. Allí la Virgen María envolvió al niño Jesús en pañales y lo colocó sobre la hierba seca de un pesebre, un comedero para animales. En esa noche del 24 de diciembre, a la medianoche, a la misma hora en que los pastores escucharon cantar a los ángeles: "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor" (Lc 2,14), los católicos vamos a la Iglesia para la Misa de Navidad, Misa de Medianoche, Misa del Gallo, llamada así porque es la hora en que suele escucharse su canto.

Queridos hermanos y hermanas: los obispos cubanos, que compartimos con nuestro pueblo todas sus penas y esperanzas, sabemos que puede aflorar en las mentes de algunos una pregunta parecida a ésta: En un mundo como el nuestro, en nuestras condiciones actuales, ¿tendremos derecho a alegrarnos, a celebrar la Fiesta de Navidad?

Es cierto que el panorama del primer año del Tercer Milenio quedó dominado por los acontecimientos del 11 de septiembre que estremecieron al mundo y han ensombrecido el horizonte del fin de año y del futuro inmediato con la triste realidad de la guerra y sus secuelas.

El terrorismo, que siempre actúa de modo salvaje, no logra adhesión a su causa por el pretendido heroísmo de sus autores, ni por la calidad de sus acciones, siempre despreciables. Su éxito está precisamente en sembrar el terror y este fin de año la humanidad se muestra aterrada, en mayor o menor  grado.

En Cuba hemos sufrido además un ciclón devastador, que ha dejado a mucha gente sin hogar y que arrasó cosechas y sembrados en una ancha franja de nuestro territorio, acentuando las carencias y la pobreza en las regiones donde descargó su furia, con afectaciones importantes a la economía del país.

Se añaden a la situación presente las viejas penas, los dolores habituales en nuestra familia cubana: ¡Son tantas las familias divididas, separadas por el divorcio! Son minoría los niños y adolescentes que pueden sentarse con papá y mamá juntos la noche del 24, la Nochebuena, a comer la cena navideña. Nos complace que los jóvenes becados puedan ahora estar con sus familias en este día de Navidad, pero nos entristece que muchos de ellos desconozcan, al igual que no pocos cubanos, la razón para este día feriado, que no es sólo una jornada sin trabajo o fuera de la escuela, sino un día de fiesta, la fiesta del nacimiento de Jesús, el Hombre único en la historia, el Hijo de Dios, el Redentor de los hombres.

La familia cubana celebra la Navidad añorando a algunos o a muchos de sus miembros, aun los más cercanos, que viven fuera de Cuba. Para no pocos éste será el primer año en que un hermano, una hija, un nieto, un esposo o una madre están ausentes. Para otros muchos ésta es una vieja experiencia a la cual no logran acostumbrarse.

Estando así abrumados, tal vez por la situación económica, o rodeados de temor, o llenos de nostalgia, ¿podemos los obispos de Cuba dirigirnos a ustedes para invitarlos a celebrar la fiesta de Navidad?

Sí, podemos y debemos más que nunca antes celebrar la Navidad, porque "Un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado" (Is 9,5). Es Jesús, el Príncipe de Paz que trae el amor a la tierra y "el amor vence al temor" (1 Jn 4, 18). El amor se hace solidaridad y cercanía para remediar las dificultades del hermano, como lo hemos visto en estos días cuando los católicos en toda Cuba y fuera de Cuba, junto a otras personas de buena voluntad, han acudido en auxilio de las regiones del país más afectadas por el huracán. Nos alegra que nuestro pueblo se haya mostrado tan solidario en medio de esta prueba porque la sensibilidad humana y los valores cristianos  no se han perdido.

Hay que celebrar la Navidad justamente para mantener vivos esos valores, para fortalecer la familia resquebrajada y unirnos espiritualmente en la oración a quienes queremos y están lejos, para suplicar a Jesucristo que nace pobre, al descampado, como los millones de refugiados y desposeídos de este mundo, que la paz que El vino a traer a la tierra se haga posible. Que El ponga en el corazón de todos los seres humanos, especialmente de los hombres y mujeres que detentan el poder político y económico, un propósito firme de trabajar por la justicia, pues un mundo donde reina la desigualdad social, el hambre, la miseria o cualquier otro tipo de opresión, es terreno abandonado para el terrorismo, la guerra y las acciones desesperadas, sean aisladas o de grupo.

Celebremos esta Navidad con la alegría sana del corazón, aquella que Jesús dijo a sus discípulos que nadie les podría quitar…     El tiempo de Navidad se prolonga desde el 24 de diciembre, día de Nochebuena, hasta el 6 de enero, Día de Reyes. El día primero del año es la Jornada Mundial de Oración por la Paz. Es deseo de la Iglesia que comencemos el año nuevo orando por la paz en el mundo, especialmente en esta ocasión en que estamos sintiendo el horror de la guerra.

En esta Navidad, digamos a todos "¡Feliz Navidad!": al vecino, al amigo, al conocido. Adornemos nuestras casas según las posibilidades que tengamos, que todos los niños reciban algún presente de los Reyes Magos y que brote de nuestros corazones una súplica unánime: ¡Paz!

Les desean una feliz Navidad y los bendicen con afecto,

Los obispos de Cuba