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Clara:
Escuela de Adviento
Padre
Pedro Corces
Se
llama Clara. Es una mujer que vivió en un shelter o refugio
para personas desamparadas, o como le decimos en nuestro
Miami: homeless por más de tres meses. Ya no está allí,
pero todavía no tiene su propia casa. Su trabajadora social
le consiguió un hogar de “transición” hasta que se le
consiga un apartamento.
Este
“hogar” consiste en dos grandes edificios de apartamentos
muy viejos, en un área de Miami muy pobre, sucia y
abandonada. Allí viven más de cien personas en estado mental
muy enfermo, abandonadas por familiares y amigos y atendidas
por unos cuantos trabajadores.
Allí
espera Clara su casa. La fui a buscar hace unas semanas
para llevarla a cenar por el Día de Acción de
Gracias. Somos parte de un grupo de voluntarios que ayudamos a
estas mujeres que están o han estado deambulando por las
calles a encontrar trabajo y casa e irlas integrando a la
sociedad un poco más sanas y preparadas.
Clara
me estaba esperando sentada al final de un pasillo largo y
medio alumbrado. Se había puesto un vestido limpio. Estaba
arreglada y rodeada de otros “inquilinos” que la miraban
con curiosidad, porque se daban cuenta que era diferente a
ellos. Esperaba tranquila, confiada en que yo llegaría y le
diría “Vamos”. Estaba lista.
Clara
no tiene dinero, ni carro, ni mucha salud; no tiene familia ni
amigos, tiene realmente muy poco, y sin embargo tiene mucho.
Tiene paciencia, esperanza y confianza en Dios y en otras
pocas personas que la ayudan. Clara es una escuela del
Adviento.
Esperar
desde la pobreza a que Dios extienda su brazo de ternura y
bondad hecho carne humana en Jesús y diga “Vamos”. ¿Por
qué nos cuesta tanto trabajo esperar, tener paciencia? Muy
sencillo: tenemos mucho o creemos que lo tenemos todo. Lo
tenemos cuando lo queremos, como lo queremos y lo qué
queremos. No hay que esperar. Todo es rápido, práctico,
abundante... y vacío. Sólo el pobre sabe esperar. Porque
tiene que esperar. Su pobreza le ha enseñado el arte de
esperar. Esperar es un arte. La mayoría de nosotros lo hemos
perdido porque hemos perdido contacto con el ser pobres. ¡Tenemos
tanto!
El
niño que espera en una cola por un jarro de leche o arroz, el
anciano que espera a que alguien lo visite, el preso que
espera una llamada de un amigo, el enfermo que espera la salud
y el consuelo son pobres. No es una espera pasiva. Al
contrario, es una espera muy activa. Saben que llegará lo que
esperan. Y se espera con confianza y con expectativas, porque
se confía en la persona que hace la promesa.
“Te
prometo que te recojo esta noche y vamos a comer con los
amigos”, le dije a Clara. Fue
suficiente. Clara no necesitó un documento firmado por
mí.
No
sabemos esperar porque, al tener tanto, hemos perdido la
capacidad de confiar en el otro. La otra persona viene a
quitarme lo mío. No viene a dar. Quiere sacarme algo. Por lo
tanto, tengo que estar a la defensiva o listo para atacar.
Dudo de su palabra o de sus motivos. ¿Para que querrá
venir?, ¿Que busca? El pobre, al no tener que proteger nada,
confía en la otra persona, cree en sus motivos, no duda de su
bondad. El pobre se dice: “viene a darme, no a quitarme, no
tiene nada que quitarme. Y aunque alguien me haya engañado en
el pasado, quiero y puedo volver a confiar”.
A
Clara su esposo la golpeaba física y mentalmente. Tiene las
marcas en la cara, la nariz y los dientes rotos. Sin embargo
no está amargada, ni triste ni desencantada. Otros han
llegado y la han ayudado. Dios no le ha fallado a su promesa
de cuidarla y proveer. Dios cuida al pobre y lo defiende.
Es
este Adviento y esta Navidad de 2001, Dios nos invita a
reconocer nuestra pobreza, a abrazarla, a dejar a un lado
nuestra autosuficiencia, a compartir lo que tenemos y
recibimos con tanta abundancia en estos días, a abrirnos a
los demás para poder ser
un poco más pobres e ir aprendiendo, poco a poco, a saber
esperar y tener paciencia.
Hay
muchas Claras en nuestra ciudad. Hay muchos hombres y mujeres,
jóvenes y no tan jóvenes que son verdaderas escuelas de
espiritualidad cristiana. Y ni ellos mismo lo saben.
Simplemente lo viven.
Tú
y yo que “vivimos” en la Iglesia y desde la Iglesia,
estamos invitados a mirar atentos y descubrir estas escuelas
de vida y fe. ¡Están tan cercas! Nos enriquecen y nos retan
a vivir con más profundidad y compromiso la fe que tenemos y
celebramos en nuestras comunidades. ¿Jesús no dijo que el
Reino de Dios era de los pobres? Hay que decírselo, que ellos
están muy cerca del Reino de Dios.
Dios
nos ha hecho grandes promesas de paz y justicia, de verdad y
libertad. Hay que crear espacio para creer y recibir esta
promesa. Para poder creer en Quien la hace. Nos pide solamente
una condición: reconocer que sin El nada somos, que por mucho
que tengamos y sepamos, ante El seremos siempre pobres que
esperan y necesitan.
Gracias,
Clara, por enseñarme y retarme a esperar con seguridad, con
paciencia y hasta con alegría.
El
padre Pedro Corces es director de Vocaciones de la Arquidiócesis
de Miami.
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