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Hablan los niños adultos de Pedro Pan


Niñas Pedro Pan con Mons. Bryan Walsh, el sacerdote que logró sacarlas de Cuba. De izq. a derecha, sentadas: Pilar de Aguilera Weiss, Marta Muzelle Kuhnel y María Beatriz Bruquetas. Arriba: Beatriz Muzelle, Mons. Walsh y Eloísa Echazábak.

(Fotos: A. Rodríguez-Soto)

Ana Rodríguez-Soto
La Voz Católica

MIAMI — “Hay tantas experiencias como niños que salieron solos”, dijo María de los Angeles Torres, quien  salió de Cuba siendo niña a través de la Operación Pedro Pan y es autora de The Lost Apple: Children and the Destiny of Nations (La manzana perdida: los niños y el destino de las naciones).

No todas las historias tienen un final feliz. Algunos niños nunca se reunieron con sus padres. Otros pasaron tanto tiempo en casas de adopción que se llegaron a encariñar más con sus padres adoptivos que con los suyos propios. Otros fueron enviados a reformatorios.

Pero la mayoría ha resultado ser como los hijos de Aleida de Armas: “buenos hijos, buenos padres”.

He aquí algunas de sus historias, tal como se la contaron a  La Voz Católica algunos de los que asistieron a la celebración del 40 aniversario de Pedro Pan en la Universidad Barry.

La primera comida

Beatriz Muzelle recuerda la primera comida que tuvo en Estados Unidos: espaguetis fríos. Tenía 15 años y era una malcriada, dijo Muezelle, y acababa de llegar a la casa de Kendall con sus dos hermanas: Marta, de 17 años y María, de 9. No habían comido nada desde que salieron de Cuba aquella mañana del 1 de agosto de 1961. Ya había pasado hacía rato la hora de la comida. Su prima, Pilar de la Aguilera Weiss, que había llegado unas semanas antes, la llevó a la cocina y le buscó algo de comer. Muzelle recuerda que su mamá se quedó asombrada cuando le hizo el cuento. En Cuba, ni siquiera le gustaban los espaguetis.

“El hambre acaba con toda malacrianza”, dijo Muzelle.

Ella y sus hermanas pasaron un mes en Kendall antes de ser enviadas a un orfanato en David City, Nebraska, un lugar que describe como “en el medio de los maizales. Eramos las primeras extranjeras en llegar a ese pueblito”.

Se quedaron allá hasta que sus padres pudieron salir un año después. Vivían en dos casas amuebladas y eran cuidadas por dos religiosas franciscanas. Era una comunidad alemana, recuerda Muzelle, y también recuerda cuando ella y las otras nueve niñas se cansaron de comer salchichas y coles.  “Le mentí a una de las hermanas, le dije que sabía cocinar”.

Le pidió a su hermana que le enviara un libro de cocina, y ella y su hermana hicieron lo mejor que pudieron para encontrar los ingredientes necesarios para hacer arroz con pollo, arroz con leche de postre y otros platos cubanos. Al poco tiempo, las monjas empezaron a pedir algunas de estas comidas y a invitar a sacerdotes del área a cenar.

Lo cual no quiere decir que la vida era fácil. El primer invierno en Nebraska, empezó a nevar en noviembre y “nunca volvimos a ver la tierra hasta abril”, recuerda Marta Muzelle Kuhner.

“Fue duro para todo el mundo, incluyendo a sus padres. No sabían si nos iban a ver otra vez”.

Este año, Marta y María, quienes viven en West Palm Beach, celebraron el 40 aniversario de su llegada a EU yendo a comer fuera. Esta vez, los espaguetis estaban calientes.


Parte de la exposición de recuerdos –fotos y documentos– que acompañó  la celebración. La Universidad Barry es ahora depositaria de los archivos de la Operación Pedro Pan.

“Adiós a los hijos…”

Samuel Oberstein recuerda cuando sus padres le dijeron: “Sabe Dios cuándo nos volveremos a ver”.

Tenía 15 años y dada su historia familiar, la reunión conllevaría un milagro. Sus dos padres se habían despedido de sus respectivos padres cuando eran adolescentes en Polonia. Las familias de ambos habían sido asesinadas en el Holocausto.

Ahora, como padres, le estaban diciendo adiós a sus hijos. Era 1961 y la invasión de Bahía de Cochinos acababa de fracasar. Oberstein estaba estudiando medicina. Era lo suficientemente mayor como para saber lo que estaba pasando.

Podía aparentar que era comunista y continuar sus estudios de medicina. Podía esconderse. O podía ir para Estados Unidos. En Europa, durante la II Guerra Mundial, los judíos se habían escondido aparentando ser cristianos. En Cuba, ser judío no importaba.

“Tenías que ser miliciano”, dijo Oberstein. “Para sobrevivir tenías que ser un actor y yo no lo soy”.

Se escondió por cuatro meses hasta que sus padres se las arreglaron para obtener una visa waiver. En el aeropuerto de Miami, un representante de Caridades Católicas lo entregó a la Sociedad Hebrea de Ayuda a Inmigrantes. Lo enviaron a Michigan, donde completó sus estudios médicos. Sus padres se reunieron con él siete años más tarde.

“Estamos muy agradecidos”, dijo Oberstein, quien recientemente se retiró después de trabajar más de 20 años como obstetra y ginecólogo en el Hospital Mercy de Miami.

Una mansión en Coral Gables

Eloy Cepero creyó que se había ganado la lotería. El y sus dos hermanos llegaron a la mansión de McGregor Smith, ubicada en Coral Gables. Smith era en aquella época presidente de la junta directiva de la Florida Power and Light. Su esposa, Elizabeth, había oído en su iglesia metodista que buscaban a tres familias que estuvieran dispuestas a acoger en sus casas a tres niños de Cuba. Ella se negó a separar a los hermanos, por lo que aceptó como voluntaria recoger a los tres.

“Nos hicimos parte de la familia, nos hicimos parte de todos los country clubs de Coral Gables”, recuerda Cepero, codueño del Peninsula Mortgage Bank. Tenía 15 años cuando llegó. Sus hermanos tenían 17 y 11.

Fueron conducidos a la escuela en una limosina manejada por un chofer. Los mayordomos esperaban a sus amigos a la salida de las fiestas de cumpleaños. Todas las semanas recibían $100 para gastos.

Pero muchos de sus compañeros de clase pasaban hambre, dijo Cepero. Por esa razón él y sus hermanos se paraban fuera de las reposterías locales y daban dinero para que los muchachos del barrio pudieran comprar pan.

Cepero recuerda lo que le enseñó Elizabeth Smith: “Cada vez que puedan ayudar a alguien háganlo”.

“Lo cuestioné”

María Beatriz Bruquetas tenía siete años cuando ella y su hermana de 8 años llegaron a una casa de adopción en Florida City. Se pasaron un mes allí antes de ser enviadas al Catholic Children’s Home en Alton, Illinois.

“Sí la cuestioné”, dice refiriéndose a la decisión de sus padres. “Ahora me doy cuenta de que era amor incondicional, pero se los reproché por mucho tiempo”.

Bruquetas vive ahora en Sarasota y trabaja para la Catedral Epiphany en Venice. Se acuerda de por qué sus padres la enviaron a ella y a su hermana fuera del país.

“Nos estaban adoctrinando en la escuela. Además, mi padre estaba en el movimiento clandestino. Dijo que nos quería a salvo”. Después de ocho meses, Bruquetas se reunió con sus padres. Acaso porque el tema era demasiado doloroso, o porque tuvo un final feliz, sus padres nunca sintieron la necesidad de hablar de eso. Lo único que su madre le dijo fue “aquellos fueron los días más negros de mi vida”.

“Tengo sentimientos de abandono como resultado de eso. Aún me resulta doloroso”, dijo Bruquetas. “Ahora es que estoy entrando en contacto con estos sentimientos”. Esa es la razón por la cual la Operación Pedro Pan ha significado tanto para ella. La organización no lucrativa tiene como objetivo reunificar a los niños Pedro Pan para que puedan compartir sus historias y a la vez ayuden a generaciones futuras de niños.

En la actualidad, el grupo mantiene al Catholic Home for Children, en Perrine y el Boystown of Florida y se ha comprometido a construir un Children’s Village en Matecumbe, el lugar donde muchos de ellos fueron recibidos al llegar a Miami.

“Ha sido maravillos entrar en contacto.   Este grupo reconoce todo lo que aquel niño o niña sintió”, dijo Bruquetas. “Es bueno saber que no se está solo”.

La Operación Pedro Pan: 40 años después

En la Universidad Barry, ahora la depositaria de los archivos de Pedro Pan, se celebró el aniversario


Aleida y José De Armas sufrieron la separación de sus diez hijos.

Ana Rodríguez-Soto
La Voz Católica

MIAMI SHORES — Aleida de Armas recuerda haber visto a sus hijos cuando hicieron la señal de la cruz desde la ventanilla del avión. Era la señal que habían acordado para que supieran  que habían abordado el avión y salían para Estados Unidos.

De Armas recuerda también cómo después regresó al silencio de una casa vacía llena de juguetes y  camas a medio hacer. “Me hundí en una parálisis total”, dijo. Sus 10 hijos iban a estar solos en otro país mientras ella y su esposo se quedaban en Cuba.

El público que escuchaba a De Armas empezó a llorar, porque conocían la otra mitad de la historia. Eran los niños Pedro Pan. Habían sido parte de los más de 14,000 que fueron sacados de La Habana a Miami entre diciembre de 1960 a octubrede 1962.

Cuarenta años después de aquellos vuelos solitarios y llenos de miedo, se hallaban reunidos en Miami una vez más para hablar de sus recuerdos y tratar de entenderlos mejor, desde el punto de vista personal como político.

La convocatoria académica del 9 y el 10 de noviembre fue auspiciada por la Universidad Barry, que ahora es la depositaria de los archivos de la Operación Pedro Pan. Los registros de 7,000 niños que estuvieron a cargo de la Iglesia Católica están  siendo catalogados cuidadosamente en ese recinto universitario para salvarlos para la posteridad.

El orador principal de la conferencia fue Mons. Bryan O. Walsh, el sacerdote que, estando al frente del Miami’s Catholic Welfare Bureau (actualmente Caridades Católicas), acordó custodiar a los niños y cuidó de muchos de ellos personalmente.

Su experiencia en aquellos momentos, y su liderazgo posterior en Caridades Católicas por casi 40 años, han hecho a Mons. Walsh un reconocido experto en inmigración. Pero compartió su momento con los que él llamó “los verdaderos héroes de la Operación Pedro Pan: Los padres que tomaron la difícil decisión”, como José y Aleida de Armas.

Los dos hijos mayores de los esposos De Armas ya estaban viviendo en Miami. Decidieron sacar del país a sus ocho hijos restantes cuando Fidel Castro cerró las escuelas católicas y expulsó del país a más de 100 sacerdotes. Los hijos de De Armas, entre las edades de 8 a 16, eran miembros de organizaciones juveniles católicas.

“Estábamos fichados”, dice Aleida, quien después se reunió con sus hijos. Agradece “la mano de Dios  y un ayudante invisible” a quien ella más tarde llegó a conocer como Mons. Walsh.

En su alocución, Mons. Walsh subrayó que la Operación Pedro Pan fue concebida en Cuba y realizada por cubanos. La decisión de enviar a los niños fue únicamente de los padres cubanos.

“¿Quién era yo para negarle a los padres cubanos uno de los derechos humanos más fundamentales, el derecho a decidir cómo iban a ser educados sus hijos?”, preguntó Mons. Walsh.

Explicó que la campaña de alfabetización que se estaban llevando a cabo en la isla en 1960 infundió temor en muchos padres, porque el gobierno enviaba a los niños a trabajar en el campo por meses seguidos, aislándolos por completo de sus familias.

Los padres llegaron a considerar la emigración como “el menor de dos males”, dijo Mons. Walsh.

“Después de ver los resultados de la vida de estos niños que se han criado en Estados Unidos y las alternativas que encaraban en Cuba, lo haría de nuevo”, dijo Mons. Walsh.

La convocatoria académica de la Universidad Barry marcó el inicio de una campaña de recaudación de fondos de $3 millones. El dinero recaudado sería dedicado  al establecimiento del Instituto de Estudios sobre Inmigración.

Algunos de los fondos también se utilizarían para completar el proceso de catalogar y archivar documentos y fotos para que puedan ser usados por historiadores en el futuro.

Se puede solicitar ver el record personal llamando a la Universidad Barry, al 305-899-3000 o al 1-800-756-6000.

La cifra de niños podría ser mayor de 14,000


María de los Angeles Torres

Ana Rodríguez-Soto
La Voz Católica

MIAMI SHORES — La verdadera cifra de niños que fueron sacados de Cuba a través de la Operación Pedro Pan podría ser mayor de 14,000, de acuerdo con el sacerdote que  acogió a la mayoría de ellos en Estados Unidos.

Por lo menos 1,000 niños judíos fueron entregados a la Sociedad de Ayuda a Inmigrantes Hebreos al llegar a Miami y otros 300 fueron relocalizados por el Buró de Servicio Protestante, dijo Mons. Bryan Walsh, ex director ejecutivo de Caridades Católicas de la Arquidiócesis y principal orador de la celebración del 40 aniversario de Pedro Pan, realizada en la Universidad Barry  el 9 y el 10 de noviembre.

Mons. Walsh fue la persona que firmó las visas waiver que hizo posible que los niños llegaran a Estados Unidos,  estipulado que para estudiar. El fue el orador principal de la reunión académica. Mons. Walsh dijo que la Iglesia no tenía los records de los niños que se habían entregado a otras agencias, por lo que le ha pedido a esas agencias que busquen en sus archivos para así poder tener una cifra más precisa. Tampoco fueron contabilizados los niños que fueron recogidos por sus familiares en vez de ser ubicados en orfanatos o en casas adoptivas.

“En realidad no conocemos la cifra”, dijo María de los Angeles Torres,  profesora de ciencias políticas en la Universidad De Paul y autora de The Lost Apple: Children and the Destiny of Nations (La manzana perdida: los niños y el destino de las naciones), de próxima publicación.

La Operación se inició en diciembre de 1961, cuando James Baker, director de una escuela privada en Cuba, contactó a Mons. Walsh. Quería que la Iglesia se hiciera cargo de unos de niños que tenían visas de estudiantes y que no tenían a nadie que los recibiera en Miami.

El 30 de diciembre, el Departamento de Estado de llamó. Le pidieron a la Iglesia que aceptara a 200 niños cuyos padres estaban implicados en actividades anticastristas.

Torres afirma que los records congresionales muestran que unas 600,000 visas waivers fueron distribuidas para niños y adultos. Estos waivers fueron la única forma legal de entrar al país después que EU cerró su embajada en La Habana.

Entre diciembre de 1960 y la invasión de Bahía de Cochinos en abril del 61, 657 niños cubanos  vinieron a EU.  El resto vino después que Bahía de Cochinos y antes de la Crisis de Octubre en 1962.

La inmigración de Cuba no se reiniciaría hasta después del puente marítimo de Camarioca en 1965, cuando el presidente Lyndon Johnson creó los Vuelos de la Libertad. El propósito explícito: la reunificación de los niños cubanos con sus padres.

En ese sentido la Operación Pedro Pan “abrió la puerta para que miles de cubanos vinieran a Estados Unidos, que de otra forma no hubieran podido venir”, dijo Mons. Walsh.