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La decisión de erradicar ídolos


Adele González

Entonces Dios dijo: “Yo soy Yavé tu Dios, el que te sacó de Egipto, país de la esclavitud… No tendrás otros dioses fuera de mí”. (Exodo 20, 13)

Cada año nos ofrece la oportunidad de tomar alguna resolución que nos ayude a ser mejores y a crecer como cristianos. Este mes de enero no es diferente a otros. Una vez más me he dispuesto a tratar de progresar espiritualmente.

 Comencé repasando los eventos de los últimos meses y enfrentándome con los temores e incertidumbres que nos rodean. Tomé una decisión radical: en el 2002 trataré de cumplir a plenitud el primer mandamiento, reconociendo a Dios como mi único Dios y erradicando de mi vida los ídolos. ¡No me imaginé que la tarea iba a ser tan complicada!

Examiné mi relación con Dios y su lugar en mi vida. Me sentí relativamente satisfecha y agradecida pues sé que para mí como para tantos otros, Dios es mi centro y mi prioridad. Continuando mi examen, descubrí que siempre he tratado de conservar la pureza de la fe cristiana y no me he dejado influenciar por los dioses que tanto abundan en mi cultura caribeña. ¡He de reconocer que me sentí un poco orgullosa de lo que estaba descubriendo!

 Tratando de profundizar aún más, revisé la lista de algunos de los dioses más comunes de mi cultura norteamericana: el dinero, el poder, la fama, las modas, la competencia. Vi que, después de muchos años tratando de crecer y desarrollarme espiritualmente, esos “dioses” ya no ocupaban en mi vida el lugar que una vez tuvieron. Como quizás nos pase a muchos, creí que estaba bastante “adelantada” en mi vida cristiana y di gracias a Dios. Pero como nuestro Dios “es un Dios celoso”    (Ex 20,5) que nos ama y desea estar en comunión profunda con cada uno de nosotros, mi búsqueda no terminó aquí.

  Este versículo 5 generalmente es traducido usando el adjetivo “celoso”. Los estudios bíblicos modernos nos enseñan que la traducción más apropiada dice que Yavé es un Dios “apasionado”. El Dios que crea por amor, que se “hace carne” por amor, y que por amor “vive en nosotros”, desea y exige que nuestro tiempo y nuestras energías no se pierdan en cosas que no nos permiten amar y estar abiertos al amor. Esto me llevó a una nueva reflexión que aún no ha terminado y que creo me ocupará una gran parte de este año. ¿En qué o en quién estoy poniendo todo mi tiempo y energía?

Si soy honesta he de reconocer que en las últimas semanas dedico más tiempo a oír noticias sobre los terroristas que a tratar de encontrar y ver la presencia de Dios en medio de esta tragedia. Pierdo una gran cantidad de energía protestando por “lo mala que están las cosas”.  Empleo el poco tiempo que tengo con familiares, amigos y compañeros de trabajo hablando de otros o criticando las opiniones de aquellos que no están de acuerdo conmigo.  ¿Me pregunto si esta actuación no indica que otras cosas están quitándome el tiempo y las energías que le corresponden a Dios? 

Se me van las horas y los minutos preocupándome por cosas que todavía no son reales: el turno con el dentista la semana que viene, lo que voy a hacer si pierdo el trabajo, o quién cuidará de mí en mi vejez. Mientras estoy ocupada con estos pensamientos, el amor que Dios me está ofreciendo en el momento presente se me escapa. ¿Será posible que la preocupación por el futuro se haya convertido en un dios para mí?  Aunque no me considero una persona rencorosa, hay ciertas cosas que “guardo” en mi corazón y que a veces salen cuando menos lo imagino. Paso también algún tiempo lamentando las cosas que no hice o que perdí, y reconozco que me tengo un poco de lástima. ¿Podrá el pasado convertirse también en otro dios que me roba el tiempo y la energía?

El llamado: “No tendrás otros dioses fuera de mí” se ha hecho más real en estos días y me recuerda las palabras de Jesús: “Busquen  primero el Reino y la justicia de Dios, y lo demás vendrá por añadidura”. (Mateo 6, 33).

En este año, pido porque podamos abrir la mente y el corazón al amor que Dios nos regala en cada momento de nuestras vidas. Si puedo ver el miedo, las pérdidas y las enfermedades, el pasado y el futuro desde una posición de ser “la amada” de Dios, que es un Dios apasionado, creo que muchos de mis dioses perderán la importancia que tienen hoy y el año 2002 va a ser un buen año.

Adele González es subdirectora de la oficina de Ministerios Laicos de la Arquidiócesis de Miami y profesora de teología en la Universidad Barry.