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Pobre Argentina
En Argentina, mi país, ha habido en las últimas décadas varias crisis económicas de distinto nivel de las que se fue saliendo más o menos airosamente, muchas veces con engaños endulzando al pueblo con aparentes mejoras, mientras gobernantes corruptos llenaban sus arcas vendiendo al país, dejándolo cada vez más sumido en el endeudamiento y la pobreza. Pero esta vez es diferente; la crisis no es sólo económica, sino moral y espiritual. En la parroquia de Saint Patrick, en Miami Beach, a la que asisten muchos argentinos, conversé con Dora y Roxana que están en contacto con sus familiares de allá, quienes les aclaran que “los saqueos a supermercados que hemos visto en la televisión no son maniobras políticas como ha ocurrido otras veces, sino que son reales: la gente sale a robar porque tiene hambre; hay desesperación”. No sólo el pobre, que tristemente está acostumbrado a pasar el día con un pedazo de pan tal vez viejo y un plato de arroz: el que no es pobre, el que tiene su casa, su automóvil y dinero en el banco, también lo está sufriendo; porque con la casa y el auto no se come y el dinero en el banco es como tenerlo en una caja inviolable y haber perdido la llave, aunque en ese caso, su recuperación sería más rápida porque el Estado se ha apropiado de él y lo devolverá cuando y como lo considere apropiado a sus planes. Carli, también de Saint Patrick, tiene su familia en una de las provincias más ricas del país por la productividad de sus campos. Sin embargo su hermana le cuenta que este año las fiestas navideñas pasaron casi inadvertidas: pocos adornos en las calles, pocos festejos en las casas, muy poca alegría. El argentino es solidario y hospitalario por naturaleza. Es común ir caminando por cualquier calle de cualquier ciudad, tal vez llevando en la mente algún problema y al pasar por la casa de un amigo toca el timbre (no hace falta concertar una entrevista) y el amigo le abrirá la puerta, lo invitará a pasar, lo convidará con un café o un “mate” y lo escuchará y compartirá sus preocupaciones. Es posible que hoy eso no ocurra; es posible que hoy nadie tenga ánimo para oír problemas ajenos, sumido en los propios, ni tampoco tenga siquiera una taza de café para ofrecer; como también es posible que mueran personas por no poder comprar sus medicinas. Conversando con Graciela, una persona muy abierta y solidaria, que aunque es judía tiene mucha relación con gente de otros credos, especialmente católicos, y recibe a muchos argentinos, me cuenta que “llegan llorando por haber tenido que dejar no sólo sus cosas materiales sino sus afectos, que es lo que más duele”. Porque una cosa es salir de su país voluntariamente buscando un futuro mejor y otra muy distinta es hacerlo como quien escapa de un incendio. ¿Y el que no puede salir o debe hacerlo solo dejando a su familia con la esperanza de poder ayudarlos desde afuera? Muchos inmigrantes que viven aquí lo saben bien porque lo han vivido o lo están viviendo. Pero lo más triste y preocupante es que los argentinos están perdiendo la fe y la esperanza; muchos ya no creen en nada ni en nadie y no ven un futuro que los ayude a mantenerse esperando con paciencia. Hay incertidumbre, hay angustia, hay temor, hay impotencia; algunos temen que el destino final sea otra Cuba o una guerra civil. Roguemos porque esto no ocurra; seamos solidarios uniéndonos en nuestras oraciones para que ese pueblo que fue bendecido por Dios con tanta riqueza y recursos naturales, tan lleno de posibilidades, no desfallezca en su fe y en su esperanza que es lo único que puede mantenernos en los momentos más difíciles. Dios es misericordioso; El sabe extraer bueno de lo malo. Pero su tiempo no es el nuestro. Confiemos en El. Teresa Jantus es una laica argentina de la parroquia de St. Patrick de Miami Beach.
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