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El legado de Monseñor Walsh
Testimonio de una Pedro Pan
ante la muerte del “querido Padre” que los acogió


Mons Bryan O. Walsh (1930-2001)

Georgina Fernández
Especial/La Voz Católica

MIAMI — La fila de gente era como el agua de un río que manaba incesante de la entrada de la Ermita hasta los pies del altar. Gente joven, niños, mayores, ancianos, todos venían a decirle su último adiós a Monseñor Bryan O. Walsh.

En las primeras filas estaban sus hermanos y sobrinos. Junto al féretro, abatidos, un grupo de los que fueron niños de la Operación Pedro Pan le hacía  guardia. Parecía  increíble que hubiera muerto aquel gigante bonachón de sonrisa ancha, el gran conversador,  el ciclista y yatista consumado, el que tanto abogó por los derechos humanos, el “hacedor” de puentes. Pero para ellos, como para mí, el padre Walsh fue, sobre todo, el hombre que nos tendió la mano.

Yo también  fui una de aquellos Pedro Pan que salió sola de Cuba con una “visa waiver”  firmada por el padre Walsh. Cuando el gobierno cubano nos negó libertad y derechos, nuestros padres, la Iglesia, el Departamento de Estado y las Caridades Católicas norteamericanas, forjaron una operación clandestina, que nos confió al padre Walsh. La Operación Pedro Pan, (1960-62), de la que ni siquiera nosotros mismos estábamos conscientes, al principio se intentó para atender  a unos pocos niños, y acabamos siendo más de 14,000; el mayor éxodo infantil de este hemisferio. Y fue el padre Walsh quien aceptó aquella gran responsabilidad, el hombre que dijo: “Sí”.  

Fue sólo pocos años atrás que conocí  al padre Walsh, que pude estrechar su mano, y darle las gracias. Para ninguno de nosotros fue fácil el desahucio, la separación, la adaptación; pero también para él la responsabilidad fue abrumadora. Una vez confesó que “hubo momentos en que fue agobiante y estuve  a punto de halarme de los pelos, pero cuando debatíamos si estábamos haciendo lo correcto, siempre volvíamos  a lo mismo: ¿Cómo negarle el derecho a esos padres de buscar la libertad para sus hijos?”.

Por aquel “Sí” de Monseñor, llegamos por miles, a los distintos campamentos y albergues donde seríamos recibidos, para después ser relocalizados en 35 estados norteamericanos. Cuando algunos chicos, ya fuera de sus manos, tuvieron problemas,  el P. Walsh hacía por solucionarlos, y era notorio que disciplinaba a los que estaban cerca de él, cuando necesitaban disciplina. Los Pedro Pan fuimos cosa suya, una de sus  misiones; y con el tiempo, nos guió, nos casó, nos bautizó los hijos y hasta despidió nuestros duelos. Por eso su “familia de Pedro Pan” sacerdotes, doctores, amigos, estaba junto a él cuando su corazón dejó de latir. La Operación Pedro Pan comenzó en diciembre de 1960; el padre Walsh murió precisamente a los 41 años de su comienzo.

Quizá por lo campechano que era, pocos sabían que Monseñor Walsh era también un intelectual, un estudioso de la historia y de la Iglesia. Que escribió la historia definitiva sobre la Operación Pedro Pan y acababa de terminar sus Memorias. Que en la Arquidiócesis de Miami, fue director emérito de Caridades Católicas y diácono director de Servicios Católicos Comunitarios; además fue consejero del Vaticano sobre Derechos Humanos, miembro de la Comisión Pontificia para el Desarrollo Social y presidía  un grupo de trabajo sobre refugiados de Caritas Internacional. No obstante sus ocupaciones, siempre estaba ahí para ayudar, interceder por alguien, hacer un favor. Contábamos con su presencia en muchas de nuestras reuniones y celebraciones, y lo mismo disertaba en una conferencia que celebraba un cumpleaños. Con todos sus cargos y responsabilidades, era un hombre sencillo, amable, tolerante, un hombre liberal que conversaba con el conservador, respetaba el derecho ajeno y era apreciado por protestantes y judíos por igual, un hombre para quien no importaba el color de la piel, sino la necesidad del menos privilegiado.

La suya fue una vida llena de pequeñosgrandes milagros. Con el candor que lo caracterizaba,  el propio Walsh nos contaba que estando él por nacer, allá por 1930 en Irlanda, un médico le aconsejó a su madre que lo abortara, porque la vida de ella corría  peligro; su madre cambió de médico y el hijo nació para ayudar a miles de personas. Nació con un impedimento del habla y creyó que al hacerse sacerdote no podría predicar, pero tras su primera homilía  el impedimento cesó y llegó a hablar varios  idiomas. Quiso ser misionero en el Africa, pero lo enviaron  a Miami y ¡llegó a ser pastor de gentes de tantas partes del mundo!  Quizá en la “Agenda de Dios” tampoco fuera coincidencia que Walsh, el irlandés, fuera ordenado sacerdote en 1954 en San Agustín  de la Florida, donde murió Félix Varela,  el sacerdote cubano que en el siglo pasado fuera un padre para miles de inmigrantes irlandeses en Nueva York.

“Monseñor, sé que lo extrañaremos; pero también sé que a la diestra del padre, seguirá intercediendo por todos”, recé, mientras me incorporaba a la larga fila de la despedida. Extendí  la mano para tocar las que me tendió cuando yo buscaba libertad. Estaban frías. Sonreí, y me dije: “Manos frías, corazón tibio”. Tibio, acogedor y  generoso, como el corazón del padre Bryan O. Walsh.

Amigo de los pobres y los inmigrantes
Declaración del arzobispo John C. Favalora

Todos en la Arquidiócesis de Miami están de luto por la muerte de Mons. Bryan O. Walsh. Era un gran sacerdote, amigo de los pobres, el padre de los niños Pedro Pan y de todos los inmigrantes.

Pocos individuos logran la estatura de su liderazgo en la Iglesia y en el estado de la Florida, especialmente en el Sur de la Florida.

También tuvo el respeto y el reconocimiento de la comunidad internacional.

Este buen misionero irlandés imitó la opción de Jesús por los pobres, los necesitados, los marginados. Su liderazgo ha inspirado y continuará inspirando a muchos en nuestra comunidad a seguir su ejemplo. Murió una muerte bendita, rodeado de los miembros de su familia de la Iglesia y de su familia Pedro Pan, todos orando y encomendándolo al Señor, a quien tan fielmente amó y sirvió.

Estoy seguro de que el Señor lo ha acogido como su siervo bueno y fiel con las recompensas prometidas en el Evangelio. Monseñor recibió tantos premios, ahora seguramente goza de lo que buscó toda su vida: estar con Dios para siempre. Que descanse en la paz eterna.