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La evolución del laicado


Sammy Díaz

En este primer artículo del año voy a compartir con ustedes mi lectura "del signo de los tiempos" en el territorio que comprende la Arquidiócesis de Miami y "el pueblo de Dios" que la constituye, que habla principalmente en tres idiomas: inglés, español y creole.

Existe una coincidencia entre los cambios sociales que surgieron en Estados Unidos a partir de la década del ’60, los que sucedieron en la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II y la llegada masiva de los exiliados cubanos y posteriormente de cientos de miles de latinoamericanos de otros países.

En  las décadas de los ’60 y ’70 en Estados Unidos empezó una revolución cultural que se manifestó en la aparición de los hippies, la guerra en Viet Nam, la lucha por los derechos civiles, la liberación de la mujer, la explosión sexual, la legalización del aborto, etc. Otro fenómeno de la época fue que los valores familiares entraron en decadencia, empezó a gran escala el uso de drogas, la deserción escolar, la violencia familiar y los medios de comunicación y la publicidad empezaron a ser más explícitos en cuestiones sexuales.

A partir de 1965 la Iglesia entró en un proceso de cambio producido por el Concilio Vaticano II: entre ellos se inició una amplia reflexión en el clero para buscar cómo servir a la comunidad católica, buscaron y fueron definiendo cuál era su nueva identidad como sacerdotes y cuál la responsabilidad del laicado.

Antes de esto, en los años 40 y 50, la Iglesia había definido a la Acción Católica como “la participación de los laicos en el apostolado jerárquico de la Iglesia”. Su aporte fue maravilloso y fue precursor de muchos de los cambios que han ocurrido después. Pero el Vaticano II habló del pueblo de Dios y de la participación de los laicos en el sacerdocio real de Cristo en virtud del bautismo. El cambio fundamental fue que ya no eran sólo los sacerdotes los responsables de la evangelización, a partir de entonces todos éramos responsables de la evangelización del Pueblo de Dios.

Fue precisamente entonces que surgieron los Movimientos Apostólicos en la Iglesia y uno de sus fines era combatir con valores cristianos los crecientes problemas sociales que se veían.

En nuestra diócesis los Cursillos de Cristiandad fueron la llama inicial de la participación del laicado; de Cursillos han salido otros movimientos. No podemos dejar de mencionar a las asociaciones marianas, como la Legión de María, las cofradías y organizaciones mucho más antiguas que Cursillos, como los Caballeros de Colón y los Caballeros Católicos, que fueron  evolucionando con las enseñanzas del Vaticano II.

Algunos de los problemas que confrontaron los movimientos apostólicos inicialmente fue la percepción nuestra de la falta de comprensión por parte del clero: había resistencia a oficiar Misa en español, queríamos rezar en nuestro idioma y sentíamos que no había sensibilidad hacia nuestra cultura y nuestras costumbres familiares. Pero nos dimos cuenta después de que el clero norteamericano percibía a su vez que nosotros no apreciábamos los esfuerzos que ellos realizaban.

Yo pensaba que la Iglesia americana no nos aceptaba. Hoy mi percepción es distinta, primero porque ahora me doy cuenta de que el catolicismo americano es inmigrante. La Iglesia estadounidense siempre ha estado recibiendo católicos de algún lugar. Cada oleada ha agregado una riqueza cultural nueva a la Iglesia y con el tiempo ha adquirido riquezas que ya se han hecho parte de su tradición.

Hoy me siento miembro de esta Iglesia no como extranjero, sino como hijo.

Por mi experiencia en la Pastoral Carcelaria reconozco que los mismos problemas se presentan en todas las culturas por las mismas causas: el egoísmo, la ambición, el desamor, que se manifiestan con matices y expresiones culturales distintas y afectando a las familias y a la sociedad en general. 

La parroquia americana está en un resurgimiento y en nuestra diócesis hay ejemplos de ello. ¿Eso quiere decir que la labor de los Movimientos de mantener la Iglesia viva y activa durante el proceso de cambios ha terminado? No, al contrario, se abre un nuevo reto. Es el de la Nueva Evangelización.

 La nueva parroquia es más que un centro de administrar sacramentos, es la comunidad de comunidades, donde se desarrolla una labor pastoral coherente, donde el pueblo de Dios celebra, se nutre y halla respuesta y consuelo a sus necesidades. Donde los movimientos, asociaciones e instituciones de la Arquidiócesis prestan sus servicios o los dan a conocer. ¿Cómo se logra esto? Con la entrega decidida a la evangelización y a un diálogo abierto.

Los invito a escribirme con sus reflexiones a sammy@miamiarch.org.

Sammy Díaz es director de la Pastoral Carcelaria y asistente en asuntos pastorales de Monseñor Gilberto Fernández.