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Sobre
los casos de abuso sexual
Nota de la redacción: A continuación la declaración del arzobispo Wilton D. Gregory, presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de EU, sobre los casos de abuso sexual de menores cometidos por sacerdotes. Esta declaración fue hecha pública el 19 de febrero. En semanas recientes nuestra atención ha vuelto al tema del abuso sexual de menores por parte de sacerdotes. Aunque esta reanudada atención se debe mayormente a casos de sacerdotes abusadores a los que no se les trató adecuadamente en el pasado, esto me da la oportunidad como pastor y maestro de fe y moral, para expresar en nombre de todos los obispos nuestro profundo pesar por los abusos que cometieron algunos de nuestros sacerdotes que estaban bajo nuestra vigilancia. Entendemos que sus hijos son su tesoro más preciado. También son nuestros hijos, y seguimos pidiéndole perdón a las víctimas, a sus padres y a sus seres queridos por la falta que cometimos en nuestra responsabilidad pastoral. La atención a este tema también me brinda la oportunidad de renovar la promesa de nuestros obispos de que continuaremos tomando las medidas necesarias para proteger a nuestra juventud de esta clase de abuso en la sociedad y en la Iglesia. Aunque hay mucho por lo cual necesitamos todavía ser perdonados —y es mucho lo que tenemos que aprender—, me siento muy alentado por los profesionales que trabajan con las víctimas y los abusadores. Ellos nos animan en esta labor, porque, según dicen, no existe otra institución en Estados Unidos que haga tanto por entender y confrontar el horror del abuso sexual de menores. Como Iglesia, nos hemos reunido con las víctimas de abuso sexual por parte de sacerdotes. Hemos escuchado su dolor, su confusión, su ira y su temor. Pastoralmente hemos tratado de llegar con sensibilidad no sólo a las víctimas de este comportamiento atroz, sino también a sus familias y a las comunidades que han sido devastadas por este crimen. Hemos enfrentado a los sacerdotes acusados de abuso y los hemos apartado del ministerio público. En las últimas dos décadas los obispos de EU han trabajado diligentemente para aprender todo lo posible sobre el abuso sexual. Nuestra Conferencia ha fomentado el desarrollo de políticas en cada diócesis para tratar este asunto. Los obispos han desarrollado procedimientos en los que se exige que los sacerdotes que van de una diócesis a otra tengan tener un documento en el que consta que gozan de las debidas licencias. Los obispos también han revisado la investigación que se hace para la selección de candidatos a los seminarios y han ordenado que sacerdotes, maestros, ministros parroquiales y voluntarios se entrenen para proteger a los inocentes y vulnerables del abuso sexual. Las diócesis han establecido programas para asegurar que haya buen ambiente en las parroquias y las escuelas. Aunque hemos cometido errores trágicos, tratamos de ser tan honestos y abiertos como nos es posible, sobre todo en el cumplimiento de la ley y la cooperación con las autoridades civiles. Estamos comprometidos con la ejecución de estas decisiones, porque la Iglesia debe ser un lugar de refugio y seguridad, no de rechazo y peligro. Tristemente, nos enfrentamos al hecho de que el mal golpea al inocente, algo que la vida humana ha tenido que enfrentar desde el principio de los tiempos. Esta es una realidad ante la cual debemos estar incesantemente alertas. Quiero decir unas palabras acerca de los 40,000 sacerdotes maravillosos que existen en nuestro país. Son los que se levantan todas las mañana para entregar sus vidas al servicio de la Iglesia, como testigos de que Jesucristo se halla entre nosotros. Me entristece enormemente que los crímenes de unos pocos hayan ensombrecido la obra llena de gracia y necesaria que día a día hacen estos sacerdotes por la sociedad y por la Iglesia. El sacerdocio es un tesoro único de nuestra Iglesia y les garantizo que estamos haciendo todo lo posible por asegurarnos de que contamos con candidatos sanos y merecedores del sacerdocio, y de que apoyamos a los sacerdotes que llevan a cabo su apostolado en nombre de todos. Deploramos el abuso sexual de menores, especialmente el cometido por un miembro del clero, pero confiamos en que sean pocos los sacerdotes implicados en ese crimen. El daño ha sido inmenso. El costo de este fenómeno en nuestro pueblo y nuestro ministerio ha sido tremendo. Este es un tiempo para que el pueblo católico: obispos, clero, religiosos, religiosas, laicas y laicos nos propongamos comenzar a trabajar unidos de nuevo para garantizar la seguridad de nuestros niños. Estos incidentes sirven para recordarnos que el costo de prevenir estos delitos terribles en el futuro es la vigilancia cautelosa que no debe ni puede descuidarse. Nosotros, los obispos, queremos mantener esa vigilancia junto al pueblo o a nombre de él. A medida que realizamos esta tarea común por la seguridad de nuestros niños y por el bien de la sociedad y de la Iglesia a la que amamos, continuemos orando unos por otros, ante el Señor, con caridad.
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