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El ayuno que agrada a Dios
Por tradición, los católicos vemos el ayuno como parte integral de la Cuaresma, tiempo de penitencia y preparación para la gran celebración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Decidimos lo que “vamos a dejar de hacer” durante este tiempo: no comeremos dulces, dejaremos de fumar o de tomar bebidas que contengan alcohol o cafeína. Algunos hasta nos proponemos asistir a Misa con más frecuencia durante estos cuarenta días. Pero, ¿qué es el ayuno? El concepto del ayuno lo encontramos en la tradición judía. La práctica del ayuno simbolizaba la entrega a Dios y era un modo de demostrar que aquellos que se comprometían a seguir al Dios de Israel ejercían control sobre sí mismos. En momentos dolorosos y trágicos como el exilio, los israelitas también recurrían al ayuno. Aún hoy, los judíos en todo el mundo celebran yom kippur, el gran día del perdón (Levítico 16). Antiguamente se acostumbraba a sacrificar un macho cabrío que llevaba simbólicamente los pecados del pueblo. Hoy es entre ellos el tiempo de penitencia, de ayuno y de reconciliación. En los evangelios vemos que Jesús afirma la práctica del ayuno, pero lo hace de un modo aún más exigente: “Cuando ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas… porque no son los hombres quienes deben darse cuenta de que tú ayunas, sino tu Padre que está en lo secreto…” (Mateo 6, 1618). Jesús cuestionaba la tendencia a las prácticas externas que no estaban acompañadas de un deseo sincero de conversión, es decir, de un cambio radical de vida y de corazón. El ayuno para judíos y cristianos sólo tiene sentido cuando refleja esta disposición interna a la conversión constante. El profeta Jeremías nos pone estas palabras en boca de Dios: “Así se expresa Yavé de este pueblo: ¡Cómo les gusta correr de acá para allá, si no paran un momento!…. No ruegues por la felicidad de este pueblo. Aunque ayunen, no escucharé su súplica; aunque me presenten holocaustos y ofrendas, no los aceptaré” (Jeremías 14, 1012). Me pregunto si este “corre corre” no es también una característica de nuestro pueblo hoy. El profeta Isaías, al que tanto se refieren los evangelios, especialmente el de Mateo, dedica un capítulo completo (58) al tema del ayuno. Aparentemente los israelitas le protestaban a Yavé: “¿Por qué ayunamos y tú no lo ves, nos humillamos y tú no lo tomas en cuenta?” (V.3). Esta pregunta encuentra eco hoy en muchas de nuestras quejas: ¿Por qué Dios no responde mis oraciones a pesar de que yo he dejado de tomar y fumar durante la Cuaresma? ¿Por qué no me ayuda cuando he ido a Misa diaria y hecho varias novenas? Quizás las palabras del profeta pueden darnos alguna luz: “Porque ustedes ayunan entre peleas y contiendas, y golpean con maldad… No es esta clase de ayunos como los de hoy día los que lograrán que se escuchen sus voces allá arriba… “¿No sabes cuál es el ayuno que me agrada? Romper las cadenas injustas, dejar libres a los oprimidos y romper toda clase de yugo… Compartirás tu pan con el hambriento, los pobres sin techo entrarán en tu casa, vestirás al que veas desnudo y no volverás la espalda a tu hermano. Entonces tu luz surgirá como la aurora y tus heridas sanarán rápidamente… Entonces, si llamas a Yavé, responderá. Cuando lo llames, dirá: 'Aquí estoy'. Si en tu casa no hay más gente explotada, si apartas el gesto amenazante y las palabras perversas; si das al hambriento lo que deseas para ti y sacias al hombre oprimido, brillará tu luz en las tinieblas, y tu obscuridad se volverá como la claridad del mediodía” (Is 58, 410). Las palabras de Isaías hablan por sí mismas. Pero en caso de que nos cueste trabajo aplicarlas, me atrevo a sugerir la siguiente adaptación: El ayuno que me agrada, dice Yavé, es que el pueblo hispano/latino de mi Iglesia comparta lo mucho o poco que tiene con los más necesitados. No haga burla y respete a los desamparados y le abra las puertas, no sólo de sus bolsillos, sino de sus corazones… ¡Entonces serán sanados! Cuando en los hogares no se sufra por la violencia doméstica, cuando los niños, los ancianos y los enfermos sean respetados y queridos. Cuando los que sufren de sida o de cáncer o de Alzheimer’s, no sean tratados como parias. Cuando las diferentes razas, nacionalidades y grupos políticos puedan dialogar con apertura y respeto. ¡Entonces brillará mi luz sobre tus ciudades y barrios, y tus huracanes y tormentas se volverán como oasis en medio de ti! Entonces, cuando me llames, responderé: “¡Aquí estoy!” Adele González es subdirectora de la oficina de Ministerios Laicos de la Arquidiócesis de Miami y profesora de teología en la Universidad Barry.
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