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Abstinencia de pecado

Arzobispo John C. Favalora
Mis queridos amigos:
Una
vez más estamos en la época de Cuaresma. Se supone que sea un
tiempo de ayuno y sacrificio, de penitencia y reflexión.
Ciertamente, los acontecimientos del 11 de septiembre nos han dado
mucho sobre qué reflexionar: qué frágiles somos, qué poco
importantes son las "cosas", cómo debemos reconsiderar nuestras
prioridades, cómo sólo el consuelo espiritual es lo que nos
mantiene y lo que perdura en la vida. La reflexión seria es una
tradición religiosa antigua. El mismo Jesús la practicó cuando se
fue al desierto y ayunó por 40 días antes de iniciar su ministerio
público. Los primeros ermitaños hicieron lo mismo prácticamente
durante toda su vida. Literalmente buscaron retirarse de las
distracciones del mundo.
Por
eso es que la Iglesia, durante esta época de Cuaresma, motiva a
sus fieles al ayuno y la abstinencia. Este es un tiempo para
detenernos y reflexionar más sobre Dios y sobre las cosas de Dios.
Las normas de la Cuaresma llaman al ayuno el Miércoles de Ceniza y
el Viernes Santo, y a la abstinencia de carne todos los viernes de
la época. El ayuno significa hacer una comida completa al día, más
dos comidas pequeñas sin merienda entre ellas. El ayuno es
obligatorio para las personas entre las edades de 21 a 59 años. La
abstinencia es obligatoria para las personas de 14 años en
adelante. En nuestra sociedad preocupada por el peso, estoy seguro
de que muchas personas esperan la Cuaresma como una oportunidad
para perder unas cuantas libras. Dejan de comer dulces o
chocolates y de picar entre comidas. También motivamos a nuestros
niños de la misma manera. Les decimos que sacrifiquen algo que les
gusta. Y es importante que en este mundo del "yo primero" y "dame
lo que yo quiero" los niños aprendan el valor del sacrificio. La
vida no siempre les dará lo que deseen. Pero, ¿por qué fijarse
solamente en el aspecto material del ayuno y la abstinencia?
Ampliemos la lista de las cosas de las que podemos prescindir
durante la Cuaresma. Por ejemplo, ¿por qué no dejar de seguir las
malas costumbres adquiridas, las cosas a las que nos aferramos y
que traen desorden a nuestra vida y al mundo? ¿Por qué no
detenerse a considerar cómo ven y tratan a quienes son diferentes
a ustedes? ¿Por qué no dejar de hablar de los amigos y compañeros
de trabajo? ¿Por qué no dejar de criticar y juzgar las acciones de
los demás? ¿Por qué no reconocer y echar a un lado el orgullo y el
egoísmo? ¿Por qué no enseñar a sus niños que deben abstenerse de
ver películas y programas violentos, de jugar juegos violentos de
vídeo o de repetir los versos sucios de algunas canciones
populares? ¿Tiene necesidad su familia de reducir el tiempo que ve
televisión? Con certeza eso daría a los padres más tiempo para
estar con sus hijos, para hablar, jugar o simplemente conocerse
mutuamente. Me parece que cuando dejen a un lado esas
distracciones, se darán cuenta de que los espacios vacíos se
llenarán con la paz del Señor. Esa paz necesita reinar en sus
corazones antes de que eche raíces en el mundo. Por cada pecado,
no importa cuán personal sea, no importa cuán oculto esté, aumenta
la presencia del mal. Si por la gracia de Dios pudieran superar
los pecados personales, también el mal disminuiría en el mundo.
Estas son sugerencias prácticas para una Cuaresma diferente. No
necesitan ser ermitaños o santos para vivir de verdad esta
Cuaresma. Simplemente deben mirarse a sí mismos y preguntarse:
¿qué costumbre, qué pecado me separa del Señor? Aprovechen esta
Cuaresma para separarse de ese pecado y se acercarán más a Dios.
Una de las oraciones que se utilizan cuando el sacerdote impone la
cruz de cenizas el Miércoles de Ceniza es "Conviértete y cree en
el Evangelio". Que así sea. |