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El padre Varela y la Pastoral de Inmigrantes
Dagoberto Valdés Hernández, es miembro del Pontificio Consejo de Justicia y Paz y director de la revista “Vitral” (www.vitral.org) de la diócesis de Pinar del Río, Cuba.
Sin fisuras en su propia personalidad ni contradicciones con su condición de sacerdote, ofreció también sus servicios como diputado al parlamento español. Al comprobar la ineptitud del Rey para gobernar, fue de los diputados que votó en contra del Rey y por ello lo condenaron a muerte. Escapó por Gibraltar y llegó a Estados Unidos el 17 de diciembre de 1823. Tenía 35 años de edad, llegaba sin dinero alguno, como un indocumentado y un perseguido político. Estuvo sin documentos que lo acreditaran como sacerdote tres años, hasta1826 en que se traslada de Filadelfia a Nueva York donde era obispo otro inmigrante, el francés John Dubois, quien expresaba en su programa pastoral: “Una gran parte de la población católica de esta diócesis está compuesta de emigrantes de Irlanda, quienes tratados como extranjeros en su propia casa, vienen a esta tierra libre en busca de aquella independencia, de aquella libertad de conciencia, de aquellos derechos civiles que le son negados en su propia patria...”. Esta era la comunidad a la que debía servir el padre Varela. Era también, en cierto modo, su propia y amarga realidad. Es, también hoy, a 149 años de su muerte, la realidad de gran parte de la Iglesia de los Estados Unidos y, especialmente, de la Florida. Hoy estos emigrantes son latinoamericanos y en una cantidad considerable, son cubanos. Por ello considero de vital importancia acercarnos a la obra del padre Varela al servicio de esta Iglesia, para estudiar sus actitudes e intentar vivirlas, para conocer sus obras e intentar hacer hoy las que requieran los nuevos signos de los tiempos, para sacar las lecciones de la historia de aquella pastoral de un emigrante para una comunidad de emigrantes, de un exiliado para una comunidad de exiliados. Varela asume un lema para su trabajo pastoral que marca un talante, un estilo de ser cristiano. Ese lema era: “Con caridad y buena lógica”. De modo que, puesto al servicio de personas pobres, Varela inicia, primero como coadjutor de la iglesia de San Pedro en Nueva York, y luego como párroco de la iglesia del Cristo en 1827 y de la Transfiguración en 1834, un ejercicio de la caridad cristiana que no se reduce a una labor asistencial o puntual, como son los casos antológicos de sus gestos de desprendimiento material al regalar todo lo que poseía, desde su abrigo y reloj hasta sus cubiertos de plata, en ocasiones para una madre irlandesa, en otras para un enfermo alemán. El padre Varela sabe que ese tipo de asistencia personal y coyuntural es buena y en ocasiones impostergable, pero su “buena lógica” le hace comprender que no basta con aquel tipo de caridad, sino que la verdadera caridad cristiana es la que, junto a aquella labor asistencial, emprende otra obra más profunda y sistemática que es la promoción humana y la búsqueda de justicia social. Así, el 15 de julio de 1826, Varela funda junto con la parroquia del Cristo una biblioteca circulante y una guardería infantil para facilitar que las madres solteras o separadas de sus esposos que quedaron en su tierra esperando poder salir, pudieran incorporarse a un trabajo digno que el mismo Padre funda en 1830 como Taller de Costura para mujeres junto a una escuela para favorecer la incorporación social de sus hijas. Varela, como pastor y exiliado, funda varios periódicos al servicio de los inmigrantes como El Abreviador y anotador de El Protestante en 1830 y los dos primeros periódicos católicos para niños y jóvenes en los Estados Unidos, fundados en 1844. Su labor social llega hasta los puertos en cuarentena hasta las familias divididas, trabaja con los segmentos más marginales, especialmente con los alcohólicos para los que funda la primera Asociación Católica Pro Temperancia en 1840. Las traducciones son otro servicio para sus comunidades de habla hispana y toda América Latina, para cuyos parlamentarios traduce y publica, entre otros, libros de química, de poesía, sobre maderas cubanas, de gramática castellana, sobre la educación de la mujer, y el Manual de práctica parlamentaria de Thomas Jefferson, que fue de tal importancia para las nacientes democracias latinoamericanas. En la casa parroquial donde fue “recogido” y murió, el padre Varela pudo vivir en carne propia la realidad de una comunidad de migrantes. Allí vivían, junto al párroco francés, dos cubanos, un austríaco, un norteamericano, un italiano, un portugués, un irlandés y un polaco. Hasta en su propia tumba en el cementerio de Tolomato, Varela compartió su lugar de reposo con otro “extranjero”, el obispo Agustín Verot, hasta que en 1911 regresaron sus restos a la patria amada. Los cristianos de hoy en cualquier lugar del mundo debemos seguir los pasos del padre Varela, emigrante, exiliado político, indocumentado y pastor de todos. Nuestra Iglesia, llamada a servir a los más pobres y excluidos, no debe olvidar esta faceta de aquel sacerdote, puente entre Cuba y Estados Unidos, puente entre la libertad vivida en tierra extraña y la libertad añorada y trabajada para su propia tierra. Hagamos hoy esos puentes.
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