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El siervo de Dios, padre Félix Varela


Mons. Felipe Estévez

En este significativo 24 de febrero de recuerdos patrios y de dolor por nuestros hijos caídos desde el alto cielo; en este 149 aniversario de la muerte del santo cubano, como le llamó José Martí, nos encontramos a los pies de la Virgen de la Caridad y bajo la guía del padre Varela, este sacerdote santo que nos enseñó a pensar y a obrar rectamente.

En este exilio demasiado largo y de tantas amarguras, el tiempo nos ha purificado y, tanto en la Isla como en la diáspora, el destino ha mostrado que son la Virgen y el padre Varela los que más nos unen. ¿No será porque el futuro de la nación se encamina en el enlace de la caridad cristiana con la verdad?


Después de su mensaje en la develación de la estatua del padre Varela, el arzobispo John C. Favalora escucha las palabras de Mons. Agustín Román. El monumento valorado en $37,200, fue posible gracias a las donaciones de los peregrinos. (Foto DAM)

En el Evangelio de San Juan, las primeras palabras de la Madre de Jesús son: ‘Haced lo que El os diga’ (Jn 2,5). Y hoy la Iglesia universal escucha el testimonio del Padre celestial que nos pide escuchar a su Hijo amado (Mt 17, 1ss).

El siervo de Dios, el padre Félix Varela, ilumina a todo un pueblo con la antorcha de la fe en Jesucristo. Varela, al igual que la Virgen, sólo existen para glorificar al Verbo encarnado, Jesucristo.

Hoy este gran santuario mariano del sureste de nuestro país se digna con la bendición del arzobispo metropolitano de Miami, Juan Clemente Favalora, de esta nueva estatua del siervo de Dios que regocija a los peregrinos y educa a los niños y jóvenes: “Recordad a vuestros guías que os transmitieron la Palabra de Dios; observando el desenlace de su vida, imitad su fe” (Heb 13, 7).

Su Santidad Juan Pablo II le llamó en su visita por La Habana el pasado 23 de enero de 1998, “sacerdote ejemplar y patriota indiscutible… verdadero padre de la nacionalidad cubana y la mejor síntesis de la fe cristiana y la cultura cubana”.

Al mismo tiempo que es así recordado en la Isla, Nueva York y la Iglesia en los Estados Unidos lo recuerdan como el Vicario General al servicio de la comunión, el brillante teólogo y escritor al servicio de la fe, sobre todo el celoso párroco de los irlandeses que se gastaba y se desgastaba (II Cor 12, 15) por la grey encomendada a su cuidado.

En el mismo territorio donde hasta el 11 de septiembre de 2001 se encontraban las inolvidables torres y donde dieron testimonio de tanta entrega bomberos y servidores públicos, allí también en total olvido de sí servía Varela. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24).

Este sacerdote ejemplar es maestro preclaro, pensador insigne que busca que las generaciones piensen correctamente y con cabeza propia.

Así se ponía al servicio de la verdad que en él se expresaba con franqueza y valentía en los libros y en los nuevos medios de comunicación. “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y destiempo, reprende, reprocha, exhorta con toda paciencia y con deseo de instruir” (II Carta a Timoteo 4, 3).

Este sacerdote siempre fiel a la Iglesia, a la que le llamaba “la esposa de Jesucristo”, fue hombre eucarístico que en la ciudad ancestral de San Agustín de la Florida da su último respiro, solo, pobre, enfermo y olvidado, mirando al Cristo eucarístico y entregándole su más íntima adoración.

Este San Vicente de Paul en América tenía a los pobres, los presos, los inmigrantes, los enfermos, los huérfanos como sus señores. La Providencia siempre misteriosa lo hizo desprenderse de su amada Cuba y así se hizo amigo del desprendimiento: de sus bienes, de su tiempo y de su fama, y hasta de su propia tumba. Como Jesús, buscó el último lugar.

En el periódico de la ciudad de San Agustín días después de su muerte el viernes, 25 de febrero de 1853, un poeta del pueblo, José Ignacio Lasaga, se expresaba así:

“Ya desapareció el sabio indiano,
ya no existe el sacerdote santo.
Ya no cubrirá al pobre con su manto,
ya no alargará sobre él su humana mano.
¿Murió Varela? No murió, no ha muerto su memoria
que empezará a vivir en los siglos venideros…”

Hoy, 149 años después, tenía razón el poeta: no hemos olvidado al siervo de Dios. El padre Varela y su magisterio son más necesarios que antes. No hay patria sin virtud, ni virtud con impiedad. Aprendamos y unamos la buena lógica a la caridad cristiana.