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‘Un bien saldrá de todo esto’

(El siguiente artículo es una transcripción de la homilía que pronunció el domingo 16 de marzo el padre Robert Vallee, en la parroquia San Agustín.)


P. Robert Vallee

Hoy celebramos una de las tradiciones más antiguas en la historia de la Iglesia Católica. San Agustín nos dice que al principio de la Iglesia, era tradicional que se leyera en la oscuridad, la noche antes del Domingo de Ramos, el pasaje del Evangelio que relata la resurrección de Lázaro.

En la oscuridad, antes de que comience la Pasión, se nos da un signo de esperanza y una promesa de nueva vida: Lázaro está muerto —muerto y pudriéndose—, sin embargo, el poder de Jesucristo lo llama a la vida de nuevo.

Vivimos en un tiempo en que la oscuridad ha cubierto a la Iglesia de Jesucristo. Uno teme que ya quede poca esperanza, que la Iglesia se muera: el escándalo ha manchado a los sacerdotes; los obispos parecen confundidos en cuanto a qué hacer, y la Iglesia se halla en un montón de problemas.

Las cosas están oscuras. Pero no pierdan la esperanza. Esta enfermedad no es para morir, sino para mostrar la gloria de Dios. Cuando las cosas parecen más oscuras, nuestro Señor viene a rescatarnos. Si no están convencidos de esto, lean las Escrituras, vayan a la historia.

Esta no es la primera vez que nosotros, como Iglesia, encaramos la muerte y la desesperación. Hemos experimentado —y sobrevivido— tres crisis enormes que casi han sido heridas mortales.

• En el Siglo IV, la Iglesia le dio el frente a la herejía arriana. Arrio fue un sacerdote que predicó que Jesucristo no era Dios, sino sólo un hombre. Hubo un tiempo en que la mayoría de los obispos del mundo no creyeron que Jesucristo era el Hijo de Dios.

¿Cómo pudo la Iglesia sobrevivir semejante herejía? El Señor fue a la tumba y nos llamó de nuevo a la vida. Entonces aparecieron grandes santos: Agustín, Basilio, Jerónimo y Ambrosio, y la Iglesia se hizo más fuerte.

• En el Renacimiento, la Iglesia tuvo que lidiar con algunos de los Papas más poderosos y corruptos de la historia. Alejandro VI, León X y Julio II fueron mucho más corruptos y más escandalosos que ningún líder de la Iglesia que tengamos hoy. Y sus escándalos no eran aptos para menores tampoco. En esta condición tan debilitada, la Iglesia encaró el reto de la Reforma, que atacó con venganza la hipocresía y la perversión de la Iglesia Católica del Renacimiento.

¿Cómo pudo la Iglesia sobrevivir, especialmente cuando Lutero, Calvino y Zwingli, en muchos aspectos significativos, tuvieron razón cuando nos criticaron? De nuevo, el Señor fue a la tumba y nos llamó a la vida cuando estábamos al borde de la muerte. San Ignacio de Loyola y su tropa de jesuitas nos ayudaron a encontrar de nuevo el camino.

• En el Siglo XVIII, la Revolución Francesa fue amargamente anticatólica y anticlerical. ¿Por qué? Porque la Iglesia del período prerevolucionario había sido extraordinariamente corrupta y se había comprometido vergonzosamente con el antiguo régimen. Por eso, el odio contra un gobierno corrupto e incompetente se tradujo a odio contra una Iglesia Católica que apoyaba al Rey y que a veces le servía de marioneta.

Cientos de sacerdotes y monjas fueron asesinados el día que triunfó la revolución en París. Al Papa Pío VI lo capturaron y llevaron a París. Los revolucionarios lo arrastraron por las calles de la ciudad y se burlaron de él. Cuando murió, su cuerpo fue llevado de nuevo a Roma montado sobre un burro. El crítico inglés G.K. Chesterton escribió que con ese acontecimiento, la Iglesia había tocado fondo.

¿Cómo pudo sobrevivir la Iglesia? Entonces, sucedió lo más asombroso de todo: el cuerpo del Papa volvió a la vida.

Ciertamente enfrentamos hoy un reto terrible. Como todos los grandes retos en la vida de la Iglesia, es uno que surge desde adentro. Pero no debemos perder la esperanza. Un bien saldrá de esto al final de todo. Tendremos que darle el frente a muchos asuntos de justicia y de la responsabilidad en la estructura eclesial. Pero esta purificación institucional no nos va a matar; nos hará mejores. Resurgiremos siendo una Iglesia más humilde, más justa y más santa.

Alguien que no sea católico se preguntará: “¿Qué bien podrá salir de todo este desastre?” Un amigo cercano, también sacerdote, tiene algunas respuestas. Me mandó una carta que me ha hecho reflexionar sobre la Iglesia que amo. Dice que la Iglesia va a tener que reflexionar sobre asuntos claves, como “el uso del poder, la responsabilidad de sus líderes, nuestra habilidad para comprometernos creíblemente con los fieles, nuestro uso de los medios modernos de comunicación y los efectos dañinos que ha tenido en nuestra Iglesia el secreto”.

Trabajo en un seminario y ya he visto algún bien salir de esta crisis. El Arzobispo de Miami y el Obispo de St. Petersburg nos han animado a hablarle a los seminaristas francamente acerca de la responsabilidad, la sexualidad y el reto que hoy enfrenta la Iglesia Católica.

Estas conversaciones tan profundas no se llevaban a cabo en nuestros seminarios hace un año, por lo menos no como se está haciendo ahora y con esta honestidad.

En las pasadas semanas, me han estado viniendo constantemente a la mente las palabras que Jesuristo le dijo a San Pedro: “Cuando eras joven, te abrochabas el cinturón e ibas a donde querías ir; cuando seas viejo, alguien te abrochará el cinturón y te llevará a donde no quieres ir”.

La Iglesia va a cambiar, y será para su bien. El Espíritu Santo está trabajando entre nosotros. Pero el Espíritu Santo es fuego, un fuego que quema. El cambio no será sin dolor.

Aun en el dolor, la persona de fe ve en esto un “sacrificio” —literalmente sacrum facere— que santifica. La persona sin fe sólo ve desesperación, dinero y demandas.

En cuanto a mí, rezo porque Dios nos llene de santos: altos, bajitos, gordos, delgados, algunos con mitras, otros sin ella, algunos con collares de clérigos y otros no; algunos con pantalones y otros con faldas. Rezo porque el Siglo XXI sea como el IV, el XVI y el XVIII: épocas en que abundaban los santos y la gracia dispersaba la tormenta.

En la oscuridad de la tumba, escuchen al Señor: “Lázaro, levántate y anda”.