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La Iglesia: Cuerpo de Cristo
Es un escándalo y una vergüenza, pero sobre todo, es una historia de horror. Imaginarse a un niño, es decir, al ser más inocente y confiado que existe, siendo víctima de abuso sexual nos sacude en lo más hondo de nuestro ser. Si el autor es un sacerdote, ¿qué decir? Esto es difícil de describir, porque el pecho se llena de ira, pero también de una decepción y una desconfianza tan dolorosas que, como el 11 de septiembre, el alma, espantada y confusa, sólo atina a acudir a Dios. Y rezar, que no es sólo pedir o dar gracias por algo, alabar o invocar las oraciones que amamos, es también, o sobre todo en momentos así, permanecer en silencio ante el Señor sabiendo que nunca nos abandona. El es nuestra roca. El único, el siempre fiel.
Como bien dijo el padre Robert Vallee en su homilía –publicada aquí en la página 20– ésta no es la primera vez que la Iglesia encara muerte y desesperación. Hemos experimentado –y sobrevivido– crisis terribles que parecían acabar para siempre con ella. Cómo no recordar en esta Semana Santa las palabras de Jesús a Pedro: “Sobre esta roca construiré mi Iglesia, y las fuerzas del mal no podrán destruirla”. Todo este espanto que vivimos en la Iglesia Católica, hecha desde sus inicios de seres humanos pecadores, me ha hecho reflexionar de nuevo sobre el misterio del mal. Y quiero preguntar: ¿sabemos la cifra de padres que abusan sexualmente de sus hijos o de sus hijas? Me vienen a la mente tíos, primos, hermanos incluso, u otros que cometen abuso sexual contra menores de edad de su propia familia o de una amiga. Pensemos también en los maestros, deportistas, sicólogos, orientadores, coordinadores o líderes de agrupaciones infantiles. Hiela la sangre saber que va en aumento el número de depredadores sexuales en Internet, enfermos sexuales o mercaderes sin escrúpulos que comercian con la pornografía infantil. La magnitud del mal que se comete contra la infancia es incalculable, acaso sólo comparable –si es que el mal permite establecer grados de comparación– con el Holocausto, con las guerras más devastadoras, con la trata de esclavos o de adolescentes con el fin de prostituirlos. Pero no es un fenómeno nuevo. ¿Qué fue el trabajo forzado de niños esclavos en siglos pasados? ¿Y la matanza de inocentes por parte de Herodes? En esa joya de libro que es Cruzando el umbral de la esperanza, el Santo Padre nos recuerda que “la cruz permanece constante mientras el mundo gira… El escándalo de la cruz sigue siendo la clave para interpretar el gran misterio del sufrimiento, que es parte permanente de la historia de la humanidad. Incluso los críticos contemporáneos de la cristiandad están de acuerdo en este punto. Incluso ellos ven que el Cristo crucificado es prueba de la solidaridad de Dios con el hombre en su sufrimiento”. Nuestra Iglesia Católica, cuerpo místico de Cristo del cual todos y todas formamos parte, está herida. Y como dice San Pablo en su Primera Carta a los Corintios (12,26): “Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él”. Que Jesús, de quien profetizó Isaías, que “tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre, ni su apariencia era humana”, tenga misericordia. Crucificados con El, esperando y confiando en El, aguardamos la Pascua de Resurrección. (Dora Amador Morales es directora de La Voz Católica.)
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