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Sin sufrimiento no hay redención


Mons. John C. Favalora

Mis queridos amigos:

¿Qué vemos al mirar a Jesús crucificado?

¿Nos damos cuenta de la conexión que hay entre su sufrimiento y nuestro pecado?

Tampoco los apóstoles se dieron cuenta. Querían ignorar el Viernes Santo y saltar directo a la Pascua o permanecer en el ánimo triunfante del Domingo de Ramos.

Pero no puede haber Domingo de Pascua sin Viernes Santo. No hay redención sin sufrimiento.

Ese es el mensaje de la Semana Santa.

La Iglesia quiere que miremos al crucifijo y admitamos que todos somos pecadores. Ninguno de nosotros está sin falta ante Dios.

Esa misma admisión causa sufrimiento. Se nos hace más fácil señalar el pecado de los demás, que reconocerlo en nosotros mismos. Incluso cuando lo admitimos, optamos mejor por evitar la confesión e ir directo a la absolución.

Después de todo, Dios conoce nuestros pecados, ¿no? ¿Qué necesidad habría de decirlos en alta voz, de pedir perdón por ellos, de enmendarnos?

Pero los caminos de Dios son diferentes a los caminos humanos. Y no sólo envió a su único Hijo para mostrarnos el Camino. Sin cruz, la redención es imposible. Sin sufrimiento no puede haber purificación.

Es por eso que ayunamos el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Es por eso que nos abstenemos de comer carne los viernes de Cuaresma. Es por eso que se nos pide hacer sacrificios, ir más allá para ayudar a los demás durante los 40 días de Cuaresma.

¿Cuántas veces hemos escuchado a la gente decir que ha encontrado a Dios en medio del sufrimiento? Un accidente, una enfermedad, un terrible imprevisto en los negocios los ha ayudado a regresar al camino correcto al recordarles lo que es y lo que no es importante en la vida. ¿No lo vivimos todos el 11 de septiembre? Nuestras iglesias estuvieron llenas durante las semanas siguientes.

La Semana Santa es como un 11 de septiembre para nuestras almas. En las narraciones de la Pasión que se hacen el Domingo de Ramos y el Viernes Santo se nos confronta con las grandes preguntas de nuestra existencia:

¿Por qué deben sufrir los inocentes?

¿Por qué Dios permite que ocurra el mal en el mundo?

¿Cómo se beneficia ese mal por mi pecado?

¿No gritamos “¡Crucifícalo!”, como las turbas, cuando nos precipitamos en señalar el pecado en los demás pero lo ignoramos en nosotros mismos?

¿No negamos a Jesús, como lo hizo Pedro, cuando fallamos al no dar la cara por nuestras creencias o al practicar nuestra fe en la vida cotidiana?

¿No lo traicionamos, como Judas, cuando abandonamos el Reino de Dios por el poder y la riqueza efímera  de este mundo?

¿No añadimos a su sufrimiento, como lo hicieron los soldados, cuando nos burlamos y ridiculizamos los que son diferentes a nosotros?

¿Somos como María y Juan, fieles hasta el final, o flaquea nuestra fe cuando las cosas no van bien, cuando enfermamos o nos accidentamos?

En esta Semana Santa, ubiquémonos dentro de la narración de la Pasión. Hagamos un esfuerzo por reconocer y admitir nuestros pecados. Realicemos un profundo examen de conciencia y hagamos una buena confesión.

Sólo entonces estaremos preparados para vivir la redención total de la Pascua de Resurrección.

(Mons. John C. Favalora es el arzobispo de Miami.)