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Y los dos se harán una sola carne


P. Fernando Hería

Para muchos católicos la encarnación de Jesús –Hijo del Padre– Palabra de Dios hecha carne, es un misterio de nuestra fe. En verdad se puede decir que es ¡el gran misterio de nuestra vida!

Sin embargo en el texto de la Carta de San Pablo a los Efesios, el Apóstol nos habla del misterio de nuestra salvación por medio de la encarnación de Jesús. Esto lo elabora San Pablo dentro del ámbito teológico del vínculo del matrimonio sacramental.

 Para San Pablo, Cristo, Hijo único de Dios Padre, se encarna no para abolir la creación del Padre, sino para llevarla a su plenitud, a su perfección. La creación se había manchado por el estigma del pecado original del hombre, estigma que sólo es abolible en Cristo, quien con Su gracia, es el agua viva de nuestra purificación.

En ese aspecto, la unión del hombre y la hembra en la unión de una sola carne es el imperativo constitutivo del matrimonio sacramental. Es el sacramento que es modelo e imagen de la relación del amor del Padre al Hijo. La encarnación del Hijo es expresión de la consagración de un nuevo convenio o plan en la economía de la salvación del Padre, Hijo y Espíritu Santo, Santísima Trinidad de Dios hacia la humanidad.

El convenio de la relación CristoIglesia se expresa en forma de una relación matrimonial, representada en el texto de la Carta a los Efesios a través de las distintas facetas de lo que constituye el matrimonio: entrega amorosa (v. 25); purificación (v. 26); ceremoniarito matrimonial (v. 27); la unión y cuidado amoroso de la vida de esposos (v. 2931).

En la encarnación del Verbo, Dios Padre hizo realidad el misterio por el cual Jesús es el nuevo Adán en la nueva creación. Es Cristo quien asimila y hace relucir el nuevo arquetipo de toda la creación por su encarnación, crucifixión y redención. Es Jesús quien esposa la humanidad hacia sí en el misterio de su unión con la Iglesia, Su santa esposa, purificada mediante el baño del agua que brota del costado de Cristo en la cruz.

Cristo mismo se hace el prototipo de lo que es el matrimonio lleno de gracia, de esa gracia que tiene sus orígenes en el misterio de Dios mucho más que el matrimonio de Adán y Eva en el Paraíso.

 Ahí está el verdadero misterio del que habla Pablo en su carta a los Efesios: tal y como Eva fue creada del costado de Adán para hacerse nuevamente uno en la carne, no por la dualidad del ser, sino por la inseparabilidad, así también Cristo crea de su costado, por el agua y la sangre que brota de su corazón, Su Iglesia, Cuerpo místicamente esplendoroso de Su cuerpo, Su Santa y Purificada Novia.

Por lo tanto, los matrimonios cristianos son modelados a imagen y semejanza de la relación CristoIglesia en quien se santifican.

El Apóstol San Pablo explica el matrimonio como la participación de la humanidad en los bienes celestes del “aquí y ahora, pero todavía no” de los últimos tiempos.

En el matrimonio católico se refleja, como en un espejo misterioso, la participación del ser cubierto de la gracia de una sola carne, cubierto desde la libertad escatológica que sólo se expresa en la unidad de la Santísima Trinidad: fuente de gozo y esperanza, de amor que resuena desde lo más profundo del corazón.

Ese corazón ordena que todos nuestros actos sean hechos con la misma pureza de Cristo.

Así la humanidad está llamada a actuar con la misma esperanza de Cristo, quien es la esperanza.

Así la humanidad se llena de la misma fe y fidelidad de Cristo, quien es fiel a la voluntad del Padre.

Así también la humanidad tiene que vivir llena de fe “por, en y con” Cristo, con el mismo amor de Cristo, quien es amor.

Así también el hombre y la hembra son llamados a reflejar el amor de Cristo al mundo por el vínculo del matrimonio sacramental.

(El padre Fernando Hería es doctor en Derecho Civil y Licenciado en Derecho Canónico.)