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Resucitemos

P. Pedro Corces
Estamos en la Pascua, uno de los tiempos más largos del calendario
litúrgico de la Iglesia, precisamente porque es el más importante.
Sin la Resurrección del Señor no estuviese yo escribiendo este
artículo ni fuese sacerdote ni cristiano, tú tampoco lo serías. Es
así de central nuestra fe pascual. San Pablo lo dijo hace muchos
siglos: “¡Vana sería nuestra fe!”.
Todos estos domingos de Pascua hemos venido proclamando textos de
los Evangelios que relatan diferentes encuentros de la primera
comunidad de discípulos con el Resucitado, o encuentros de estos
con signos visibles que comunicaban que algo extraordinario,
inesperado y misterioso había ocurrido. Así fue el relato del
Domingo de Resurrección, donde el encuentro de María de Magdala,
Pedro y Juan no es con el Cristo Glorioso, sino con la “tumba
vacía”, la piedra que cubría el sepulcro removida, los lienzos y
el sudario doblados y colocados cuidadosamente a un lado.
El relato del Segundo Domingo de Pascua, que se proclamó en
nuestras parroquias hace unas semanas, es uno de los más
conocidos: el encuentro del Resucitado con sus discípulos estando
cerradas las puertas y ventanas donde estos se encontraban. Tomás
estaba ausente y cuando escuchó después el relato de sus
compañeros dijo incrédulo: “Si no meto mi dedos en sus manos y mi
mano en su costado no creo”.¡Palabras famosas en la historia del
cristianismo! Curioso: Tomás pide exactamente tocar lo mismo que
sus compañeros ya habían “visto” en el cuerpo de Jesús Resucitado
cuando éste aparece en medio de ellos. Después de desearles la
paz, el shalom, Jesús les enseña sus heridas. No les dio otra
señal para identificarse. ¡La señal más clara eran sus llagas! No
había otra mejor. Y esta misma señal es la que exige Tomás para
creer. El hombre era sabio. Sabía que no había posibilidad de
confundirse ni engañarse si tocaba y veía las llagas de Jesús.
Tomás representa al hombre y la mujer astutos. Los que no se dejan
engañar fácilmente. Hemos condenado al pobre Tomás por incrédulo,
cuando en el fondo, lo que quería el Santo Apóstol Tomás era que
nadie lo engañase con cuentos ni mentiras. Pedía la señal
irrevocable: el Cuerpo del Resucitado tiene que ser el Cuerpo
Herido de Jesús. ¡Gran misterio de amor y de fe! El cuerpo del
Cristo, Señor de la Historia, el Resucitado, Señor de la Creación,
el Glorioso y Deificado Jesús, la segunda Persona de la Santísima
Trinidad, sigue siendo un Cuerpo roto y herido, pero sus heridas
ya no duelen, ya no son causa de muerte y escándalo. Al contrario,
“por sus heridas hemos sido sanados”, por sus heridas los
discípulos y nosotros recibimos el Espíritu de Vida, la Paz
completa, el perdón y la capacidad de perdonarnos mutuamente, el
don de la fe que no exige ni espera señales. ¡Sus heridas no
fueron selladas sino transformadas!
Tú y yo siempre hemos querido que nuestras heridas sean selladas,
borradas, como si nunca hubiesen existido. Vamos a retiros de
sanación buscando precisamente esto; asistimos a terapia buscando
que las heridas, los golpes, se borren, cuando en realidad esto
nunca va a ocurrir. ¡Ni siquiera le ocurrió a Cristo Jesús! Las
heridas no se borran, se transforman en la medida en que se unen a
las de Jesús, y así se conviertan también en fuente de vida y de
paz para nosotros y los demás.
Esto es auténtica sanación: la transformación de los momentos
dolorosos y difíciles en nuestras vidas en escuelas de fe y
esperanza; en fuentes de comprensión y tolerancia hacia el dolor,
las dificultades y los límites humanos; en fuente de ánimo y
fuerza para los que les cuesta trabajo seguir.
Resucitar es aprender del pasado y crecer, haciéndonos mejores
personas y por lo tanto, mejores cristianos, auténticos discípulos
y proclamadores del Resucitado.
(El padre Pedro Corces es director de Vocaciones de la
Arquidiócesis de Miami.)
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