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Cuando los alegatos de abuso nos tocan de cerca


Arzobispo John C. Favalora

Mis queridos amigos:

Como Arzobispo de Miami he tenido que lidiar con escándalos y alegatos de abuso sexual contra sacerdotes, con los cuales intento tratar lo mejor que pueda dentro de mi capacidad oficial como Arzobispo.

También he tenido que lidiar con este tema a un nivel muy personal, ya que hace siete años, uno de mis más cercanos amigos sacerdotes fue acusado de abusar sexualmente de un menor, por lo que resultó convicto y ahora cumple cadena perpetua.

Pienso que, dados los titulares de las recientes semanas, es muy importante que comparta con ustedes lo que sucedió en mi vida cuando me enteré de los cargos contra mi amigo y compañero de clases.

Le conocía desde 1954. Habíamos pasado cuatro años en el seminario antes de que me enviaran a Roma para estudiar.

Los compañeros de mi clase de ordenación somos muy unidos. Cada año, por los pasados 40, nos hemos reunido para compartir un día y medio en la segunda semana después de Pascua y celebrar nuestro sacerdocio y nuestra fraternidad. Algunos hemos viajado juntos. Disfrutamos mucho nuestra amistad.

De más está decir que estas acusaciones causaron una gran conmoción en todos nosotros, particularmente en mí. Ninguno había visto nada en su comportamiento que nos diera el menor indicio de algo como eso.

No sólo a sus amigos sacerdotes nos afectó, también a sus familiares y a la gente con quien había trabajado y a quien había servido en las parroquias. Nuestras emociones fluctuaban entre la ira y la decepción y para volver a la ira.

A la vez tuvimos que lidiar con el hecho de que, a pesar de que resultó culpable, ha proclamado su inocencia desde el primer día. En la actualidad, su caso se encuentra bajo apelación.

Mi relación con él, ahora que se encuentra en prisión, se limita a una visita una vez al año. Recibo una carta que él envía a todos los miembros de su clase así como a sus amigos, dejándonos saber cómo se encuentra. Le recordamos y oramos por él cada vez que nos reunimos como clase.

En casos como éste, es difícil saber la verdad cuando existen dos versiones. El caso es que se encuentra confinado a cadena perpetua hasta que se conozca el resultado de la apelación.

Hace tiempo determiné que su culpabilidad o inocencia es un asunto del sistema judicial. Mi relación con él va más allá. El es una persona que se encuentra en un grave problema y cuya vida, al igual que la de su familia, fue desarraigada.

El Evangelio nos obliga a darle todo el perdón necesario bajo las circunstancias, y luego lidiar con él en su situación actual de encarcelamiento.

Una de las obras de misericordia es visitar a quienes se encuentran en prisión. Lo hago en la Arquidiócesis una o dos veces al año, y urgiría a todos a hacer lo mismo. Las personas presas necesitan la presencia visible de Cristo en nosotros.

Comparto esta historia para que sepan que toda esta cuestión de abusos sexuales me ha tocado de modo personal.

No ha afectado la manera en que llevo a cabo mis responsabilidades como Arzobispo. Pero ciertamente me ha permitido experimentar de cerca el sufrimiento de las víctimas y sus familiares, así como el de los familiares y amigos de los acusados.

Como cristianos, como católicos, tenemos que darle a todos el perdón espiritual que podemos ofrecerles, sean asesinos, violadores o autores de abusos sexuales. También debemos apoyar y orar por todos los que han sido víctimas de abuso.

Todos, sin importar las circunstancias, tienen derecho a experimentar el toque sanador de Jesús.

(Mons. John C. Favalora es el arzobispo de Miami.)