ARCHIVO

BUSQUEDA

PORTADA

 ARQUIDIOCESIS MIAMI
 ARZ. J.C. FAVALORA
 CALENDARIO
 MUNDO Y NACION
 VATICANO
 LIBROS / CINE / ARTE
 IGLESIA EN CUBA
 IGLESIA EN A. LATINA
 OPINIONES
 ESPIRITUALIDAD
 ENLACES

 

Una confesión de amor a mi Iglesia

 
P. Lucio del Burgo, OCD

En estos últimos meses se han dado muchas razones en contra del celibato de los sacerdotes. Da la sensación de que quitando esa ley desaparecerían los grandes problemas del sacerdocio. Incluso se ha llegado a afirmar que esta mentalidad de la Iglesia Católica está en contra de la práctica del Nuevo Testamento.

Nos hemos olvidado que Jesús fue célibe y el mismo San Pablo no se casó, incluso elogia el no casarse (I Cor 7). Estos dos personajes, su vida y su doctrina, han condicionado la vida del cristianismo. La vida del celibato en la Iglesia se ha originado por el deseo de seguir los pasos de Jesús y de Pablo.

Es cierto que en todas las épocas de la Iglesia ha habido infidelidades y crisis en el celibato. El bombo y platillo que se le da en los medios de comunicación social –prensa, radio y televisión– nos pueden hacer perder la perspectiva. Nos quieren hacer creer que las dificultades del celibato es un fenómeno masivo, pero observándolo de cerca se trata de un fenómeno minoritario.

Desde mi experiencia como sacerdote y creyente, lo que yo he visto en la Iglesia Católica es una realidad bien diferente. A través de mi vida he encontrado muchos sacerdotes que han dado su vida por la comunidad. Han gastado su tiempo, sus talentos, lo mejor de sí en favor de los demás y de los más pobres. Han conseguido que la sociedad que los rodeaba fuera diferente. Han escuchado y consolado a muchas personas.

Me vienen a la mente tantos sacerdotes y religiosos que han orientado de una manera decisiva a tantos jóvenes en las escuelas católicas y otras instituciones. Un amigo salesiano me contaba que desde las siete de la mañana hasta las diez de la noche estaba rodeado de jóvenes: las clases, las comidas, el deporte, etc. Sin duda alguna esta entrega y dedicación es fruto del celibato por el Reino , un valor que aparece en el Nuevo Testamento.

No puedo silenciar a tantos sacerdotes que me han orientado en la vida espiritual, en los caminos de Dios, me han enseñado a invocar y dirigirme a Dios en el peregrinar de la vida. Me han hecho descubrir a Jesús como el tesoro más grande y la realidad más importante de la vida.

En las filas de nuestros líderes religiosos he hallado personas muy humanas, viviendo los problemas de la vida, con los pies en nuestro suelo; me han enseñado que en todas las circunstancias hay que sembrar compasión y comprensión. Me han recordado que el rostro de Cristo hay que encontrarlo en los crucificados de la historia.

Es cierto que siempre ha habido, como en todos los grupos humanos e instituciones, sacerdotes y religiosos que no tienen vocación. Pero la inmensa mayoría son personas centradas en su ministerio y alegres de trabajar por la comunidad que quiso Jesús: la Iglesia. Me alegra que en una encuesta se refleje que un porcentaje muy alto de ministros de todas las iglesias se encuentren satisfechos con las tareas que tienen entre manos.

Lo que más me emociona y me hace valorar el sacerdocio es que dentro de la debilidad y el misterio nos celebran la Eucaristía, hacen que Cristo no sea una realidad del pasado sino un contemporáneo nuestro. Que Cristo resucitado pase por nuestras asambleas domingo tras domingo es la realidad más fuerte del sacerdocio cristiano. Yo perdono a todos mis sacerdotes y pido por ellos día tras día para que sean santos y sabios.

Me satisface que nuestros seminaristas tengan una excelente educación en todos los sentidos. Siempre se puede mejorar. Los programas académicos son de primera calidad. La asistencia psicológica y espiritual merecen todo el respeto. La Iglesia está gastando sus mejores energías en una buena formación para nuestros futuros sacerdotes. Los formadores son personas entregadas y verdaderos testigos del Evangelio.

Estas palabras que he escrito de una forma rápida es para resaltar los valores positivos que existen en nuestras instituciones católicas y en nuestro alrededor. La Iglesia es la que me ha dado la fe, la que me alimenta y acompaña en todos los momentos de la existencia.

 Amo a mi Iglesia de Miami con todo el corazón y con todas las fuerzas. No podría vivir al margen de la comunidad eclesial. Sus luces son mi alegría, sus pecados me entristecen. No podría vivir sin ella porque sería encerrarme en mi soledad.

Doy gracias a Dios porque ha derramado su Espíritu con generosidad en todas nuestras comunidades. Cómo no valorar tantos ministerios laicales, tantas personas que dan lo mejor de sí en favor del Evangelio. Cómo no estimar a tantas religiosas abnegadas en el sur de la Florida con tantos años de servicio en nuestra comunidad, acogiendo a tantos inmigrantes y acompañándolos en un proceso doloroso de acomodación a una nueva cultura y forma de vida.

 El padre Lucio del Burgo pertenece a la orden de los Carmelitas Descalzos. Ofrece retiros y dirección espiritual en el Centro de Espiritualidad Nuestra Señora del Monte Carmelo. Es profesor de Espiritualidad en el Instituto Pastoral del Sureste.