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Una confesión de amor a mi Iglesia

P. Lucio del Burgo, OCD
En estos últimos meses se han dado muchas razones en contra del
celibato de los sacerdotes. Da la sensación de que quitando esa
ley desaparecerían los grandes problemas del sacerdocio. Incluso
se ha llegado a afirmar que esta mentalidad de la Iglesia Católica
está en contra de la práctica del Nuevo Testamento.
Nos hemos olvidado que Jesús fue célibe y el mismo San Pablo no se
casó, incluso elogia el no casarse (I Cor 7). Estos dos
personajes, su vida y su doctrina, han condicionado la vida del
cristianismo. La vida del celibato en la Iglesia se ha originado
por el deseo de seguir los pasos de Jesús y de Pablo.
Es cierto que en todas las épocas de la Iglesia ha habido
infidelidades y crisis en el celibato. El bombo y platillo que se
le da en los medios de comunicación social –prensa, radio y
televisión– nos pueden hacer perder la perspectiva. Nos quieren
hacer creer que las dificultades del celibato es un fenómeno
masivo, pero observándolo de cerca se trata de un fenómeno
minoritario.
Desde mi experiencia como sacerdote y creyente, lo que yo he visto
en la Iglesia Católica es una realidad bien diferente. A través de
mi vida he encontrado muchos sacerdotes que han dado su vida por
la comunidad. Han gastado su tiempo, sus talentos, lo mejor de sí
en favor de los demás y de los más pobres. Han conseguido que la
sociedad que los rodeaba fuera diferente. Han escuchado y
consolado a muchas personas.
Me vienen a la mente tantos sacerdotes y religiosos que han
orientado de una manera decisiva a tantos jóvenes en las escuelas
católicas y otras instituciones. Un amigo salesiano me contaba que
desde las siete de la mañana hasta las diez de la noche estaba
rodeado de jóvenes: las clases, las comidas, el deporte, etc. Sin
duda alguna esta entrega y dedicación es fruto del celibato por el
Reino , un valor que aparece en el Nuevo Testamento.
No puedo silenciar a tantos sacerdotes que me han orientado en la
vida espiritual, en los caminos de Dios, me han enseñado a invocar
y dirigirme a Dios en el peregrinar de la vida. Me han hecho
descubrir a Jesús como el tesoro más grande y la realidad más
importante de la vida.
En las filas de nuestros líderes religiosos he hallado personas
muy humanas, viviendo los problemas de la vida, con los pies en
nuestro suelo; me han enseñado que en todas las circunstancias hay
que sembrar compasión y comprensión. Me han recordado que el
rostro de Cristo hay que encontrarlo en los crucificados de la
historia.
Es cierto que siempre ha habido, como en todos los grupos humanos
e instituciones, sacerdotes y religiosos que no tienen vocación.
Pero la inmensa mayoría son personas centradas en su ministerio y
alegres de trabajar por la comunidad que quiso Jesús: la Iglesia.
Me alegra que en una encuesta se refleje que un porcentaje muy
alto de ministros de todas las iglesias se encuentren satisfechos
con las tareas que tienen entre manos.
Lo que más me emociona y me hace valorar el sacerdocio es que
dentro de la debilidad y el misterio nos celebran la Eucaristía,
hacen que Cristo no sea una realidad del pasado sino un
contemporáneo nuestro. Que Cristo resucitado pase por nuestras
asambleas domingo tras domingo es la realidad más fuerte del
sacerdocio cristiano. Yo perdono a todos mis sacerdotes y pido por
ellos día tras día para que sean santos y sabios.
Me satisface que nuestros seminaristas tengan una excelente
educación en todos los sentidos. Siempre se puede mejorar. Los
programas académicos son de primera calidad. La asistencia
psicológica y espiritual merecen todo el respeto. La Iglesia está
gastando sus mejores energías en una buena formación para nuestros
futuros sacerdotes. Los formadores son personas entregadas y
verdaderos testigos del Evangelio.
Estas palabras que he escrito de una forma rápida es para resaltar
los valores positivos que existen en nuestras instituciones
católicas y en nuestro alrededor. La Iglesia es la que me ha dado
la fe, la que me alimenta y acompaña en todos los momentos de la
existencia.
Amo a mi Iglesia de Miami con todo el corazón y con todas las
fuerzas. No podría vivir al margen de la comunidad eclesial. Sus
luces son mi alegría, sus pecados me entristecen. No podría vivir
sin ella porque sería encerrarme en mi soledad.
Doy gracias a Dios porque ha derramado su Espíritu con generosidad
en todas nuestras comunidades. Cómo no valorar tantos ministerios
laicales, tantas personas que dan lo mejor de sí en favor del
Evangelio. Cómo no estimar a tantas religiosas abnegadas en el sur
de la Florida con tantos años de servicio en nuestra comunidad,
acogiendo a tantos inmigrantes y acompañándolos en un proceso
doloroso de acomodación a una nueva cultura y forma de vida.
El
padre Lucio del Burgo pertenece a la orden de los Carmelitas
Descalzos. Ofrece retiros y dirección espiritual en el Centro de
Espiritualidad Nuestra Señora del Monte Carmelo. Es profesor de
Espiritualidad en el Instituto Pastoral del Sureste.
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