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De vuelta a Guantánamo

El padre José Joaquín Espino es el primer sacerdote cubano que regresa de Miami a prestar sus servicios en Cuba


Después de 37 años en Estados Unidos, el padre José Joaquín Espino realizó el sueño de ejercer su sacerdocio en su tierra natal. (Foto Orlando Márquez / LVC)

Orlando Márquez
La Voz Católica

GUANTANAMO – Guantánamo-Baracoa es la diócesis más joven de Cuba. Fue proclamada por Juan Pablo II el 24 de enero de 1998, en la Misa que el Pontífice celebró en la Plaza Antonio Maceo de Santiago de Cuba, y establecida en marzo del mismo año. El obispo designado, Carlos Baladrón, llegó a la nueva diócesis contando con sólo tres sacerdotes y tres parroquias. Hoy son once sacerdotes, la mayor parte misioneros extranjeros llegados para prestar sus servicios en aquella región tan singular, donde las masas montañosas ocupan más del 70 por ciento del territorio y han sido constituidas otras tres parroquias.

Entre los once sacerdotes hay un cubano que ha esperado 37 años para volver a su lugar de nacimiento, el padre Joaquín Espino. Le conocí en el obispado de la diócesis y me invitó a dar un recorrido por su territorio pastoral. Montamos en su viejo VW, un “escarabajo” azul que deja ver sus años de uso. Ibamos dejando estelas de polvo a nuestro paso, y el padre “Quin”, como le dicen por allá, va señalando los lugares que visita, pertenecientes a su parroquia San José Obrero: Los Cocos, Confluente, San Miguel, y más allá, detrás de las lomas, donde su viejo carro se resiste a circular.

Llegamos al central Argeo Martínez, antes La Esperanza. El Padre me quiere mostrar la capilla recuperada por la Iglesia, una vieja fábrica de pequeñas, pero armoniosas proporciones que amenaza derrumbe, una ruina, una huella del abandono y el maltrato. Fuera, cuando nos disponemos a volver al automóvil, se oye un grito infantil ¡Padre!, después otros gritos, son los niños de la escuela primaria, ubicada a unos 30 metros de la capilla, en la antigua casa que ocupó antes el dueño del central La Esperanza.

Cuando llegamos finalmente a la sede de la parroquia no me sorprendo. Es una casa, como todas las nuevas iglesias parroquiales de la diócesis. En el portal nos acomodamos. Entre sorbos de café me cuenta su historia.

Como otros cubanos emigrantes pasó un tiempo entre tíos y tías, entre Miami y Nueva York, hasta que la familia –padre,  madre y seis hijos– pudieron reunirse en 1966. Pensó estudiar medicina, pero en el segundo año del College se manifiesta la vocación sacerdotal. Entra al seminario de Miami en 1976 y recibe la ordenación sacerdotal en 1986. Le pregunto si en ese tiempo del seminario había pensado en visitar Cuba. “Siempre lo había pensado porque soy cubano. Además, he estado en Estados Unidos más de 37 años y no soy ciudadano norteamericano. No porque no me sienta acogido allá, sino porque nunca tuve razones suficientes. Mucha gente se hace ciudadana por la familia, porque se van a casar, por un trabajo, para asegurar ciertas cosas, y yo tuve la dicha que no me hizo falta”.

Es evidente que no abundan por acá casos como el suyo, reflejo de las especiales leyes migratorias de la Isla y de los complejos vínculos entre Cuba y Estados Unidos. Pero su trabajo como sacerdote le ha permitido obtener una credencial  en Cuba válida por 10 años. “El status mío es un poco extraño, para algunas cosas soy cubano, para otras soy cubano con residencia en el exterior. Allá soy residente norteamericano pero viviendo fuera del país. Por razones legales debo visitar Estados Unidos por lo menos una vez al año para no perder la residencia. Como todo el mundo acá, debo tener los permisos de aquí para salir y regresar; en Estados Unidos tengo que tener el permiso del Departamento del Tesoro para no violar el embargo. Es el rejuego de tratar con cuatro o cinco burocracias al mismo tiempo, y encima de eso soy de la Arquidiócesis de Miami y presto servicios en la Diócesis de Guantánamo-Baracoa, entonces necesito un permiso del Arzobispo de Miami”.

Me cuenta que no era único en ese deseo de regresar. Formaba parte de un grupo de sacerdotes, religiosas y laicos que residen en Miami y tenían iguales deseos. Mucho influyó en esto el desarrollo de la Pastoral Hispana, el grupo Amor en Acción y la labor del padre Felipe Estévez. “Uno siempre piensa, sueña en hacer en su propio país lo que está haciendo allá”. Las probabilidades son pocas, me dice, “pero el deseo siempre ha estado ahí. La identidad cubana sigue todavía en el exilio”, añade.

El padre Joaquín Espino no dejó de manifestar ese interés a los obispos cubanos que visitaban Miami. Pero el tiempo hace lo suyo, y con el tiempo llegó la visita del Papa a Cuba y la nueva diócesis. “Lo de estar yo en Cuba fue un milagro. El 28 de febrero de 1998 era el cumpleaños de mi hermana mayor. Estábamos almorzando con un amigo y me dijo: ‘Monseñor Carlos Baladrón va a estar esta noche en casa de un guantanamero y se está organizando un viaje para la instalación de la diócesis’. Esa noche fui”. 

En cita posterior le manifestó al primer obispo de Guantánamo-Baracoa su deseo de ir a Cuba, a la nueva diócesis, en su tierra natal. La respuesta del Obispo fue instantánea: “Bueno, ven”. Los trámites se agilizaron de manera poco común, y llegó a tiempo para la instalación de la nueva diócesis, pero la vida tiene sus ironías, y su hermana no obtuvo la visa. Fue una visita breve, de una semana, para acercarse un poco a la realidad. Hubo otra posterior, en agosto, por un mes. La decisión era contundente. Su nombre fue incluido en la lista de solicitudes de permisos presentada a las autoridades cubanas por la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba.

La autorización llegó en diciembre y en marzo de 1999 volvía a residir en Cuba. “Fue el 11 de marzo del 99 y llegué para la primera convivencia diocesana que tuvimos. La acogida fue muy  cálida. Creo que siendo de Guantánamo fue un poco más fácil, porque hay gente que conoce a mi familia. Todavía tengo familia en Guantánamo. La hija de mi primo me dice ‘¡Ay mi primito! Tu estás loco, no sabes lo que estás haciendo, pobrecito’. Yo soy cura, le digo, no te preocupes. Yo sé lo que estoy haciendo. Y no ha sido tan difícil integrarme a las cosas”.

Había llegado a tierra sedienta de evangelización. Durante años, la mayor parte de los barrios y poblados de esta zona del oriente cubano estuvo carente de agentes pastorales. Crear la nueva diócesis era la respuesta a una demanda urgente. “No había casa. Yo abrí la casa con un muchacho de La Habana, había que tener presencia e ir formando una comunidad. La primera Misa la celebró Monseñor Carlos y fue adentro, en la salita de la casa. Eramos veintipico de personas así, apretaditos. El domingo siguiente celebré otra Misa dentro, había un poquito más de gente y había tanto calor que dije ‘la semana que viene pa’fuera’, y empezamos a celebrar la Misa aquí afuera”, y señala el patio de la casa, no muy grande, pero sí más grande que la sala y más fresco... cuando no hay sol.

¿Cómo era la primera comunidad? “En aquel momento había una familia que comulgaba, los padres y un muchacho, y el papá a veces no venía por asuntos de trabajo”. Eso hacía que, en ocasiones, sólo dos personas recibieran la Eucaristía. Pero había también un grupo de mujeres y con ellas comenzó a formar la comunidad. Entonces empezaron los bautizos, las primeras comuniones, los primeros matrimonios. Hoy la comunidad de San José Obrero la integran unas cien personas. “Tenemos un grupo de adolescentes, entre 15 y 20 muchachos, un grupo bastante estable y ya llevan tres años. El grupo de jóvenes, que son como quince”.

Pero en las zonas rurales el trabajo con jóvenes es más difícil, “porque en la parte rural los jóvenes están becados (en escuelas internas), uno pierde el contacto con ellos”.

El padre Joaquín tiene clasificada las cosas más difíciles: la casa, su residencia que tiene la función de convertirse en templo y casa parroquial, lugar de reuniones, celebraciones y descanso; la falta de agentes pastorales para un territorio de difíciles accesos y el transporte. Su condición de cubano no lo hace elegible para comprar un vehículo nuevo, lo que sí se permite a los residentes extranjeros. Hay lugares que sólo ha podido visitar dos veces en estos tres años. Ir “a Santa Catalina y Tagua me toma como dos horas en yipi, no es un viajecito de subir y bajar. Yo pude conseguir que me prestaran un yipi un par de veces, pero la tercera vez que subí se rompió un eje y desde entonces no pude subir otra vez”.

Le pregunto si no ha sido un problema renunciar a las cosas materiales. “Las cosas materiales son cosas que tú más o menos tomas o dejas”, pero la frustración puede llegar “cuando no puedes resolver las cosas con la facilidad que uno sabe se deben y se pueden resolver”.

Es evidente: los que pasan frente a su casa le saludan, jóvenes o viejos, gente del pueblo. Terminamos nuestra charla y le tomo un par de fotos, en el portal de su casa, que es su parroquia, su lugar de celebraciones eucarísticas, de sacramentos, de descanso y reuniones. Me devuelve en el viejo Volsk Wagen al obispado. Siento que quedan muchas cosas por decir, pero prefiero no saber más. Quizás sea mejor imaginármelo misionando en aquellos barrios y lomas donde vive la gente sencilla y pobre, pero sedienta de esperanza y atención espiritual.

En mayo el padre Joaquín Espino habrá sido transferido a la parroquia de Baracoa, en la Villa primada de Cuba. Allí tendrá una casa como casa, y un templo que será templo, pero no le faltarán las montañas, las lomas, los caseríos y poblados de gentes sin bautizar, pues este cura que es cubano por naturaleza ha querido compartir la suerte de los misioneros con su propia gente en su propia tierra. Porque eso es la Diócesis de Guantánamo-Baracoa, tierra de misión.   

Orlando Márquez es director de la revista Palabra Nueva, de la Diócesis de La Habana.


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