El
Arzobispo le da seguridad a los católicos
Ningún sacerdote de la Arquidiócesis de Miami sobre el que pesen
acusaciones creíbles sigue en servicio activo

El arzobispo John C. Favalora. (Foto Reuters)
Ana Rodríguez-Soto
The Florida Catholic
MIAMI — El arzobispo John C. Favalora anunció la semana pasada que
funcionarios de la Arquidiócesis han revisado los expedientes de
los sacerdotes activos para asegurar que ninguno sobre el que
pesen acusaciones creíbles de conducta sexual indebida con menores
permanece activo en el ministerio en el Sur de la Florida.
En una entrevista con The Florida Catholic, el Arzobispo también
dijo que los funcionarios diocesanos se están reuniendo con las
autoridades locales para ver si es necesario reportar formalmente
a la policía pasadas imputaciones de abuso sexual.
Además, el arzobispo Favalora dijo que está reajustando la
composición del equipo de respuesta, que debe revisar cualquier
nueva imputación de abuso sexual contra sacerdotes o empleados
arquidiocesanos, para que sus miembros “sean independientes” de la
administración arquidiocesana.
Durante los 45 minutos de entrevista, el Arzobispo recalcó que la
mayoría de los casos que actualmente ocupan los titulares de los
periódicos son de hace 15, 20 años o más, cuando la mayoría de las
diócesis de Estados Unidos, incluidas las de la Florida, no tenían
una política para lidiar sistemáticamente con imputaciones de
abuso sexual. Los obispos de la Florida adoptaron una serie de
regulaciones en 1986.
En la Arquidiócesis, “hemos revisado nuestros expedientes
exhaustivamente dos veces en los últimos meses. Si encontramos
alguna situación del pasado que no pasó por el debido proceso,
inmediatamente entregamos esos casos a un equipo de respuesta”,
dijo el Arzobispo.
Al mismo tiempo, al sacerdote se le informa que “no podrá
continuar su ministerio sacerdotal en la Arquidiócesis hasta que
se llegue a una determinación sobre las pasadas imputaciones”.
El arzobispo Favalora señaló que la mayoría de los casos que están
en las noticias en la actualidad no se ajustan a la definición
técnica de pederastia, que es atracción sexual por un niño que aún
no es púber.
Aclaró que el término sicológico para la mayoría de los casos de
abuso sexual reportados es efebofilia, que significa atracción
sexual por los adolescentes.
Los que practican la pederastia, generalmente son abusadores en
serie, mientras que en los casos de efebofilia puede no haber
recurrencia de conducta sexual impropia con menores.
De todas formas, el Arzobispo aclaró: “Soy de la opinión que
cualquier sacerdote que se haya determinado que ha estado
implicado en una conducta sexual indebida con un menor, no importa
la edad del menor, no puede volver nunca al ministerio”, porque
ese sacerdote “ha destruido la confianza inherente a su
ministerio”.
El arzobispo Favalora también habló sobre los temas de “los pagos
por su silencio” a las víctimas, la homosexualidad en el
sacerdocio y el proceso al que los sacerdotes tienen derecho según
el derecho canónico.
“Toda persona tiene el derecho a un buen nombre. Incluso si ha
hecho algo malo, no tenemos el derecho de darlo a conocer”, dijo
el Arzobispo, a menos que sea una violación de la ley civil y por
lo tanto se debe reportar a las autoridades civiles.
“Si hay algún tipo de acto criminal, obviamente será del dominio
público, porque las autoridades lo harán público”. Y agregó: “Si
se prueba, entonces es una cuestión diferente. Se convierte en un
hecho. Pero hasta que ambas cosas no sucedan estamos en la
obligación de ser muy cuidadosos al lidiar con esto”.
P. Arzobispo, actualmente la Iglesia está pasando por momentos muy
difíciles. En Boston están pidiendo la renuncia del cardenal
Bernard Law y Palm Beach ha perdido a su segundo obispo en los
últimos cuatro años por imputaciones de abuso sexual a menores en
décadas anteriores. ¿Qué nos puede decir acerca de esta situación
aquí en Miami?
R.
Ante todo, me gustaría hablar de la situación de la Iglesia en
general en Estados Unidos, para decir que estamos pasando por una
crisis muy seria, que tiene que ver con la manera en que lidiamos
con las imputaciones de conducta sexual impropia de nuestros
sacerdotes o cualquier otro empleado de nuestra Arquidiócesis. El
hecho es que desde hace unos 10 años los obispos de nuestro país
han adoptado una política general que debe estar en vigor en cada
diócesis. Creo que la mayoría de las diócesis la tienen, aunque
evidentemente, no ha sido uniforme, lo cual crea un problema muy
serio. La responsabilidad que tienen los obispos de seguir su
política es muy importante.
Realmente, desconozco la situación específica en Boston y en otros
lugares, pero puedo asegurarle con certeza a la gente de la
Arquidiócesis de Miami que la política que tenemos desde 1986, y
que después fue adoptada en todo el estado, se ha puesto en vigor
en la Arquidiócesis de Miami cada vez que ha sido necesario. Nos
hemos comprometido a seguir esa política fielmente.
P. ¿Cuáles son esas regulaciones?
R.
Cuando se hace una imputación contra cualquiera de nuestros
empleados de haber abusado sexualmente de un menor de 18 años,
tenemos que hacer una revisión interna de esa imputación y si es
verificable, debemos pasarla al equipo de respuesta, que me hace
recomendaciones sobre lo que debe hacerse con la persona
implicada.
Cuando hablamos de un empleado o de un sacerdote, quiere decir que
mientras se investiga la imputación, a la persona se le otorga una
licencia administrativa. Si es un sacerdote esto significa que no
puede ejercer el sacerdocio. Se le retiran sus facultades como
sacerdote.
El equipo de respuesta puede llegar a la conclusión que no sucedió
nada de importancia. O quizás recomiende que la persona reciba
tratamiento, en cuyo caso se analizará más adelante si esta
persona puede o no ejercer su ministerio nuevamente.
Además de eso, por supuesto, cualquier imputación que se nos
presente en que esté implicado un menor debe ser reportada.
Pero hay una zona gris en todo esto. ¿Qué pasa si alguien viene
con una imputación de abuso sexual de hace 15, 20, ó 30 años?
¿Dicta la ley que se reporte? Estamos en discusiones con las
autoridades para ver cómo ellos lo interpretan. Si determinan que
estos casos deben reportarse, nosotros, por supuesto, cumpliremos
con ello, porque nuestra política ha sido siempre cumplir con las
leyes del estado de reportar estos incidentes.
P. ¿Qué pasa con las imputaciones anónimas?
R.
Cada imputación, anónima o no, debe investigarse. Hay casos en que
las personas no quieren revelar su identidad, tenemos que respetar
ese deseo y trabajar con esos casos lo mejor que podamos.
P. Usted mencionó imputaciones de hace 15, 20 ó 30 años. ¿Está la
Arquidiócesis revisando sus expedientes?
R.
Sí. De hecho, hemos revisado exhaustivamente nuestros expedientes
dos veces en los últimos meses. Si salía a relucir cualquier
situación del pasado que no tuvo el proceso debido, inmediatamente
se la hemos pasado al equipo de respuesta. En estos casos se le
informó al sacerdote y se le dijo que debía tomar una licencia
administrativa. Si el sacerdote no quiso que se revisara su caso,
nosotros respetamos su deseo, pero se le comunicó que no podría
continuar ejerciendo su ministerio sacerdotal en la Arquidiócesis
hasta que se determine sobre las pasadas imputaciones que por una
u otra razón no se procesaron.
El proceso que tenemos ahora no existía hace 15 años. Por lo
tanto, los casos que encontramos en los expedientes pueden ser
casos procesados de una manera muy diferente a la que hemos
adoptado ahora.
P. ¿Quiénes forman el equipo de respuesta arquidiocesano?
R.
Las regulaciones del estado de la Florida indican que el obispo
organiza el equipo. Puede variar en número de miembros. Se sugiere
que incluya alguien designado por el obispo, alguien que él quiera
que lo represente, el abogado diocesano, sicólogos o siquiatras,
algunos laicos y quizás el director de comunicaciones de la
Diócesis.
En el pasado hemos limitado nuestro equipo a un número pequeño: mi
representante y un abogado diocesano. Sin embargo, en estos
momentos estoy reorganizando ese equipo para que tenga cuatro
miembros: un abogado civil y un abogado canónico, un siquiatra o
psicólogo y el cuarto, un representante de mi elección.
La mayoría de ellos serán laicos. No pienso incluir a ninguno de
nuestros administradores diocesanos para que el equipo de
respuesta sea completamente independiente de la administración
arquidiocesana.
P. Constantemente se les recuerda a los católicos la mayordomía:
nuestra responsabilidad de entregar a la Iglesia algo de lo que
Dios nos ha dado, nuestro tiempo, nuestros talentos y tesoros.
Pero la mayordomía también se aplica a quienes dirigen la Iglesia.
¿Es acaso buena mayordomía pagar calladamente grandes sumas de
dinero para cerrar casos de abuso sexual contra sacerdotes sin
informarle a la grey quién donó ese dinero?
R.
Hay un falso concepto en los llamados “arreglos”. A veces la
diócesis llega a un acuerdo sobre un caso que no puede probar de
ninguna manera. Muchas veces la víctima simplemente no quiere
llevarlo a la corte porque no quiere revelar su identidad. Pero
uno puede ofrecer al menos pagarle a esa persona un tratamiento
psicológico. Eso se ha hecho en muchos casos. ¿Se considera eso un
pago para comprar el silencio? No lo creo. Se trata de extender el
cuidado pastoral al tiempo que se respeta el deseo de
confidencialidad de la víctima.
Puedo asegurar que cada vez que se llega a un arreglo, jamás se
usa el dinero parroquial. Esos casos los cubre nuestro seguro.
Todos tenemos seguros para estos casos al igual que los tenemos
para otros tipos de responsabilidades. Cada año aparecen cientos
de demandas contra las instituciones de la Iglesia, y a menudo
resulta más económico llegar a un arreglo que pagar los gastos de
corte y a los abogados.
P. ¿Qué deben hacer las personas que han sido víctimas de abuso
sexual?
R.
Como dije en mi reciente carta sobre el tema leída en todas las
Misas durante el fin de semana del 20 y el 21 de abril, hay una
línea telefónica estatal gratis para reportar este tipo de abusos.
También tenemos un número telefónico directo para estos casos aquí
en la cancillería. Después, si la imputación es verificable
ponemos en acción nuestras regulaciones.
Puedo decir hasta donde sé, después de haber revisado los
expedientes, que en la Arquidiócesis no hay nadie en la actualidad
en el ministerio activo sobre quien pese una acusación creíble de
abuso sexual.
P. Usted mencionó que muchos de los casos de los que hemos oído no
son de pederastia sino de relaciones sexuales impropias con
adolescentes. Un vocero del Vaticano dijo recientemente que el
problema se debe en parte a que hay sacerdotes homosexuales. En su
opinión, ¿es la homosexualidad en el sacerdocio un problema que la
Iglesia Católica debe enfrentar, si no por otra razón, al menos,
quizás, porque la gente la percibe como problema?
R.
No hay duda de que se tiene que asumir este asunto y se hará
cuando los obispos de este país investiguen las ramificaciones de
estos escándalos. Sin embargo, científicamente no hay prueba de
que un hombre homosexual tenga mayor disposición a la pederastia
que un heterosexual. De hecho, la mayoría de los convictos de
pederastia son heterosexuales y están casados. Por lo tanto, no
hay una conexión científica entre el homosexualismo y la
pederastia.
Ahora bien, ¿es más propenso a hacer esto un sacerdote que tenga
un estilo de vida homosexual? Esta es una pregunta muy válida que
tiene ramificaciones serias. Yo fui director de un seminario, y si
había alguna evidencia de actividad homosexual, esa persona tenía
que abandonar el seminario inmediatamente y lo mismo se hacía con
cualquiera que tuviera una actividad sexual heterosexual.
El hecho es que los votos de celibato nos exigen ser castos, lo
cual significa que no podemos tener relaciones sexuales de ningún
tipo. Si un homosexual está menos dispuesto a vivir una vida de
celibato que un heterosexual, creo que es una cuestión que merece
estudiarse. Repito, la pregunta tradicional sobre la moralidad de
una persona para ser sacerdote, según la ley de la Iglesia, es:
¿puede vivir una vida célibe? Esa es la pregunta. ¿Se puede decir
que este individuo es capaz de vivir una vida de celibato y que de
hecho la vive? El personal del seminario tiene que determinarlo,
lo mismo que las diócesis en la investigación de las personas,
antes de que entren al seminario.
P. Usted fue miembro del Comité Ad Hoc de los Obispos de Estados
Unidos sobre Abuso Sexual a principios de la década del 90. ¿Qué
aprendió en aquel tiempo sobre la pederastia y cómo responder a
las imputaciones de abuso sexual?
R.
Sí, yo serví en ese comité por ocho años. Fuimos los primeros en
lidiar con este problema. Teníamos obispos, asesores
profesionales, psiquiatras, sicoanalistas y también consultoría
legal. Estudiamos cada aspecto del asunto. Les dimos a los obispos
regulaciones muy específicas. Instamos a cada obispo a asegurarse
de que su diócesis tuviera una política y de que se cumpliera.
También trabajamos con el proceso de evaluación para cualquier
sacerdote acusado de este tipo de conducta. Investigamos
ampliamente todos los lugares donde se estaban realizando
evaluaciones y tratamientos y compartimos nuestra revisión con los
obispos para que pudieran saber cuáles eran los puntos débiles o
fuertes de cada lugar. Después tuvimos una serie de ensayos
informativos escritos por profesionales sobre varios temas
relacionados. Todo lo cual se les comunicó a los obispos.
También tuvimos sesiones para escuchar a las víctimas. Esas
personas estaban destruidas. Vivían atormentadas por lo que les
había sucedido. Fue muy doloroso sentarse y escuchar aquello,
porque algunas tenían su vida hecha pedazos y no podían
recomponerla de nuevo. Incluso en algunos casos ni con una terapia
profunda y continuada.
Las víctimas querían asegurarse de que tuviéramos regulaciones y
procedimientos para impedir que eso pasara de nuevo. Así que estas
sesiones fueron muy informativas. También teníamos a la mamá de
una de las víctimas cuya actitud era muy positiva hacia la
Iglesia, porque comprendía que lo que le pasó a su hijo fue culpa
de un sacerdote. Ella era una de las asesoras del comité. También
escuchamos a sacerdotes que habían abusado de un niño o de un
menor.
Lo último con lo que tuvimos que trabajar fue con todo el asunto
de la readmisión al ministerio. Y, desde luego, eso fue lo más
difícil, porque con aquellos quienes habían recibido tratamiento,
lógicamente surgía la pregunta: ¿puede esta persona regresar a su
ministerio? Todavía este es el aspecto más difícil de todos.
En el pasado estaba muy claro que si alguien tenía una tendencia a
la pederastia en el sentido estricto, alguien que abusa en serie
de niños pre-púberes, estaba claro que no se podía permitir que
esa persona regresara al ministerio.
Sin embargo, si era el caso de una persona que había tenido una
única relación con un adolescente, entonces alguno de los centros
de tratamiento daba una lista de las condiciones bajo las cuales
esa persona podía regresar: si tenía un ministerio restringido, si
se le observaba y si vivía con otras personas.
Pero la pregunta aún está vigente y desafortunadamente, los
expertos no tienen una respuesta. Por lo cual es el obispo quien
tiene que tomar la decisión. En este momento yo no podría verme
reasignando al ministerio a un sacerdote que haya tenido una
conducta sexual impropia con un menor, no importa la edad de éste.
Puede ser que esa persona nunca más cometa este tipo de acto
sexual, que haya tenido un lapso moral, que haya bebido o que haya
tenido un momento de debilidad. Pero el hecho es que por su
profesión y ministerios públicos como sacerdote, ha abusado de la
confianza y en mi opinión, por ese abuso, no debe volver al
ministerio.
En conclusión yo diría del comité, que no creo que ningún grupo
profesional haya sido sometido al escrutinio que ha tenido el
sacerdocio a causa de todo esto. Ahora, esto no ha resuelto cosas
pasadas que estaban escondidas en los expedientes ni situaciones
que quizás no se procesaron debidamente incluso en el presente.
Pero debe asegurarse el futuro, que habrá una situación mejor y
que nosotros trabajaremos mucho más responsablemente con esto.
P. ¿Le preocupa que otros sacerdotes sean juzgados injustamente
debido a la situación que existe en toda la nación?
R.
Claro que sí. Pero creo que la estadística confiable es que sólo
un uno o dos por ciento de los sacerdotes están involucrados en
algún tipo de conducta sexual indebida. Sólo el 0.5 por ciento ha
cometido pederastia, es decir la relación sexual con un niño de 12
años o menor. Poquísimos sacerdotes han hecho eso.
Pero la publicidad dada a este pequeño porcentaje de sacerdotes,
pinta muy injustamente el sacerdocio como algo manchado. Esta es
una flagrante y terrible irresponsabilidad que ha afectado la
moral de los sacerdotes en todo Estados Unidos y probablemente en
el mundo entero. Esto es simplemente una representación falsa de
las maravillosas bendiciones que los sacerdotes de esta
Arquidiócesis, así como los de todo el país, han sido para las
personas a quienes han servido fielmente a través de los años.
Por tanto, como obispos, tenemos también una seria responsabilidad
no sólo de asegurarnos que no tenemos ningún sacerdote en el
ministerio activo que haya abusado de un menor, sino también de
tratar de velar por el bienestar de nuestros sacerdotes que han
servido fielmente.
P. En los casos en que se hayan hecho imputaciones de abuso sexual
contra un sacerdote, ¿pueden trabajar en conjunto el derecho
canónico y el civil o hay un conflicto inherente entre ambos?
R.
Ante todo, la gente tiene que entender que a los sacerdotes los
gobierna un grupo de leyes de la Iglesia y la relación de un
obispo con un sacerdote se relaciona con esas leyes al igual que
con las leyes civiles. En el caso de que haya imputaciones contra
un sacerdote, tengo siempre que asegurarme que no se violen los
derechos canónicos de este sacerdote. Tengo que ponerlo en un
proceso especial para asegurar que se le haya dado la
representación a que tiene derecho.
Yo no puedo sacar a un sacerdote de su ministerio a menos que haya
alguna prueba en su contra o se haya llegado a alguna conclusión o
que él admita haber hecho algo indebido. Desde el momento de su
ordenación, tiene el derecho a ejercer su ministerio, a menos que
se pruebe que no sirve para ello. Ahí es donde surgen las
dificultades. ¿Qué criterio se sigue en estos casos? Es por eso
que en nuestro equipo de respuesta quiero una persona canóniga,
para que cuando surjan imputaciones contra un sacerdote, haya
alguien allí que mire por los derechos del sacerdote tanto como
por los derechos de la persona.
Es muy difícil para un obispo. Primero que todo, tenemos que mirar
por el bienestar de la persona que ha sido maltratada. Tenemos que
cuidar de la persona acusada y tenemos que mirar por el bienestar
de la Arquidiócesis, porque, después de todo, hay acusaciones
falsas.
P. Por ejemplo, ¿cómo puede ser diferente el derecho canónico de
nuestro derecho civil?
R.
Una de las cosas tiene que ver con la difamación. ¿Qué se dice en
público y qué no debe decirse? Tenemos una obligación como Iglesia
de proteger la reputación de nuestra gente. Incluso si alguien ha
hecho algo indebido, no tenemos derecho a decirlo públicamente.
Ahora, cuando una persona ha violado una ley y las autoridades
civiles obligan a reportarlo, no tenemos otra alternativa que
hacer el reporte y desde ese momento se hace público. Pero no es
la intención del derecho canónico que cada vez que una persona
tiene un fallo moral yo lo haga público. Las enseñanzas de nuestra
Iglesia acerca de la difamación establecen que aun cuando uno sepa
que alguien ha hecho algo indebido, va en contra de las enseñazas
de la Iglesia publicarlo. De la misma manera es malo que una
persona haga falsas acusaciones que dañan a alguien, porque es una
mentira y porque perjudica su buen nombre. Ambos casos pueden ser
muy serios.
Si es algún tipo de acto criminal, obviamente debemos reportarlo a
las autoridades, que pueden hacerlo público. Y si se prueba, ya es
una situación diferente. Se convierte en un hecho. Pero mientras
esto no suceda, estamos en la obligación de ser muy cuidadosos al
lidiar con ello.
También el derecho canónico supone que esos asuntos los resuelve
la iglesia local; pero cuando una persona viola las leyes civiles
tiene que responsabilizarse con las consecuencias. Por tanto hay
dos operaciones al mismo tiempo y es muy difícil saber cuándo se
pasa de una zona a la otra.
P. Como obispo y como sacerdote, ¿cómo la ha pasado bajo el peso
de las acusaciones y de los constantes titulares en los
periódicos?
R.
Es una carga terrible porque mucho de lo que se está discutiendo
en estos días en los medios de comunicación tiene que ver con la
manera en que los obispos han manejado estas situaciones en el
pasado. La verdad es que antes que todo esto comenzara, a
principios de la década de 1980, los obispos se las tenían que
arreglar lo mejor que pudieran. Veían estas cosas como fallos
morales y las trataban de resolver con medios espirituales. No
sabíamos nada de esto.
Ahora algunos de estos casos han vuelto para atormentarnos.
Estaban enterrados en un expediente. Ningún obispo va a una
oficina y lee 500 expedientes. Eso no hubiera pasado por nuestras
mentes. Ahora estamos en una situación diferente. Realmente
tenemos que vérnosla con eso más diligentemente que en el pasado;
pero ahora está muy claro que cuando esos errores se cometieron y
se siguieron dando escándalos, era la obligación del obispo lidiar
con ellos. Es una carga muy pesada. Me pesa horriblemente y sé que
lo mismo le pesa a todos los obispos.
Yo he sido muy claro al lidiar con estas cosas en la medida en que
han llegado a mí, y muy claro al lidiar con lo que he encontrado
en los expedientes. El problema es que al tratar de hacer esto,
como es muy complicado, uno no va a complacer a todos. Algunos
pensarán que uno es muy duro en tal aspecto, otros que muy benigno
en tal otro, y algunos lo interpretarán mal y querrán culpar a la
Iglesia por estas cosas.
Tenemos que aceptar nuestra parte de culpa, de eso no hay duda.
Pero estoy convencido que la Arquidiócesis está en buena forma con
relación a este tema, por tener una política en vigor y la
determinación de seguirla y de reportar esas situaciones. Confío
que el escrutinio en nuestro seminario producirá sacerdotes buenos
y cabales para servir a nuestra gente en el futuro.
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