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La vocación al sacerdocio:
más fuerte que cualquier tormenta

Brenda Tirado Torres
La Voz Católica

MIAMI — En su carta a los sacerdotes con motivo del Jueves Santo, el Papa Juan Pablo II expresó que los causantes de los escándalos que sacuden a la Iglesia Católica de Estados Unidos han traicionado la gracia recibida con la Ordenación. Esto, dijo el Papa “crea un clima denso de sospecha” sobre todos los buenos sacerdotes del mundo.

Para el cristiano, las tinieblas sólo preceden a la luz. De eso están convencidos los seminaristas de la Arquidiócesis de Miami que serán ordenados el próximo 11 de mayo en la Catedral de Santa María. Dos de ellos estudian en Roma y otros cinco terminan su formación en el Seminario St. Vincent de Paul, en Boynton Beach.

La Voz Católica entrevistó a los futuros sacerdotes que se encuentran en el Sur de la Florida. Todos coinciden en que su llamado al ministerio sacerdotal es mucho más fuerte que las tormentas que azotan a la Iglesia de Cristo.

 

‘Dios me escogió para ser ministro de su pueblo’

 

Manuel Francisco Alvarez, cubanoamericano de 26 años: “Creo que he salido más fuerte en mi vocación al sacerdocio. He llegado a preguntarme si esto es lo que el Señor quiere que haga el resto de mi vida, y los pequeños ‘sí’ que El me da todos los días aumentan mi fe y restauran no sólo mi fe en El, sino mi fe en el ministerio para el cual he sido llamado”.

Manuel Francisco Alvarez, cubanoamericano, nació en Miami el 23 de septiembre de 1975. Sus padres, Rodolfo y Marlene Alvarez, estuvieron muy activos en los movimientos apostólicos, particularmente en Camino. Durante sus años de escuela superior, “Manny”, como le conocen sus familiares y amigos, realizó labor misionera con los padres escolapios en México. Se graduó de la escuela superior Coral Gables en 1993 y entró al Seminario St. John Vianney ese mismo año, donde completó el grado de Bachiller en Filosofía en 1997.

“Este es un momento de introspección para nosotros poder analizar más profundamente nuestra vocación. Personalmente, creo que he salido más fuerte en mi vocación al sacerdocio. He llegado a preguntarme si esto es lo que el Señor quiere que haga el resto de mi vida, y los pequeños ‘sí’ que El me da todos los días aumentan mi fe y restauran no sólo mi fe en El, sino mi fe en el ministerio para el cual he sido llamado.

Se ve la necesidad que el pueblo de Dios tiene de sanación y perdón. Me parece que a nivel secular se ha afectado la imagen del sacerdocio por toda la publicidad negativa que está recibiendo. Pero hace unos días alguien lo dijo claramente: es como enfocarse en el pecado de Judas en vez de enfocarse en los otros once.

A nivel de la Iglesia yo he sentido lo opuesto. No creo que las personas que trabajan día a día con los sacerdotes, que van a Misa todos los domingos, que se relacionan espiritualmente con ellos, tienen la misma imagen, porque conocen lo que es el sacerdocio, saben que hay hombres santos que han estado trabajando muchos años en la viña del Señor y que, a pesar de los pecados de muy pocos, no se puede hacer una generalización del sacerdocio por unos casos específicos.

Esta situación ha provocado reflexiones más profundas por parte del pueblo de Dios sobre lo que significa el sacerdocio ministerial y lo que representan los sacerdotes que están trabajando en sus vidas y en sus parroquias. En estas últimas semanas lo que he recibido es apoyo de quienes saben que estoy en la última etapa de mi formación para el sacerdocio. Me dicen que ‘debe ser difícil y estamos orando por ustedes’.

Pienso que se debe estar más consciente de cómo se actúa, establecer ciertos límites para lidiar con las personas. Me encanta estar con todo tipo de personas para compartir la Palabra de Dios. Puedo estar más consciente y alerta ante los signos de los tiempos y lo que está pasando a mi alrededor, pero creo que cambiar mi manera de ser sería una injusticia, porque Dios me escogió con mis limitaciones y mis talentos para poder ser ministro en su pueblo".

 

‘Ahora llegan nuevos retos’

Octavio Colominas, de 36 años, hijo de padres cubanos, nacido en Nueva York y criado en Hialeah: “Todos formamos parte de una sola Iglesia, que es al mismo tiempo humana y divina, una Iglesia de hombres y mujeres buenos y también pecadores”.

Octavio Colominas nació el 17 de enero de 1966 en Nueva York. Sus padres son Octavio y Carmen Colominas, de La Habana, Cuba. Fue criado en Hialeah y asistió a las escuelas Inmaculada Concepción y Christopher Columbus, de donde se graduó en 1984. Obtuvo el Bachillerato en Artes, con una especialidad en Relaciones Internacionales de American University, en Washington, DC. Entró al seminario St. John Vianney en 1996.

“Todos formamos parte de una sola Iglesia, que es al mismo tiempo humana y divina, una Iglesia de hombres y mujeres buenos y, al mismo tiempo, también pecadores.

Esta situación ha sido para mí motivo de reflexión acerca de mi propia vida, de cómo puedo ser yo una mejor persona, cómo puedo ser yo mejor ministro en la Iglesia, cómo puedo reafirmar los compromisos que he hecho y los que voy a hacer  en este momento  en que me acerco a la ordenación sacerdotal.

Me parece que es un llamado a ser más humildes, a reconocer más nuestras debilidades humanas abiertamente y a reconocer que, sin Dios, no somos nada.

Yo he experimentado el apoyo de la gente, que me ha llamado por teléfono para decirme: ‘Creo en ti y en lo que estás haciendo a pesar de las noticias que se están dando’. No dudo que también exista rechazo por parte de algunos, pero creo que la gente de fe sigue teniendo confianza y esperanza en lo que el sacerdote puede hacer por ellos.

Ahora llegan nuevos retos. Voy a cambiar de algo estructurado, me voy de un lugar donde comparto mi vida diaria con personas que hacemos la misma cosa, aquí todos estamos en formación para el sacerdocio. Hay personas de edades similares, dentro de una estructura que nos brinda el apoyo que necesitamos, y ahora me muevo a otra donde no existen las mismas características ni ese apoyo constante que uno tiene aquí en el seminario en forma de directores espirituales, directores de formación y los profesores que se interesan por nosotros. Pero yo creo que en su lugar está el pueblo de Dios que está en la parroquia. Y aunque se presenta un reto al mudarse del seminario a la parroquia, también se presentan las vías de enfrentarse a él con éxito.

 

No he tenido dudas acerca de mi vocación. Esta crisis me ha permitido reflexionar sobre mi vocación, sobre quién soy yo. Puedo decir que hasta la ha fortalecido a largo plazo. Hablamos mucho del escándalo en la Iglesia, pero la Iglesia es mucho más grande que los escándalos y específicamente que los escándalos que han sucedido entre el clero.

 

‘Voy al sacerdocio con alegría y con gozo’

 

Cristóbal de Paula, dominicano de 31 años: “Este es el momento para demostrarle al pueblo de Dios que el sacerdocio vale la pena. Mi alegría está en que siento que me llama Jesús a un compromiso con El y su pueblo”.

Cristóbal de Paula nació el 2 de diciembre de 1970 en Santo Domingo, República Dominicana. En 1991 ingresó al seminario Santo Tomás de Aquino, en Santo Domingo. Estudió filosofía en la Pontificia Universidad Católica María Madre y Maestra en la capital dominicana, donde recibió el grado de Filosofía en 1996. Al año siguiente llegó a Estados Unidos para estudiar en el seminario.

“Creo que la Iglesia puede salir fortalecida de este momento de oscuridad, y pienso que se debe aprovechar para entrar en un período de análisis y reflexión.

Aunque mucha gente no confíe en el sacerdocio —y muchos tienen toda la razón para sentirse de esa manera—, yo voy a él con alegría y con gozo.

Este es el momento para demostrarle al pueblo de Dios que el sacerdocio vale la pena. Mi alegría está en que siento que me llama Jesús a un compromiso con El y su pueblo. Mi fe se ha visto fortalecida; no me surge la duda de que éste es mi llamado.

Yo sé que la Iglesia seguirá adelante, gracias a Dios. Ha habido momentos más difíciles y la Iglesia se ha mantenido. Se nos ha hecho ver que hay que ser más humildes, reconocer que fallamos, que no somos perfectos, que cuando somos ordenados no significa que se nos da un poder infalible. Seguimos siendo tan vulnerables como los demás, con limitaciones, y necesitamos la ayuda de la comunidad.

Considero que ahora más que nunca debemos ser cuidadosos. El sacerdote debe estar lo más visible que pueda para que no haya duda sobre su comportamiento. Por ejemplo, con las personas que vienen a recibir el sacramento de la Reconciliación, en vez de estar en la oficina encerrado, debe estar en un lugar visible.

Uno de los retos que se me presentan es poner en práctica todo lo que he estudiado. Cómo entregarme a ese pueblo a nivel pastoral, porque corremos el riesgo de quedarnos en los libros nada más, en la teología, y no aterrizar en lo que es la pastoral y llevarle al pueblo de Dios un mensaje de amor y de unidad, de perdón y reconciliación.

También siento que cada día debo ser mejor en mi ministerio. Como sacerdotes seremos administradores de los sacramentos de Dios. Somos sólo un puente y la gente no debe vernos como que estamos sobre ella, que somos prepotentes. Pero el mayor reto es lograr que la gente sienta, a través de mí, que Dios le ama y le quiere.

 

‘Mi fe se ha fortalecido’

 

Alfredo Rolón Ortiz, puertorriqueño de 33 años: “El reto es continuar siendo fiel al pueblo de Dios y a lo que voy a prometer el día de mi ordenación, y cada día vivir la voluntad de Dios, de querer ser santo, porque Dios nos ha llamado a todos a la santidad desde nuestro bautizo”.

Alfredo Rolón Ortiz, de 33 años, es natural de Coamo, Puerto Rico. Son sus padres Ramón Antonio Rolón y María Luisa Ortiz. Estudió en la Pontificia Universidad Católica de Ponce, PR, donde obtuvo un Bachillerato en Artes y Humanidades con especialidad en Filosofía. Inició estudios de teología en el Instituto Universitario Seminario Interdiocesano Santa Rosa de Lima en Caracas, Venezuela, terminándolos en el Seminario Regional St. Vincent de Paul.

“Sabemos que esta situación es bastante delicada y ciertamente nos afecta. Sin embargo esto no debe turbar nuestra fe sino que debe ser un momento —como lo han dicho los obispos— de purificación en el cual debemos reafirmar nuestro deseo de permanecer fieles al Señor.

Es un momento un poco difícil, pero al mismo tiempo es uno en el que yo reafirmo el deseo de comprometerme con Dios y con su Iglesia, responder generosamente y permanecer fiel al llamado que El me ha hecho y a las promesas que haré cuando sea ordenado sacerdote.

Mi fe se ha fortalecido a raíz de esta crisis. Sabemos que todos somos seres humanos y podemos fallar. Yo siempre he sido católico y he amado a la Iglesia de corazón, con un sentimiento indescriptible que me han infundido mis padres desde pequeño. Amo a la Iglesia por convencimiento y me siento feliz de pertenecer a ella. Soy dichoso de haber sido elegido por el Señor para este ministerio, de haber sido llamado, y estoy feliz de que el 11 de mayo de 2002 la Iglesia confirme la vocación que Dios me ha dado a la vida sacerdotal.

 Esto que ha sucedido dentro de la Iglesia no minimiza mi deseo de servir a Dios. Al contrario: este es un momento en que he podido reafirmar mi deseo de sanar las heridas que la crisis ha causado.

Una de las grandes tareas que enfrentaré es el trabajo en la parroquia, que es intenso, pero al mismo tiempo alegre, porque es un trabajo de servicio al prójimo. Para eso nos ordenamos, para el servicio, en el que uno siente la satisfacción de darse generosamente al pueblo de Dios.

El reto es continuar siendo fiel al pueblo de Dios y a lo que voy a prometer el día de mi ordenación, y cada día vivir la voluntad de Dios, de querer ser santo, porque Dios nos ha llamado a todos a la santidad desde nuestro bautizo.

 

‘El sí de nosotros es un signo de esperanza’

 

Miguel Angel Sepúlveda, puertorriqueño de 38 años: “Uno mira su humanidad pero, al mismo tiempo, tiene que confiar que Dios, en su Divina Misericordia y en su Providencia, nos protege y nos dará la fortaleza para seguir haciendo lo que El nos ha pedido que hagamos. Eso es lo que fortalece la vocación”.

 

Miguel Angel Sepúlveda nació el 15 de mayo de 1963 en San Germán, Puerto Rico. Es hijo de José y Elba Sepúlveda. Obtuvo un Bachillerato en Ciencias con especialidad en Administración de Empresas del Recinto de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico. Estudió pre-teología en el Seminario St. John Vianney, en Miami, donde recibió su certificado en 1997.

“Asumimos el sacerdocio libremente; la libertad individual juega un papel muy importante y nadie nos está empujando a hacer una cosa que no queremos hacer.

Para el hombre y la mujer de fe, el sacerdocio sigue siendo una de las instituciones que se respeta, en la cual se tiene confianza independientemente de la fragilidad humana y de los errores que algunos hayan cometido en algún momento.

Esta institución permanece y la gente la sigue buscando porque la considera necesaria. La gente que en realidad tiene fe sabe que, en última instancia, es Dios quien lo dirige todo; los seres humanos somos simplemente instrumentos. Y como ellos reconocen en el sacerdote ese instrumento, son capaces de mirar más allá de esa simple imagen.

Admito que estoy más consciente de saber que la gente tiene los ojos puestos en uno y está atenta y muy pendiente a lo que uno dice y hace, a la forma en que uno se comporta, a dónde uno va. Y eso me mantiene alerta sobre cómo yo respondo a cada situación en particular. Pero no creo que uno deba cambiar su forma de ser y tampoco se puede crear una paranoia de que la gente te está mirando y tienes que cambiar. No creo que eso sea justo para uno ni para el pueblo de Dios.

Decir que me siento bien o que me siento mal con relación a las situaciones que ha atravesado la Iglesia posiblemente no describa lo que está pasando en mi interior en este momento. Es un momento en el que debo reflexionar lo que soy, el compromiso que he aceptado y el que quiero seguir asumiendo. Uno mira su humanidad pero, al mismo tiempo, tiene que confiar que Dios, en su Divina Misericordia y en su Providencia, nos protege, nos sigue alimentando, nos sigue ayudando y nos dará la fortaleza para seguir haciendo lo que El nos ha pedido que hagamos. Eso es lo que fortalece la vocación.

Lamentablemente mucha gente se enfoca en lo que son las faltas, pero no miran lo positivo. Si hiciéramos un balance, te puedo asegurar que es más lo positivo que lo negativo, pero eso no es lo que se presenta. Este es un momento en el cual el sí de nosotros, el paso que estamos dando, representa un signo de esperanza.