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El 20 de Mayo que todos esperamos, unidos en un mismo sentimiento

El impertinente chaparrón, que mojó nuestro lente, no impidió
que Rafael Peñalver, presidente del Club San Carlos, sostuviera
el asta de la bandera cubana hasta que la Antorcha de la
Libertad la iluminara. (Fotos: Brenda Tirado Torres)
La noche del 20 de Mayo culminaron las actividades culturales y
patrióticas, que se han estado llevando a cabo todo el año en
celebración del Centenario de la Independencia de Cuba. El
encuentro final fue en la Ermita de la Caridad, pero al poco rato
de iniciarse el acto, se desató una lluvia torrencial. A pesar de
la intemperie, sin embargo, algunos cubanos se quedaron bajo el
proverbial aguacero de mayo hasta ver encendida la Antorcha de la
Libertad, que había sido traída por la Caballería Mambisa desde el
Club San Carlos, en Cayo Hueso.
A continuación publicamos el discurso que Monseñor Agustín Román
iba a pronunciar esa noche. Aunque no pudo hacerlo al aire libre
ante el numeroso público allí reunido desde temprano, lo hizo bajo
el techo del Centro Varela, muy cerca del santuario, donde algunas
personas se habían refugiado.

Antes de llegar a la Ermita, la Antorcha pasó por lugares de
gran significado para los cubanos, entre ellos la Plaza de la
Libertad, donde se erigió un busto a José Martí. En la foto,
miembros de la Caballería Mambisa que llevaron la antorcha hasta
la
Ermita de la Caridad.
¡Cómo entendemos los cubanos en este día los sentimientos de aquel
predicador judío a quien el mundo llama Maestro y yo llamo Señor,
Jesús de Nazaret, cuando, contemplando desde una colina su ciudad
amada, Jerusalén, no pudo contener el llanto que brotaba de su
patriotismo!
Al igual que Jesús con Jerusalén, cada uno de nosotros quisiera
poder cobijar a Cuba y a sus hijos, como la gallina cobija a sus
pollitos bajo sus alas, darle todo nuestro calor, protegerla de
todo mal, y verla caminar feliz los caminos de la libertad, de la
justicia, de la verdad y del amor, que son, en fin de cuentas, los
caminos de la paz.
Hace cien años, las ilusiones cubanas alcanzaban su punto más alto
al ver subir hacia los cielos la bandera de la estrella solitaria.
Parecía que desde allí miraban protectoramente a la nueva
República todos los que la habían soñado, todos los que le habían
dado forma en el pensamiento y en la acción, desde el Padre Félix
Varela, el forjador, hasta José Martí, el realizador, pasando por
todos y cada uno de los millares de mambises y desterrados que
habían muerto en el empeño. Y cuando Máximo Gómez exclamaba
jubiloso “¡Creo que hemos llegado!”, recogía en esa frase los
sentimientos y deseos de toda la nación.

Monseñor Agustín Román canta el
Himno Nacional cubano.
Mucho se ha discutido en el transcurso de esta centuria si se
equivocaba el Generalísimo al expresar así su alegría el 20 de
Mayo de 1902, o si, por el contrario, era acertado su juicio.
Quizás es que no nos hemos dado cuenta de que, en la vida de una
nación, llegar no es un verbo intemporal y definitivo, sino uno
que describe los desafíos y las metas de cada generación, desafíos
que solamente pueden ser satisfechos y metas que únicamente son
logradas en el constante quehacer del bien.
Por eso no resulta contradictorio afirmar que no se equivocaba
Máximo Gómez, que llegamos, sí, aquel día glorioso cuyo centenario
hoy celebramos, que llegamos muchas veces más en el decursar del
tiempo y que, al mismo tiempo, retrocedimos, para nuestro mal, en
no pocas ocasiones.
Llegamos aquel 20 de Mayo al tomar posesión el primer presidente,
Don Tomás Estrada Palma. Llegamos en 1910 cuando era un negro
cubano, Martín Morúa Delgado, presidente del Senado. Llegamos unos
años después cuando Cuba conquistó su soberanía sobre la Isla de
Pinos. Llegamos en 1934 al derogarse, sin conflicto, la Enmienda
Platt. Llegamos el día que obtuvo el voto la mujer cubana.
Llegamos el día que se firmó la Constitución del 40. Llegamos cada
vez que hubo unos comicios libres, cada vez que se aprobó una ley
de beneficio popular.
Llegamos también cada vez que nuestros hombres y mujeres se
destacaron en la caridad, en la filosofía, en las artes, en las
letras, en la ciencia, en el deporte, en el comercio o en
cualquier otra actividad. Habría tantos nombres que mencionar como
muestras de excelencia, que estaríamos aquí por largas horas. Lo
más importante: llegamos cada vez que un cubano le dio la mano a
otro cubano.

Ambrosio Hernández, del Canal 51 (izquierda) y Alina Mayo Azze,
del 23, leyeron textos de Martí.
Retrocedimos también y es preciso ser veraces y valientes para
reconocer nuestros errores, aprender de ellos y no repetirlos.
Retrocedimos al principio de la República, cuando tuvimos una
innecesaria guerrita racial; retrocedimos cada vez que se dio una
“brava” electoral, cada vez que quedó impune la corrupción pública,
cada vez que se vendió un voto, retrocedimos con cada dictadura y
cada golpe de estado, retrocedimos cuando se socavaron las
instituciones republicanas, cuando quiera que la ambición personal
o la envidia se impusieron sobre el bien común y el patriotismo.
Retrocedimos de manera notable hace 43 años, cuando comenzó la
negra etapa del huracán del marxismo ateo, que todavía hoy se
abate sobre Cuba.
No puedo evitar que vengan a mi mente las palabras sabias y
valientes del arzobispo de Santiago de Cuba, Mons. Pedro Meurice,
cuando al recibir al Santo Padre Juan Pablo II en la capital
oriental, a principios de 1998, le presentaba a éste la realidad
cubana de este triste momento y le decía, entre otras palabras, y
cito: “Le presento, además, a un número creciente de cubanos que
han confundido la patria con un partido, la nación con el proceso
histórico que hemos vivido en las últimas décadas, y la cultura
con una ideología”.

Rosa Leonor Whitmarsh, coordinadora de las celebraciones del
Centenario, abre el acto.
Más adelante, el respetado Arzobispo le decía también al Papa:
“Hay otra realidad que debo presentarle: la nación vive aquí y
vive en la diáspora; el cubano sufre, vive, espera aquí y también
sufre, vive y espera allá afuera. Somos un único pueblo que
navegando a trancos sobre todos los mares, seguimos buscando la
unidad, que no será nunca fruto de la uniformidad, sino de un alma
común y compartida a partir de la diversidad”.
Anteriormente y acaso sin proponérselo, Monseñor Meurice ya lo
había resumido todo al decirle, en ese mismo discurso, al
Mensajero de la Verdad y la Esperanza: “Le presento el alma de una
nación que anhela reconstruir la fraternidad a base de libertad y
de solidaridad”.
Inspirado en esas palabras, yo quiero aprovechar esta magna
ocasión, el Centenario de la República de Cuba, para presentar
también la realidad de un pueblo, de una nación donde las luces
sobrepasan a las sombras y donde el amor de Dios y la voluntad de
sus hijos han permitido más avances que retrocesos. Aún en medio
de las tinieblas del presente, la luz de los valores y las
virtudes que conforman el espíritu de la nación cubana, brilla
sobre la oscuridad de la opresión impuesta.

Cuando ya casi todos se habían marchado, Enrique Arias
permanecía sentado a pesar de la lluvia que lo empapaba, como no
queriendo marcharse de la celebración del 20 de Mayo.
Nuestra realidad está marcada por esa gran tragedia, la de la
opresión totalitaria, impuesta cruelmente a nuestro pueblo por los
últimos 43 años. Podemos presentar a un pueblo despojado de todo
derecho sobre una tierra en la cual se juntan, como dijo Heredia,
el poeta santiaguero, “las bellezas del físico mundo y los
horrores del mundo moral”.
Podemos presentar un pueblo sometido a la deshumanización, la
mentira y el terror por su propio gobierno. Podemos presentar, con
dolor sincero, a una Cuba que es hoy y ha sido por tan largo
tiempo, la negación de los valores de la República del 20 de Mayo.
Pero al mismo tiempo, podemos presentar también la fortaleza de
esos valores que sustentan el alma de la nación, el espíritu de
nuestro pueblo, por encima de las presentes circunstancias. De
esos valores han dado testimonio millares de fusilados por causas
de conciencia, que han muerto dando vivas a Cristo Rey y a Cuba
Libre, muchos de los cuales, antes de morir, han dejado hermosas
cartas de despedida, ausentes de odio y resentimiento.
Han dado testimonio de esos valores cubanos, en estos 43 años,
otros muchos que de mil maneras diferentes han ofrendado sus vidas
por la liberación de la patria; los prisioneros políticos que, por
defender esos valores, no han dejado vacías las cárceles del país;
los promotores del respeto a los derechos humanos; los que
trabajan por el cambio a través de la lucha cívica no violenta, y
todos los que, sobreponiéndose al miedo, se hacen protagonistas de
nuestra historia al reclamar derechos civiles tan fundamentales
como la libre expresión, la libre asociación, la libre
participación en todos los niveles de la economía, y elecciones
libres, a través de ayunos, jornadas de oración, o recogiendo
firmas que demuestran la voluntad de liberación del cubano de hoy.

La
atleta Berta Arias, protegida de la lluvia por el poeta Angel
Cuadra.
Y podemos presentar también como muestra de esos valores, con toda
la modestia que nuestra condición impone, al pueblo desterrado, a
este pedazo de la nación que vive fuera de sus fronteras físicas,
pero vive imbuído de sus esencias. Un pueblo que, si en Cuba no se
ha dejado conquistar por la miseria, afuera no se ha dejado
conquistar por la abundancia: un pueblo que no solamente no ha
olvidado sus raíces, sino que ha mantenido una admirable fidelidad
a éstas y al deber que para con su patria siente, el de verla de
nuevo libre y justa. Un pueblo que no solamente ha conservado su
espíritu, sino que lo ha sabido traspasar a las nuevas
generaciones, incluso a los que nunca han visto su patria de
origen.
¡Aquí está la familia cubana reafirmada en el amor, aquí están los
municipios que por más de 35 años, año tras año, han venido a este
templo a orar por Cuba; aquí está el cubano que no olvida a su
hermano y lo ayuda generosamente y lo acoge si se le une en el
destierro; aquí están nuestras organizaciones que no han cejado
nunca en el empeño por la libertad! ¡Pocos pueblos en el mundo han
dado pruebas mayores de fidelidad a sí mismos, a sus valores y a
su identidad… los cubanos de la Isla y los cubanos del exilio… una
sola nación con un mismo reclamo: la libertad gloriosa de los
hijos de Dios!
Como cubano y como sacerdote –y no puedo, ni quiero, dejar de ser
ninguna de las dos cosas– yo quiero, en esta noche única en todo
un siglo, recoger los sentimientos que viven en los corazones de
ustedes, aquí presentes, y me atrevería a decir que puedo recoger
también los de los que no pueden estar aquí, los cubanos dispersos
por todo el planeta, así como los de los que anhelan la liberación
allá en nuestra Isla querida.
Unidos todos en esos sentimientos, queremos dar las gracias más
sinceras a Estados Unidos de América, la nación que nos acoge, y a
todos los hombres y mujeres de todos los países del mundo que, en
esta hora de desventura, son solidarios con el pueblo cubano.
Humildemente les pedimos también todo el apoyo que puedan darnos
para la consecución de nuestras justas aspiraciones.
Unidos en esos sentimientos, damos las gracias también a todos los
hombres y mujeres que concibieron, fundaron y engrandecieron
nuestra República. A todos los que entregaron sus vidas por la
justicia. A todos los que hoy se sacrifican por ella, en Cuba y en
el destierro.
Es por todo esto, porque viven nuestros valores, y porque nuestra
esperanza la ponemos en Dios, que podemos mirar al futuro con
expectante alegría. ¡Vendrá la liberación, no lo dude nadie! ¡Volverá
la fraternidad entre los cubanos y estos tiempos de tiniebla se
esfumarán en la claridad del amor y la reconciliación! Al igual
que Máximo Gómez, podrá exclamar un día cada cubano: “¡Creo que
hemos llegado!”.
Y para asegurarnos de ese nuevo 20 de Mayo que esperamos, quisiera
pedirles ahora a todos que confirmemos nuestro compromiso con el
alma de la nación cubana. Confirmemos nuestro compromiso con los
valores que se encierran en nuestro lema tradicional de Dios,
Patria y Familia. Confirmemos nuestro altísimo compromiso con la
libertad, la verdad, la justicia y el amor. Confirmemos nuestro
compromiso con el respeto a los derechos humanos y nuestro
compromiso de no descansar, de no desfallecer, hasta ver
reinstaurada en Cuba aquella que José Martí definiera como “la
república cordial” bajo la fórmula del amor triunfante.
Yo me traicionaría a mí mismo y desvirtuaría la manera en que
concibo el amor a la Patria, si no lo identificara con el amor de
Dios. Por eso les pido que me permitan, más allá de la fe
particular de cada uno, que me permitan poner este solemne
compromiso del Centenario de la República, como si fuera una
oración, y lo es, a los pies de Dios Nuestro Señor, diciéndole
simplemente: Señor, tú que eres el Dios liberador, ten piedad de
nosotros. Haz que nos unamos, que nos amemos y que tengamos las
fuerzas necesarias para cumplir este compromiso. Aquí estamos,
Señor, ¡Cobija a Cuba bajo tu amor, como la gallina cobija a los
pollitos bajo sus alas! ¡Salva a Cuba, Señor!
Monseñor Agustín Román
Obispo Auxiliar de Miami
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