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Corpus Christi


Adele González

   

Hace algunos años tuve una experiencia inolvidable. Recuerdo que un grupo de amigos nos habíamos reunido para celebrar la Eucaristía en nuestra casa. Un sacerdote amigo presidía. Como era algo íntimo estábamos todos sentados alrededor de la mesa que servía de altar. En medio de la liturgia de la Palabra la puerta se abrió y dos hombres aparecieron en el umbral. Eran dos guajiros cubanos que muy respetuosamente se quitaron sus sombreros al encontrarse con este grupo de personas sentadas tan solemnemente alrededor de una mesa. El más anciano se presentó como Arsenio, y nos explicó que el joven era su nieto y que querían saber si necesitábamos que nos podaran el césped. Después de la sorpresa inicial y tratando de desplegar el espíritu de acogida que debe caracterizar a los cristianos, les explicamos con gran amabilidad que no necesitábamos sus servicios y que estábamos en el medio de la celebración de una Misa. Luego de pedirnos disculpas por la interrupción, Arsenio nos preguntó si podían unirse a la celebración, pues en esa casa se “respiraba” una gran paz. Confieso que, con un poco de reserva, aceptamos la inesperada compañía.

La Misa continuó mientras yo sentía una mezcla de sorpresa y molestia, porque ellos no estaban “vestidos apropiadamente” y porque en realidad dudaba si estos dos hombres entendían lo que allí se celebraba. Cuando llegó el momento de darnos el saludo de paz, recibí los abrazos cariñosos de Arsenio y su nieto con cierta reserva. En esos momentos sentí que estaba actuando como una “buena cristiana” al recibir con paciencia los saludos de paz de estos dos extraños. Pensé que ahí acababa todo. Pero nuestro Dios, que ama sin reservas y nos da lecciones sobre este amor, me tenía una sorpresa preparada.

Sin razón alguna, excepto mis prejuicios, asumí que Arsenio y su nieto no se acercarían a comulgar. Cuál no sería mi sorpresa cuando el viejo guajiro se unió a nuestro grupo y al levantarnos para recibir la comunión se colocó detrás de mí en espera de recibir también el Cuerpo de Cristo. Los segundos que transcurrieron mientras esperaba mi turno me parecieron horas. Me encontraba totalmente distraída en este momento tan sagrado, sólo pensaba en Arsenio que venía detrás de mí y en su supuesta falta de preparación para comulgar ese día. ¡Qué grande es el amor de Dios! En el momento que coloqué mis manos abiertas delante del sacerdote y escuché las palabras: “el cuerpo de Cristo”, algo se liberó dentro de mí y al decir en voz alta mi Amén, entendí más allá de cualquier conocimiento humano, que al decirle amén al pan consagrado, también le había dicho amén a Arsenio y a su nieto, y que ellos, lo mismo que el pan, eran parte del cuerpo de Cristo que yo acababa de aceptar en mi vida.

Creo que es esta realidad la que San Pablo trató de expresar en su Primera Carta a los Corintios cuando escribió: “Como uno es el pan, todos pasamos a ser un solo cuerpo, participando todos del único pan” (1 Cor 10, 17).

A veces nos resulta fácil creer en la presencia real de Cristo en la hostia consagrada, y me lleno de gozo cuando respondo “Amén” cada vez que me la ofrecen.

Sin embargo, la experiencia con Arsenio y su nieto me enseñó otra verdad quizás más difícil de aceptar: cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, no solamente decimos sí a la presencia de Cristo bajo estas formas, sino que aceptamos incondicionalmente nuestra unión con todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Esto incluye, como también nos dice Pablo, a todos los que “hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un único cuerpo” (1 Cor 12, 13).

En esta carta a los Corintios, Pablo nos regala una de las comparaciones más bellas de sus cartas: el Cuerpo de Cristo es como nuestro cuerpo. Todas las partes son necesarias y todas tienen una función diferente. “Aun las partes del cuerpo que parecen más débiles son las más necesarias. Y a las partes que menos estimamos las vestimos con más cuidado” (12, 2223).

La lección está bien clara: De nada vale que en cada Misa extienda mis manos y diga que sí al cuerpo de Cristo presente en el pan, si al mismo tiempo no estoy aceptando a todos los miembros del Cuerpo de Cristo a mi alrededor. ¡Qué hipócrita si pienso que mi santidad depende de hacer un acto de fe en un pedazo de pan, cuando al mismo tiempo rechazo a algún miembro del único cuerpo de Cristo! ¡Qué cómodo de mi parte decir Amén al Cristo de la historia (el que vino), y al Cristo de la parusía (el que vendrá de nuevo), mientras rechazo al de hoy (la comunidad de los creyentes)!

Como cubanoamericana exilada desde hace 40 años y celebrando hoy desde Miami el Centenario de la República de Cuba, me pregunto: ¿Cuántos Arsenios hay en mi vida hoy que no estoy dispuesta a “tragarme” cuando con tanta devoción consumo el pan sagrado? ¿Cuántas veces he sentido rechazo hacia mis hermanos en Cuba, o hacia mis hermanos en el exilio que no piensan como yo? ¿Cuántas veces he fallado en solidarizarme con el sufrimiento de otros pueblos y razas, ya que somos parte de un mismo Cuerpo, y “cuando uno sufre, todos los demás sufren con él”?

Al escribir esta reflexión, pienso en Arsenio y su nieto, aquellos mensajeros de Dios que hace algunos años me enseñaron el significado más profundo de la Eucaristía y del Amén. Pido que en estos días en que celebramos la festividad de Corpus Christi no perdamos nunca la perspectiva del Cuerpo Místico de Cristo vivo en nuestras calles y a quien le decimos “Amén” cada vez que comemos el pan y bebemos el cáliz en nuestras iglesias.

 

 (Adele González es subdirectora de la Oficina de Ministerios Laicos de la Arquidiócesis de Miami. Puede escribirle a AdeleGonz@aol.com.)