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Prioridades y falta de fondos obligan a hacer recortes

Arzobispo John C. Favalora
Mis queridos amigos:
Se acercan tiempos difíciles. El Centro Pastoral de la
Arquidiócesis de Miami se ha visto en la obligación de hacer
reducciones en el personal.
Como lo expliqué a nuestros empleados durante una Misa hace unas
semanas, la difícil decisión de llevar a cabo estos recortes fue
solamente mía. Quizás el proceso hubiese sido más fácil de haberse
realizado gradualmente hace años, cuando el Consejo Financiero
Arquidiocesano me advirtió que nuestros gastos aumentaban con
mayor rapidez que nuestros ingresos.
El Centro Pastoral de la Arquidiócesis depende de tres fuentes de
recursos: un impuesto o contribución asignado a cada parroquia; la
Campaña Anual del Arzobispo para Caridades y Desarrollo (ABCD), y
los ingresos de nuestra cartera de inversiones.
Cerca de $1 millón de dichos fondos se separa todos los años para
Caridades Católicas. Otro millón se destina al subsidio de las
escuelas católicas en los barrios más necesitados, y otro es para
ayudar a las parroquias pobres.
La Arquidiócesis también designó $4 millones para cada una de las
escuelas superiores nuevas, Arzobispo McCarthy, en Broward, y
Arzobispo Caroll, en Miami-Dade.
El costo de $12 millones por cada escuela superior fue dividido en
partes iguales entre las parroquias, la Arquidiócesis y las mismas
escuelas.
El remanente de los fondos se utiliza para pagar los ministerios
arquidiocesanos como Vida Familiar, Ministerios Laicos, Ministerio
Juvenil, Vocaciones, Tribunal, Escuelas, Educación Religiosa, los
periódicos arquidiocesanos, nuestros dos seminarios y muchos más.
Para poder cubrir nuestros déficits operativos en el pasado,
complementamos los fondos de ABCD y las contribuciones de las
parroquias con dividendos de nuestras inversiones.
En años recientes, el número de parroquias que necesitan ayuda ha
ido en aumento, mientras que el valor de nuestra cartera de
inversiones ha disminuido, al igual que el de todo el mundo.
Sería económicamente irresponsable vender los activos a largo
plazo –acciones y propiedades–, para pagar los gastos a corto
plazo; sería como vender el automóvil para pagar la gasolina.
Cuando los activos bajan de cierto punto, los bancos dejan de
hacernos préstamos —y a las parroquias— con bajos intereses.
Así que me encontré en un dilema: recortar los subsidios a las
parroquias y a las escuelas pobres, o recortar servicios del
Centro Pastoral. Opté por la segunda, porque creo que la presencia
de la Iglesia en las zonas más necesitadas —especialmente nuestras
escuelas— es parte esencial de nuestra misión.
Creo también, dadas las circunstancias, que necesitamos
reorganizar los servicios del Centro Pastoral para satisfacer las
necesidades de nuestro pueblo.
Las parroquias son la base de la fe para la gran mayoría de los
católicos. Estos quizás ni lleguen a pisar el Centro Pastoral,
pero se reúnen todos los domingos en la iglesia. Ahí es donde
satisfacen su hambre espiritual, reciben los sacramentos y educan
a sus niños en la fe.
Todos nuestros esfuerzos y ministerios deben ser enfocados a
ayudar a que las parroquias puedan realizar su misión tan
efectivamente como sea posible.
De acuerdo con el principio rector de la Iglesia de subsidiar, las
oficinas arquidiocesanas deben evitar asumir tareas o ministerios
que pueden ser realizados con mayor efectividad a nivel parroquial.
Esa ha sido la razón de la decisión que se tomó en lo referente a
los fondos de las oficinas centrales.
Sabemos que ninguna de estas razones disminuye el sufrimiento de
los que se ven afectados por estos recortes en el presupuesto.
Esas personas están eminentemente capacitadas y estamos haciendo
lo más posible por encontrarles empleos en otras áreas de la
Arquidiócesis.
En este momento difícil para nuestra familia arquidiocesana, deseo
expresarles mi profunda gratitud a quienes han servido tan bien a
nuestra Iglesia durante tantos años. Ustedes han ayudado a que el
Reino de Dios esté más presente en el Sur de la Florida. Su
trabajo por el Señor no dejará de ser recompensado. Les
garantizamos nuestras oraciones de gratitud.
(Mons. John C. Favalora es el arzobispo de Miami.)
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