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La Iglesia Católica de la Colonia a la República


El 20 de mayo de 1902 a las 4 de la tarde, se celebró en la Catedral de La Habana el solemne Te Deum, al que asistió el primer presidente de la República, Don Tomás Estrada Palma.

Orlando Márquez
La Voz Católica

LA HABANA – Al mediodía del 20 de mayo de 1902, todas las iglesias de la Isla que permanecían en pie después de la guerra repicaron campanas. Era la forma de unirse al histórico momento que marcaba una nueva era: el nacimiento de la República de Cuba.

En realidad no fue un acto espontáneo, pues así lo había dispuesto, mediante el decreto fechado el 29 de abril, “Sobre las fiestas de la constitución de la República de Cuba”, el arzobispo de Santiago de Cuba y Administrador Apostólico de La Habana, Francisco de Paula Barnada y Aguilar, con el fin de que la Iglesia tome parte, como es justo, en las fiestas que se avecinaban. El mismo decreto indicaba, para las 4 de la tarde del 20 de mayo, solemne Te Deum en la Santa Iglesia Catedralde La Habana, al que asistió el recién estrenado presidente Tomás Estrada Palma.

 

El Arzobispo había decretado igualmente que el resto de ese mes se ofreciera por la nueva República. Los días 21, 22 y 23 de mayo, todos los sacerdotes del país ofrecerían misas para dar gracias a D.N.S. por el beneficio de este día y por todos los demás concedidos a Cuba”. Para pedir por el Presidente y el Congreso se dedicarían las misas del 24 al 26. Por último, los días 27, 28 y 29 de mayo, se oficiarían misas “ad petendam charitatem para obtener la gracia de que todos los habitantes de la República cubana, así nacionales como extranjeros, estén entre sí unidos en el vínculo santísimo de la caridad, paz, unión y concordia”.

 


Cuba volvió a tener Cardenal en 1994, cuando Juan Pablo II nombró a Jaime Ortega Alamino.

 

Antes de ser declarada la República, y en plena ocupación norteamericana, se puso a prueba la habilidad diplomática de la Santa Sede. Terminado el control de España, y del Patronato Regio, el Papa podía designar libremente a los obispos, pero la nueva situación política de Cuba demandaba acciones consecuentes.

El 2 de julio de 1899 el Papa León XIII nombra a Francisco de Paula Barnada arzobispo de Santiago de Cuba. Nacido en aquella ciudad, Barnada fue el primer obispo cubano de nuestra historia republicana. Sus sentimientos favorables a Cuba más que a España le habían identificado ya desde la Guerra de los Diez Años, y por tales motivos había sido trasladado de Santiago a Guanabacoa, en La Habana.

Se dice que Manuel Santander y Frutos, obispo de La Habana nombrado por la Corona en 1887, como buen Pastor habría deseado permanecer después de la guerra, pero la Santa Sede, y no pocos cubanos, tenían un criterio distinto, por lo que Santander marchó a España. Pero si Roma consideró conveniente un obispo cubano para Santiago, para La Habana eligió a un italiano: Donato Sbarretti y Tazza, por entonces Auditor de la Delegación Apostólica del Vaticano en Washington. La Habana era la sede del Gobierno interventor norteamericano y en el Castillo del Morro la bandera española no había sido sustituida por la cubana. Sbarretti fue un obispo de tránsito que tuvo que enfrentar tanto el agrado como los disgustos de los cubanos por su nombramiento en 1900, pero sus relaciones con el presidente McKinley le permitieron iniciar un proceso de entendimiento con los ocupantes y facilitar a la Iglesia el litigio para la recuperación de los bienes eclesiásticos incautados por España a las congregaciones religiosas en la primera mitad del siglo XIX.

Para cerrar el círculo de su nueva estrategia eclesiástica, el Papa nombró entonces su primer delegado apostólico para Cuba, designado también para Puerto Rico y Filipinas: Monseñor Plácido de La Chapelle, arzobispo de New Orleans.

El cristianismo había marcado cuatro siglos de nuestra historia, muchos sacerdotes, religiosas y religiosos, habían dado muestras inéditas de entrega generosa y sacrificios en la evangelización, pero la Iglesia, como institución vinculada al poder colonial, sometida al Patronato Regio, estaba marcada por una pesada estela de desconfianza social. Los efectos de la Ilustración habían logrado lo suyo también, y el anticlericalismo, acrecentado con las influencias de la ocupación norteamericana, crecía junto al júbilo por el fin del dominio español.

Correspondió a estos tres hombres iniciar el tránsito eclesial hacia la República y restablecer la confianza, pero el camino era espinoso y los ánimos hostiles. Aunque en 1902 sólo existían las diócesis de Santiago y La Habana, y la primera ya tenía un Pastor nacional, para muchos cubanos, también católicos, era incomprensible que Roma nombrara un prelado extranjero para La Habana desplazando a valiosos y virtuosos sacerdotes cubanos.

 


El primer Cardenal de Cuba, Manuel Arteaga y Betancourt, nombrado por el Papa Pío XII en 1945, murió en 1963.

 

En 1903 Sbarretti fue enviado a Canadá y el cubano Pedro González Estrada es nombrado nuevo Obispo de La Habana, pero con un Auxiliar que vino de Estados Unidos. El mismo Presidente Estrada Palma, según la historia escrita, no ocultó su desagrado por el extranjero. Cuando el delegado apostólico La Chapelle le presentó a Buenaventura Broderick, el norteamericano nombrado Obispo Auxiliar de La Habana, el Presidente manifestó su rechazo, al parecer porque, precisamente, era norteamericano, y le dijo que estaba dispuesto a comunicar a Roma su parecer, que era el de muchos en su gobierno. Monseñor Broderick renunció en 1905.

En estos vaivenes se inició la vida de la Iglesia en la República. Vendrían después tiempos de calma y mayores posibilidades. En 1903 se crearon las diócesis de Pinar del Río y Cienfuegos, añadiéndose en 1912 Matanzas y Camagüey, todas con obispos nativos. Con los años habrían también más sacerdotes cubanos, y un mayor número de congregaciones religiosas dedicadas a las obras asistenciales y educacionales, cuyo influjo se hizo sentir en casi toda la estructura social y es recordado todavía hoy por los mayores.

Uno de los hechos más trascendentes en la historia de la Iglesia y la nación cubanas, tuvo lugar en 1916. Ese año, respondiendo a la solicitud de los veteranos de la Guerra de Independencia, el Papa Benedicto XV declaraba a la Virgen morena del Cobre como Patrona de Cuba. Era la reafirmación de un sentimiento enraizado ya en la memoria nacional. Como el escudo, el himno o la bandera, la Virgen de la Caridad del Cobre es símbolo de cubanía, y todos, donde quiera que estemos, nos sabemos sus hijos.

Para 1945, siendo evidente la sólida posición de la Iglesia institucional en la sociedad, el Papa Pío XII concede el birrete cardenalicio al entonces arzobispo de La Habana, Manuel Arteaga y Betancourt, un Cardenal llamado a ser “ornamento de su Patria, de las Antillas y de toda América Central”, según palabras del Papa cuando designó en el cubano al primer Cardenal de toda esta región. Arteaga en La Habana, y Pérez Serantes en Santiago de Cuba, junto al resto del episcopado cubano de entonces, marcaron un período pastoral apoyado en la no menos importante ofensiva de los seglares, cuya presencia en la vida social y política, si no cuajó a plenitud, no faltó y, en ocasiones, se hizo sentir.

Los cambios sociales y políticos radicales posteriores a 1959 estremecieron también a la Iglesia, y aún hoy limitan en gran medida su misión.

Durante casi tres décadas la Iglesia experimentó el aislamiento, el rechazo amplio, el escarnio y el encierro. Pero en 1986, el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) marcó la salida de los templos, el despojo de una pastoral de conservación y sobrevivencia para asumir una pastoral de mayor compromiso social, de apertura y compromisos con todos los cubanos. Así fue, y los frutos pudieron ser cosechados.

Cuba volvió a tener Cardenal en 1994, tres décadas después de la muerte de Arteaga. Hoy hay 11 diócesis y poco más de 300 sacerdotes para más de 11 millones de habitantes, una cifra muy inferior a los 700 que existían en 1958, para una población de 6 millones de cubanos. Tampoco cuenta hoy la Iglesia con los centros de enseñanza del pasado, ni centros asistenciales o acceso a los medios de comunicación de alcance nacional.

Los católicos en Cuba, y todos los cubanos de buena voluntad, iniciamos el año 1998 con verdadera alegría. La visita a Cuba del Papa Juan Pablo II a Cuba, del 21al 25 de enero, sigue siendo hoy el mayor acontecimiento socio religioso de nuestra historia. Y aunque, al parecer, para las autoridades cubanas aquel mensaje de Dios fue sólo un paréntesis en el tiempo, y muy poco, realmente muy poco, cambió para la Iglesia después de aquel hecho, para el pueblo cubano fue un regalo sin precedentes, un sello que no se ha borrado, un estremecimiento de la memoria nacional y religiosa de nuestra historia.

Tanto en la época colonial como en el periodo republicano iniciado hace cien años, la vida política de la Isla ha incidido en la vida de la Iglesia. Pero estas incidencias son temporales, por tanto correspondientes con el momento histórico. No ha sucedido lo mismo con la Iglesia Católica, cuya presencia por más de 500 años ha marcado de forma definitiva la vida nacional, eso sí, con mayor o menor influencia, con mayor o menor aceptación, pero siempre presente.

Si en la colonia los nombres de José Agustín Caballero o Félix Varela sentaron las bases de la nacionalidad, en la vida republicana no faltaron ilustres representantes de la Iglesia en el empeño por asumir su compromiso con Dios en medio de los hombres y mujeres de este país.

Aún hoy, la Iglesia continua, con peticiones y acciones, sus esfuerzos para que los habitantes de la República estén entre sí unidos por la caridad, la paz, la unión y la concordia, según el deseo que quedó plasmado en el decreto emitido, hace cien años, por el primer Obispo cubano de la República.