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Vale la pena


P. Pedro Corces

El Tiempo Pascual ha terminado. Entramos en lo que llamamos el Tiempo Ordinario, un término que quizás confunda a los fieles, ya que la palabra “ordinario” tiene la connotación de “tiempo sin percances mayores”, “tiempo aburrido”, cuando en realidad la vida de la fe, las celebraciones eucarísticas de “ordinarios” y “aburrido” no tienen nada.

Pero en el sexto Domingo de Pascua, antes del Domingo de la Ascensión, oímos en nuestras parroquias la Segunda Carta de San Pedro, que ha sido el texto a leer como segunda lectura en todos estos Domingos de Pascua de Resurrección.

En ese Sexto Domingo, el apóstol Pedro le decía a la comunidad primera cristiana y nos dice a nosotros: “…den culto al Señor Cristo en sus corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de su esperanza’’ (1 P  3, 15). Me impactó tanto esta sencilla pero retadora frase que la homilía de las Misas que presidí ese domingo se basaron simplemente en esta frase.

¿Sabemos en realidad por qué esperamos, por qué seguimos creyendo y relacionándonos con Dios, con su Hijo Jesús? ¿Por qué seguimos esperando en el Espíritu?

En momentos históricos mundiales y eclesiales tan difíciles y dolorosos, ¿qué hace que millones de hombres y mujeres de toda lengua, raza y nación se sigan proclamando cristianos y sigan teniendo esperanza?

Esta palabra viene del latín spes. De ahí viene también la palabra esperar. Tener esperanzas, vivir con esperanzas, tiene que ver en última instancia con saber esperar.

Mi primer artículo hace meses en La Voz Católica tenía que ver con este tema de esperar con fe y anticipación. Era Adviento. Hoy es tiempo de Pascua, o Tiempo Ordinario, y la liturgia eclesial vuelve a resucitar este tema: el de la esperanza o el esperar.

Parece ser que vivir con esperanzas, saber esperar es parte esencial de la vivencia cristiana: si no tenemos esperanzas, si no sabemos esperar, somos cualquier cosa menos cristianos. Pero, ¿qué hace que esperemos en Dios?

Todos hemos tenido que hacer cola alguna vez, esperar en fila para algo. Cuando hemos ido a Disney World en Orlando, tenemos que hacer larguísimas colas: esperamos 20 minutos, llegamos a un punto donde hay un letrero que anuncia que a partir de ese punto son 45 minutos más, y debajo en letras pequeñas dice que la duración del espectáculo es sólo de cinco minutos. Hacemos una cola de más de una hora para algo que dura cinco minutos, ¿por qué?

Llegamos a un restaurante con un grupo de amigos a celebrar un cumpleaños. Nos han dicho que es lo mejor que hay en Miami, pero nos dicen que tenemos que esperar unos 40 minutos por una mesa. Tenemos hambre, pero no nos vamos; esperamos los 40 minutos. ¿Por qué?

Una pareja espera nueve meses de gestación a la llegada de un hijo o una hija. El embarazo es difícil y peligroso, el parto doloroso, pero están dispuestos a pasarlo y más de una vez, ¿por qué? ¡Porque vale la pena! Esa es la respuesta que daríamos todos: se espera para un espectáculo porque vale la pena, se espera por una mesa en un restaurante porque vale la pena, esperar la llegada de un bebé vale aún más la pena.

¿Vale la pena esperar en Dios, en su amor y en su providencia? ¿Vale la pena esperar a ver cuándo Dios responde lo que pido? ¿Vale la pena luchar contra tanto y tantos para poder ser fieles al Evangelio? ¿Vale la pena Dios?

¡Claro que sí! ¡Esperamos en Dios y a Dios porque vale la pena!

Si esperamos en un restaurante por una mesa una hora es porque la gente nos lo ha contado, es porque sentimos los olores que salen de la cocina, porque vemos los platos que sirven en otras mesas.

¿Sientes el buen olor de la cocina de Dios? ¿Has percibido alguna vez los rayos de luz de Dios, de su bondad, de su poder y gloria, de su delicadeza que tiene hacia contigo y toda la creación?

Si has sentido el buen aroma de Cristo, de su gloria y santidad, entonces vale la pena. Tener esperanza es tener la convicción de que nada ni nadie te saca de “la cola de Dios”. No nos salimos de una cola porque estemos cansados; nos salimos porque pensamos que nuestro cansancio no vale la pena, ya que hemos hecho el juicio sobre el objeto de nuestra esperanza: no vale la pena, no se merece nuestra espera y cansancio.

Tener esperanza en Dios es decir que todo cansancio, cada lágrima, cada lucha, cada pensamiento y acción buenos han valido, valen y valdrán la pena. Nadie ni nada nos sacará de la cola de Dios.

 (El padre Pedro Corces es director de Vocaciones de la Arquidiócesis de Miami. Puede escribirle a vocdirector@miamiarch.org.)