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Internet: un nuevo foro para la proclamación del Evangelio
Mensaje de Su Santidad Juan Pablo II para la XXXVI Jornada Mundial
de las Comunicaciones Sociales

El Papa inaugura el sitio oficial web de la Basílica de Nuestra
Señora de Guadalupe, el 12 de diciembre de 2001. El Santo Padre
rogó porque esta página en la red ayudara a promover la paz y
mejores relaciones raciales. (Foto Reuters)
Queridos hermanos y hermanas:
1. La Iglesia prosigue en todas las épocas la tarea comenzada el
día de Pentecostés, cuando los Apóstoles, con el poder del
Espíritu Santo, salieron a las calles de Jerusalén a anunciar el
Evangelio de Jesucristo en diversas lenguas (Hch 2, 5-11). A lo
largo de los siglos sucesivos, esta misión evangelizadora se
extendió a todos los rincones de la tierra, a medida que el
cristianismo arraigaba en muchos lugares y aprendía a hablar las
diferentes lenguas del mundo, obedeciendo siempre al mandato de
Cristo de anunciar el Evangelio a todas las naciones (Mt
28, 19-20).
Pero la historia de la evangelización no es sólo una cuestión de
expansión geográfica, ya que la Iglesia también ha tenido que
cruzar muchos umbrales culturales, cada uno de los cuales requiere
nuevas energías e imaginación para proclamar el único Evangelio de
Jesucristo. La era de los grandes descubrimientos, el Renacimiento
y la invención de la imprenta, la Revolución industrial y el
nacimiento del mundo moderno: estos fueron también momentos
críticos, que exigieron nuevas formas de evangelización. Ahora,
con la revolución de las comunicaciones y la información en plena
transformación, la Iglesia se encuentra indudablemente ante otro
camino decisivo. Por tanto, es conveniente que en esta Jornada
mundial de las comunicaciones de 2002 reflexionemos en el tema:
“Internet: un nuevo foro para la proclamación del Evangelio”.
2. Internet es ciertamente un nuevo “foro”, entendido en el
antiguo sentido romano de lugar público donde se trataba de
política y negocios, se cumplían los deberes religiosos, se
desarrollaba gran parte de la vida social de la ciudad, y se
manifestaba lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. Era un
lugar de la ciudad muy concurrido y animado, que no sólo reflejaba
la cultura del ambiente, sino que también creaba una cultura
propia. Esto mismo sucede con el ciberespacio, que es, por decirlo
así, una nueva frontera que se abre al inicio de este nuevo
milenio. Como en las nuevas fronteras de otros tiempos, ésta
entraña también peligros y promesas, con el mismo sentido de
aventura que caracterizó otros grandes períodos de cambio. Para la
Iglesia, el nuevo mundo del ciberespacio es una llamada a la gran
aventura de usar su potencial para proclamar el mensaje evangélico.
Este desafío está en el centro de lo que significa, al comienzo
del milenio, seguir el mandato del Señor de “remar mar adentro”:
Duc in altum (Lc 5, 4).
3. La Iglesia afronta este nuevo medio con realismo y confianza.
Como otros medios de comunicación, se trata de un medio, no de un
fin en sí mismo. Internet puede ofrecer magníficas oportunidades
para la evangelización si se usa con competencia y con una clara
conciencia de sus fuerzas y sus debilidades. Sobre todo, al
proporcionar información y suscitar interés, hace posible un
encuentro inicial con el mensaje cristiano, especialmente entre
los jóvenes, que se dirigen cada vez más al mundo del ciberespacio
como una ventana abierta al mundo. Por esta razón, es importante que
las comunidades cristianas piensen en medios muy prácticos de
ayudar a los que se ponen en contacto por primera vez a través de
Internet, para pasar del mundo virtual del ciberespacio al mundo
real de la comunidad cristiana.
En una etapa posterior, Internet también puede facilitar el tipo
de seguimiento que requiere la evangelización. Especialmente en
una cultura que carece de bases firmes, la vida cristiana requiere
una instrucción y una catequesis continuas, y esta es tal vez el
área en que Internet puede brindar una excelente ayuda. Ya existen
en la red innumerables fuentes de información, documentación y
educación sobre la Iglesia, su historia y su tradición, su
doctrina y su compromiso en todos los campos en todas las partes
del mundo. Por tanto, es evidente que aunque Internet no puede
suplir nunca la profunda experiencia de Dios que sólo puede
brindar la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, sí puede
proporcionar un suplemento y un apoyo únicos para preparar el
encuentro con Cristo en la comunidad y sostener a los nuevos
creyentes en el camino de fe que comienza entonces.
4. Sin embargo, hay ciertas cuestiones necesarias, incluso obvias,
que se plantean al usar Internet para la causa de la
evangelización. De hecho, la esencia de Internet consiste en
suministrar un flujo casi continuo de información, gran parte de
la cual pasa en un momento. En una cultura que se alimenta de lo
efímero puede existir fácilmente el riesgo de considerar que lo
que importa son los datos, más que los valores. Internet ofrece
amplios conocimientos, pero no enseña valores; y cuando se
descuidan los valores, se degrada nuestra misma humanidad, y el
hombre con facilidad pierde de vista su dignidad trascendente. A
pesar de su enorme potencial benéfico, ya resultan evidentes para
todos algunos modos degradantes y perjudiciales de usar Internet,
y las autoridades públicas tienen seguramente la responsabilidad
de garantizar que este maravilloso instrumento contribuya al bien
común y no se convierta en una fuente de daño.
Además, Internet redefine radicalmente la relación psicológica de
la persona con el tiempo y el espacio. La atención se concentra en
lo que es tangible, útil e inmediatamente asequible; puede faltar
el estímulo a profundizar más el pensamiento y la reflexión. Pero
los seres humanos tienen necesidad vital de tiempo y serenidad
interior para ponderar y examinar la vida y sus misterios, y para
llegar gradualmente a un dominio maduro de sí mismos y del mundo
que los rodea. El entendimiento y la sabiduría son fruto de una
mirada contemplativa sobre el mundo, y no derivan de una mera
acumulación de datos, por interesantes que sean. Son el resultado
de una visión que penetra el significado más profundo de las cosas
en su relación recíproca y con la totalidad de la realidad. Además,
como foro en el que prácticamente todo se acepta y casi nada
perdura, Internet favorece un medio relativista de pensar y a
veces fomenta la evasión de la responsabilidad y del compromiso
personales.
En este contexto, ¿cómo hemos de cultivar la sabiduría que no
viene precisamente de la información, sino de la visión profunda,
la sabiduría que comprende la diferencia entre lo correcto y lo
incorrecto, y sostiene la escala de valores que surge de esta
diferencia?
5. El hecho de que a través de Internet la gente multiplique sus
contactos de modos hasta ahora impensables abre maravillosas
posibilidades de difundir el Evangelio. Pero también es verdad que
las relaciones establecidas mediante la electrónica jamás pueden
tomar el lugar de los contactos humanos directos, necesarios para
una auténtica evangelización, pues la evangelización depende
siempre del testimonio personal del que ha sido enviado a
evangelizar (cf. Rm 10, 14-15). ¿Cómo guía la Iglesia, desde el
tipo de contacto que permite Internet, a la comunicación más
profunda que exige el anuncio cristiano? ¿Cómo entablamos el
primer contacto y el intercambio de información que permite
Internet?
No cabe duda de que la revolución electrónica entraña la promesa
de grandes y positivos avances con vistas al desarrollo mundial;
pero existe también la posibilidad de que agrave efectivamente las
desigualdades existentes al ensanchar la brecha de la información
y las comunicaciones. ¿Cómo podemos asegurar que la revolución de
la información y las comunicaciones, que tiene su primer motor en
Internet, promueva la globalización del desarrollo y de la
solidaridad del hombre, objetivos vinculados íntimamente con la
misión evangelizadora de la Iglesia?
Por último, en estos tiempos tan agitados, permitidme preguntar: ¿cómo
podemos garantizar que este magnífico instrumento, concebido
primero en el ámbito de operaciones militares, contribuya ahora a
la causa de la paz? ¿Puede fomentar la cultura del diálogo, de la
participación, de la solidaridad y de la reconciliación, sin la
cual la paz no puede florecer? La Iglesia cree que sí; y para
lograr que esto suceda, está decidida a entrar en este nuevo foro,
armada con el Evangelio de Cristo, el Príncipe de la paz.
6. Internet produce un número incalculable de imágenes que
aparecen en millones de pantallas de ordenadores en todo el
planeta. En esta galaxia de imágenes y sonidos, ¿aparecerá el
rostro de Cristo y se oirá su voz? Porque sólo cuando se vea su
rostro y se oiga su voz el mundo conocerá la buena nueva de
nuestra redención. Esta es la finalidad de la evangelización. Y
esto es lo que convertirá Internet en un espacio auténticamente
humano, puesto que si no hay lugar para Cristo, tampoco hay lugar
para el hombre. Por tanto, en esta Jornada mundial de las
comunicaciones, quiero exhortar a toda la Iglesia a cruzar
intrépidamente este nuevo umbral, para entrar en lo más profundo
de la red, de modo que ahora, como en el pasado, el gran
compromiso del Evangelio y la cultura muestre al mundo “la gloria
de Dios que está en la faz de Cristo” (2 Co 4, 6). Que el Señor
bendiga a todos lo que trabajan con este propósito.

Ciudad del Vaticano
12 de mayo de 2002
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