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Cuba y diáspora: Más iniciativas de cercanía

 (En memoria de Lázaro y Elena)


Dagoberto Valdés

 Cuba necesita que estemos más cerca de su realidad.

Cuba, es decir, los cubanos, su historia, su economía, su religión, su política, su cultura, su presente y su futuro, necesitamos estar más cerca y más conscientes de nuestra propia situación. Más cerca los cubanos de aquí de la vida de los cubanos de la diáspora y más cerca de éstos con relación a los que vivimos en la Isla.

Pero Cuba es una nación, más que una Isla. Es una comunidad de personas, más que una geografía. Cuba es más un pueblo que sufre, que su propio gobierno. No reduzcamos a Cuba a sólo el ámbito de lo político. Eso es ayudar a encerrar en una trampa sin salida a los propios cubanos de aquí y de allá.

Cuando la mirada hacia un pueblo se reduce sólo a sus conflictos partidarios, dejamos fuera a la inmensa mayoría de los que sufren las arbitrariedades de los grupos sectarios, sean los que sean. No es algo nuevo en nuestra historia. Una de las causas del fracaso de la Guerra de los Diez Años (1868-1878) fue precisamente la división y el sectarismo de los propios cubanos, aprovechados al máximo por el gobierno colonial.

La política es importante para todo pueblo, pero primero hay que averiguar si lo que se llama política es en realidad “esa condición humana que busca la convivencia social en su más alto grado”–como dice una de sus definiciones– o es sólo intereses sectarios de parte y parte. Y segundo, aún cuando fuera la búsqueda honesta y sacrificada del bien común de la nación, es necesario no reducir la vida de una comunidad de ciudadanos al ámbito de un solo grupo, o al de su gobierno, o al de sus relaciones con otros gobiernos.

Estar, por tanto, más cerca de Cuba es estar más cerca de la vida cotidiana de todos los cubanos, de todos los aspectos de su vida, de sus pobrezas y riquezas, de sus sufrimiento y esperanzas. De sus pequeños proyectos realizables y de sus grandes sueños aún por alcanzar. Los cubanos hemos demostrado, sin chovinismos trasnochados sino mirando a nuestra historia del último siglo, que somos capaces de recuperarnos de grandes crisis y de situaciones extremas.

La diáspora de los cubanos es un signo de su capacidad de emprender de nuevo, de su capacidad para insertarse en un mundo competitivo y, en ocasiones, extraño. El servicio profesional y laboral de los cubanos, hoy, en cualquier rincón del planeta, habla de sus talentos y de su apertura hacia el mundo.

No somos los cubanos los que estamos cerrados al mundo. En todo caso hemos sido encerrados por intereses políticos, pero la inmensa mayoría de los cubanos somos y queremos ser abiertos y tolerantes. Lo pude experimentar hace unas semanas cuando la visita de Carter a Cuba y mucha gente me comentó la conmoción sentida al ver las dos banderas juntas, con respeto de ambas partes. Me refiero a lo que sintió el común de los cubanos. No desechemos eso para fijarnos sólo en la falta de resultados políticos a gran escala y a corto plazo. Es necesario estar cerca para ver, sentir y compartir estos aspectos de la vida de los cubanos que no salen por la televisión o la radio. Luego el mundo debe estar más cerca de los cubanos de dentro y de fuera. Pero más cerca de verdad, de forma eficaz, no sólo de sentimientos o de intenciones.

No digo que los sentimientos sean baldíos. Todo lo contrario. Pero sentimentalismos sin acción no basta. La “voluntad de cercanía”, que es un nuevo nombre de la solidaridad, complementa las intenciones de acompañar a Cuba.

Estar más cerca de Cuba. Es algo que debemos inventar, que seguir inventando, que no está escrito en ningún manual de relaciones internacionales o de política doméstica. Los cubanos somos creativos y hemos tenido que aprender a “inventar”, es decir, a levantar del polvo y del cansancio nuevas iniciativas. No sólo grandes iniciativas, sino las iniciativas pequeñas y realizables.

Debemos creer, lo digo una vez más, en la fuerza de lo pequeño, en el poder de las semillas, en la eficacia de las pequeñas obras. No sólo de las iniciativas políticas o económicas, sino de lo que podemos llamar  “iniciativas de cercanía”.

Cuba, la de la Isla y también la de la diáspora, necesita de esas “iniciativas de cercanía”. Ahora, aquí y allá, desde la vida cotidiana, desde la creatividad de cada uno de los que desean ayudar. Las iniciativas de cercanía son pequeños gestos de solidaridad, son pequeños proyectos de comunión, son sencillos mensajes de que estamos aquí y con ustedes. Iniciativas de cercanía es mostrar con hechos lo que nos dicta el corazón. Es acompañar a los que tienen una obra buena en la Isla y acompañar a los que tienen una obra buena en la diáspora. Yo creo en que desde ambas riberas podemos hacer más, con tal que no reduzcamos a un solo aspecto de la vida, –el político, o el de las remesas, o el de las gestiones de emigración, todos ellos buenos en principio– la vida entera de los cubanos.

Que el tiempo de vacaciones que comenzamos, tiempo de un ritmo diferente o de cierta liberación del agobio cotidiano, nos permita “tener el tiempo” que siempre pensamos y decimos a otros cubanos y a nuestras familias de aquí y de allá, “que nos falta”. Que hagamos el tiempo a fuerza de voluntad para estar cerca de Cuba, para inventar, desde ambas orillas, en ambas direcciones, una sola, una pequeña, una sencilla “iniciativa de cercanía”.

Pero, por favor, que sea realizable, que sea útil y, sobre todo, que sea perseverante.

Cuba, la nación que vive aquí y vive allá, lo necesita más que nunca.

¡Estemos cerca!

 (Dagoberto Valdés Hernández, es miembro del Pontificio Consejo Justicia y Paz, Director del Centro de Formación Cívica y Religiosa y de la Revista “Vitral” de la Diócesis de Pinar del Río, Cuba, www.vitral.org.)