|
Corazón de Cristo

Dora Amador Morales
Una ciudad contaminada, llena de rascacielos y fábricas se ve
detrás de Jesús crucificado. ¿Está la cruz formada por el hierro o
el cemento de un tren elevado? Pudiera ser. Como el aire viciado,
los elevados son ya parte integral de nuestros paisajes urbanos.
Me impresiona la pintura del jesuita M. Venzo, Corazón de Cristo.
La conozco a través de esta reproducción, pero a color, donde
domina el rojo –cielo, cruz, corazón–, la cuido y la guardo dentro
de mi Biblia, a veces como marcador. Tiene fuerza esta imagen.

“Cuánto necesita la humanidad contemporánea el mensaje que surge
de la contemplación del corazón de Cristo”, dijo el Papa el
domingo 23 de junio en el rezo del Ángelus. Juan Pablo II les
recordaba a los miles de católicos que le escuchaban, que el mes
de junio está marcado de modo particular por la devoción al
Sagrado Corazón de Jesús, y que esta celebración “significa
dirigirse hacia el centro íntimo de la persona del Salvador, sede
del amor que ha redimido al mundo”.
Con esa increíble fuerza interior y la ternura que lo caracterizan
tanto como su fragilidad física y su vejez, el Papa Woytila dijo
también: “Para salvar al hombre Dios ha querido donarle un
corazón nuevo, el corazón de Cristo, obra maestra del Espíritu
Santo, que comenzó a latir en el seno virginal de María y fue
traspasado por la lanza en la cruz, transformándose así en fuente
inagotable de vida eterna”.
Ese domingo que el Papa nos hablaba de nuevo de la donación
infinita del amor de Dios, buscaba yo en casa una pequeña foto
laminada del Padre Pío que me había regalado hacía años una
religiosa devota del santo de Pietrelcina. Cosidos detrás de la
foto hay unos hilos muy cortos, pudieran ser de un hábito
capuchino.
“Una reliquia del Padre Pío”, me dijo la religiosa cuando me la
dio. Yo la miré curiosa por un instante, pero seguí ocupada en lo
que estaba haciendo y guardé “la reliquia” en algún lugar que
después olvidé. Ahora la buscaba sin poderla encontrar suele
pasarnos a todos con algunas cosas recordando cuántas veces me la
había encontrado sin querer metida en un libro, en una gaveta o
sabe Dios dónde.
Cuando ya estaba a punto de abandonar la búsqueda pensando incluso
que la había regalado, abrí un archivo, era el último lugar donde
en principio hubiera buscado, pero pensé de momento que debía
abrirlo. Y allí estaba el Padre Pío, su pequeña imagen metida en
una carpeta llena de hojas de libreta con mis notas y fotocopias
de libros sobre la historia de la devoción al Sagrado Corazón y
sobre la religiosidad popular.
¿Qué hace aquí, pensé, el sacerdote franciscano? Para mi asombro y
maravilla, no tardé mucho en descubrir la feliz coincidencia: el
Padre Pío era un gran devoto al Sagrado Corazón de Jesús. Tanto,
que todos los días le rezaba una novena por él mismo escrita. Es
la que quiero hoy compartir con ustedes, porque el hallazgo me
pareció hermoso, porque en junio es la fiesta del Sagrado Corazón
de Jesús y fue la canonización, el pasado día 16 de este místico
extraordinario de nuestro tiempo que, como Francisco, sufrió y
supo amar y perdonar como pocos, pero como deberíamos hacer todos,
nos lo pide el Señor.
¿Por cuántas personas la habrá rezado?
¿Cuántas veces habrá invocado el Padre Pío el nombre de Jesús para
ayudar a otros? Innumerables, porque su vida entera fue eso: un
darse amorosamente a los otros. “El amor es el primer ingrediente
para el alivio del sufrimiento”, repetía el santo de San Giovanni
Rotondo. Fue esa convicción la que lo llevó a fundar la Casa de
Alivio al Sufrimiento, donde se atienden a miles de enfermos
indigentes. Fue esa convicción de amor la que lo llevó a centrar
su vida en la Eucaristía, a escuchar y absolver de sus pecados a
miles de personas de rodillas en un confesionario, entre ellas,
Juan Pablo II, uno de sus mayores devotos.
En estos tiempos nebulosos y violentos que vive la humanidad,
tiempos de ataques suicidas que se hacen cotidianos, como las
advertencias que nos lanzan a diario de más terror; tiempos de
asedio y de odio a la Basílica de la Natividad del Señor en Belén;
tiempos en que los cristianos son expulsados de Jerusalén, invoco
la certera oración: Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío.
Y esta otra de Francisco que hizo suya el Padre Pío y ahora
comparto contigo:
“El Señor te bendiga y te guarde,
Vuelva hacia ti su rostro,
tenga misericordia de ti,
y te conceda la paz”.
Novena al Sagrado Corazón de Jesús que rezaba el Padre Pío todos
los días:
1. ¡Oh, Jesús mío!, que dijiste: “En verdad les digo, pidan
y recibirán, busquen y encontrarán, llamen a la puerta y se les
abrirá!” He ahí que, confiando en tu Palabra divina, yo llamo, yo
busco, yo pido la gracia......
Padre Nuestro, Avemaría y Gloria. Sagrado Corazón de Jesús, en Ti
confío.
2. ¡Oh Jesús mío!, que dijiste: “En verdad les digo, todo
aquello que pidan a mi Padre en mi Nombre, El se los concederá”.
He ahí que al eterno Padre en tu Nombre yo pido la gracia.......
Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.
Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío.
3. ¡Oh Jesús mío!, que dijiste: “En verdad les digo,
pasarán los cielos y la tierra, pero mis palabras no pasarán.”
He ahí que animado por la infalibilidad de tus palabras yo pido la
gracia......
Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.
Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío.
¡Oh Sagrado Corazón de Jesús, al cual le es imposible no sentir
compasión por los afligidos, ten piedad de nosotros, pobres
pecadores, y concédenos las gracias que pedimos en nombre del
sufrido e Inmaculado Corazón de María, Tu tierna Madre y la
nuestra.
Decir un Salve y añadir: “San José, padre adoptivo de Jesús, ruega
por nosotros”.
|