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La Iglesia en Peligro
(Presentación
de Scott Appleby, líder laico invitado a hablar en la Reunión de
Obispos de Estados Unidos, celebrada del 12 al 14 de junio en
Dallas, Texas. Appleby es profesor de la Universidad Notre Dame)

Scott Appleby, líder laico profesor de Notre Dame. (CNS)
Agradezco al Arzobispo Flynn y a Monseñor Maniscalco por invitarme
a hablar con ustedes hoy. En los últimos cinco meses, he intentado
hablarles, al igual que otros laicos católicos, a través de los
medios de comunicación. Prefiero mucho más este foro donde las
palabras de uno no pueden editarse para apoyar una historia
preexistente con titulares invisibles que proclaman: “Nueva
evidencia de la decadencia de la Iglesia Católica”, “La Iglesia no
puede hacer nada bien” o “Vean, se lo dijimos”. En el tribunal de
la opinión pública, la Iglesia es ahora culpable hasta que se
pruebe lo contrario. No debemos sorprendernos: vivimos en una
cultura que lo permite todo y no perdona nada.
La dolorosa verdad es que no fueron los medios de comunicación los
que crearon este escándalo: fuimos nosotros. En verdad, los medios
de prensa le han hecho un servicio a la Iglesia al exponer lo que
estaba oculto en las tinieblas. Sólo en la luz puede prevalecer la
verdad y comenzar la sanación y el arrepentimiento. Que los medios
de comunicación se hayan enfocado con tal intensidad en el
escándalo testimonia que la sociedad norteamericana, con todo
derecho, espera mucho más de la Iglesia: más pureza, más fidelidad
al Evangelio, más compasión, más santidad. Aunque no siempre de
manera bien balanceada ni justa, pero sí dolorosa, la gente está
llamando a la Iglesia a purificarse y a ser lo mejor de sí misma:
la imagen de Dios compasivo en medio del mundo.

CNS/Reuters:
Jóvenes católicos frente a la Catedral de Dallas hacen un
llamado para la protección de los niños y una apertura por parte
del clero. El cartel del centro dice: “La fuerza de la Iglesia
Católica está en la verdad, no en los secretos” y la camiseta
del muchacho al frente dice: “Somos la Iglesia y queremos un
cambio”. Los manifestantes marcharon de la Catedral al hotel
Fairmont, donde los obispos se hallaban reunidos. (Reuters)
¿Dije que nosotros habíamos creado esta crisis? Hablo solamente
por mí mismo, no por los 60 millones de laicos, muchos de los
cuales pueden protestar diciendo: “nosotros” no creamos este
escándalo, lo crearon los sacerdotes pederastas, los obispos que
los transfirieron y traicionaron no sólo a su grey inocente, sino
también increíblemente a sus propios compañeros sacerdotes y
obispos. Sin duda los laicos son inocentes y tienen todo el
derecho a estar indignados.
¿Qué dio lugar a esta crisis? La raíz del problema es la falta de
responsabilidad por parte de los obispos, que permitió que una
gran falta moral de algunos sacerdotes y obispos pusiera en
peligro el legado, la reputación y el buen trabajo de la Iglesia.
Esta falta de responsabilidad, a su vez, la incubó una cultura
clerical cerrada que contamina el sacerdocio, aislando a algunos
sacerdotes y obispos de los fieles y entre ellos mismos.
Nadie puede generalizar sobre un grupo tan grande, complejo y
amorfo como “los laicos”. También está mal generalizar sobre “ustedes”,
los obispos. Muchos de “ustedes” no sólo no tienen culpa del
presente escándalo sino que han obrado con honorabilidad en el
difícil acto de balance que están llamados a ejecutar. Ustedes no
protegieron a sacerdotes abusadores ni intentaron cerrar el
círculo para defenderse ni reprimir el “descontento” de los laicos,
cuando parroquianos y sacerdotes airados en meses recientes
exigieron responsabilidad por los delitos episcopales. Otros
obispos, sin embargo, se han portado atrozmente, causando la ira
de sus compañeros obispos y sacerdotes, cuya reputación ha sido
empañada por la arrogancia, la falta de arrepentimiento e
incapacidad de los otros para ser colegiales y consultivos,
excepto en dirección ascendente.
¿Qué está en juego en la crisis presente? Lo que está en juego es
la viabilidad de la misión pastoral y moral de la Iglesia en
Estados Unidos a escala de su legado histórico. Está en juego la
reputación del sacerdocio; está en peligro la autoridad pastoral y
moral de los obispos y la credibilidad de la Iglesia acerca de la
justicia social y la enseñaza sobre la sexualidad. Queda abierta
la pregunta de si la Iglesia Católica –de la manera como es
gobernada y administrada actualmente– puede proclamar el Evangelio
con efectividad en este entorno.
Los laicos deben ser siempre receptivos a las palabras sinceras de
nuestros obispos sobre nuestros fallos. Y en este mismo espíritu
de candor, nacido no del rencor sino del amor por la Iglesia y el
respeto a su oficio, debemos reprocharles su conducta, que haya
sido motivo de escándalo para los fieles, especialmente para los
jóvenes. Un buen amigo, al saber que me iba a dirigir a ustedes,
envió el siguiente mensaje:
Cuando Jesús se alejó temporalmente de las multitudes y guió a sus
apóstoles hasta Cesarea de Filipo, les hizo dos preguntas: “¿Qué
está diciendo la gente de mí?”, y “¿Quién dicen ustedes que yo
soy?”
Hoy, después de cinco meses de estremecedoras revelaciones sobre
delitos clericales y episcopales, uno se siente impulsado a
preguntar: ¿Qué están diciendo de ustedes, los sucesores de los
apóstoles? Creo que debemos admitir que en este momento particular
en la historia norteamericana, la gente no les está comparando con
Cristo y sus apóstoles.
La gente dice que este escándalo es sólo incidental debido al
terrible pecado y al crimen del abuso sexual a menores cometido
por una pequeña minoría de sacerdotes; que el escándalo
fundamental es la conducta y actitud de obispos católicos, no sólo
hace 10 ó 15 años, cuando los sacerdotes abusadores fueron
transferidos, sino incluso ahora, después de todas las lamentables
revelaciones hechas hasta la fecha. La gente dice que los obispos,
incluso ahora, no se han comprometido con las víctimas de una
manera que muestre que la Iglesia comienza a comprender el efecto
profundamente devastador del abuso sexual a manos de un sacerdote:
manos que consagran la hostia, bautizan al niño y perdonan los
pecados. La gente dice que si un obispo tuviera alguna idea de
cuán demoledora espiritualmente es la pérdida de la autoestima,
cuán profundas las heridas de la traición, nunca hubieran
contemplado, ni por un momento, poner a otros niños en peligro
abandonando su autoridad moral a un consejero o cediendo a la
presión de la necesidad pastoral de sacerdotes activos, o lo que
es peor, dejándose guiar por un sentido equivocado de simpatía por
el hermano sacerdote.
Y lo que resulta más inquietante, la gente está diciendo que los
seminarios y el sacerdocio se han hecho vulnerables a la
inestabilidad y a la inmoralidad, y que los obispos (algunos de
ustedes) son cómplices de esto.
La gente dice algo que hace unos meses hubiera sido impensable:
que la Iglesia no es un lugar seguro para los más inocentes, los
jóvenes, los más vulnerables, y que está en bancarrota moral. Y lo
dice de la Iglesia cuyos sacerdotes y religiosas han cuidado a los
débiles, dado de comer a los hambrientos, educado y formado
generaciones de inmigrantes y a sus hijos y nietos; de los obispos
que han dicho la verdad ante los poderes políticos de esta nación
y que continúan testimoniando a favor de los marginados, de los
débiles, de los no nacidos y de los demás seres indefensos de la
sociedad norteamericana; de los sacerdotes, religiosas y ministros
laicos que han construido amplios canales de la infraestructura de
servicio social de esta nación y que contribuyeron a algunos de
sus más gloriosos logros como sociedad democrática.
La gente dice que los fallos de la jerarquía se extienden a
arrogarse una autoridad sin supervisión sobre finanzas y
estrategias legales, a encubrimientos y delitos fiscales.
La gente dice que algunos miembros de la jerarquía, incluyendo a
los que están en el centro del escándalo, siguen sin arrepentirse
e incluso desafiantes, culpando a la cultura, a los medios de
comunicación o a sus oponentes eclesiales por la desgracia que les
ha caído encima.
La gente dice que ustedes están divididos y que incluso algunos de
ustedes se alegran del mal de obispos rivales.
Me entristece tener que reportar desde nuestra colina tejana,
equivalente a la Cesarea de Filipo, que la gente está diciendo
esas cosas. Y no pensemos siquiera qué podrán estar diciendo
nuestros enemigos.
¿Y qué están diciendo sus sacerdotes? No mucho. Están sufriendo un
dolor callado; quisieran esconderse, se sentirían avergonzados y
abandonados si no fuera por algunos de ustedes y por sus fieles.
Las personas a las que estos más de 40,000 sacerdotes sirven
diariamente, sabiendo que sus sacerdotes son buenos, heroicos y a
menudo hombres santos, se niegan a responsabilizarlos por los
terribles pecados de unos pocos. En su sabiduría colectiva, los
fieles juzgan a los sacerdotes por su conducta, ni más ni menos.
Quieren saber si los sacerdotes mantienen sus promesas y votos, si
se mantienen célibes cualquiera que sea su orientación sexual y si
son amables y están llenos del espíritu de amor abnegado.
En cuanto a la transferencia de sacerdotes criminales, las
apologías de obispos y cardenales no deben ser escuchadas a menos
y hasta que vayan más allá de la retórica de “equivocaciones y
errores”, y llamen por su nombre a la protección de sacerdotes
abusadores: un pecado nacido de la arrogancia del poder. La fruta
amarga del clericalismo es asumir sin reflexión alguna que, por la
sola virtud de su ordenación, el sacerdote es espiritual y
moralmente superior al laico.
Esto es difícil de aceptar para algunos de ustedes e incluso ahora
algunos se negarán a aceptarlo. Pero les recuerdo que una
respuesta considerable y gratificante ante al peligro que
enfrentamos es el hecho de que tanto los católicos de derecha e
izquierda como los del “profundo centro” están de acuerdo en las
causas del escándalo: una traición a la fidelidad producida por la
arrogancia del poder sin supervisión. Karl Rahner dijo que uno de
los más devastadores efectos del pecado es la incapacidad del
pecador para reconocer su conducta culpable. Cada vez que un
obispo, arzobispo o cardenal asume tranquilamente que tiene que
rendirles cuenta únicamente a Dios y al Santo Padre, que
únicamente él como sucesor de los apóstoles sabe lo que es mejor
para la Iglesia, está encubriendo el pecado. Esta presunción
monstruosa es la causa más profunda de la ira que hoy se está
desencadenando sobre ustedes, incluyendo, injustamente, a quienes
de ustedes han vencido la tentación del clericalismo en sus
ministerios.
El papel de la mujer en la Iglesia es un tema que merece
consideración aparte; pero la marginación de la mujer, dondequiera
que exista en la Iglesia, es uno de los efectos más devastadores
del clericalismo sobre la moral y la vitalidad del pueblo de Dios.
Las mujeres son extranjeras en dos aspectos, por no ser hombres ni
estar ordenadas, y por ello a menudo reciben la frialdad y la
desconsideración que son síntomas del clericalismo. Dado que las
religiosas y las laicas no sólo ayudaron a construir la Iglesia en
este país, sino que han sido las primeras formadoras de la fe en
los niños desde su nacimiento hasta la vida adulta, no podemos
permitirnos perder credibilidad alguna en asuntos de sexo y género.
Pero la crisis actual ha destrozado esa credibilidad.
Ante esta letanía de acusaciones, el mundo quiere saber una cosa:
¿Por qué querría alguien en su sano juicio ser un obispo católico
hoy?
Mis conclusiones proceden de asumir que cada uno de ustedes tiene
una respuesta convincente a esta pregunta y que está preparado
para defender a la Iglesia y al episcopado con todo su corazón, su
mente y su voluntad.
¿Dónde está el camino de salida de este desastre? No les envidio
las decisiones enormemente difíciles que tienen ante ustedes ni
presumiré de sugerirles cómo deben votar sobre las estipulaciones
controversiales del borrador del documento preparado por la
comisión de trabajo. Pero permítanme señalarle tres puntos
generales que les pido consideren mientras deliberan:
1. La crisis es ante todo una crisis moral, pero también pastoral
e institucional; la última abarca consideraciones financieras y
legales. Estas tres dimensiones de la presencia de la Iglesia en
la sociedad norteamericana están interrelacionadas. La pérdida de
confianza en la prudencia moral de algunos sacerdotes y obispos
pone a la Iglesia en una posición vulnerable frente al sistema
legal y a las autoridades civiles, que no le dejan mucho espacio a
la Iglesia cuando se trata de la conducta de “sus empleados”.
Estas varias dimensiones de la crisis se analizan en un documento
titulado "Desafíos y oportunidades que surgen de la presente
crisis", que el padre Edward Malloy, C.S.C., presidente de la
Universidad de Notre Dame, envió a todos los obispos católicos de
E.U. el 22 de mayo. El Comité de Estudios de la Iglesia, que
nombró el padre Malloy, preparó el documento. Hemos agrupado
nuestras reflexiones bajo tres encabezamientos: restaurar la
confianza, ejercer la mayordomía y buscar la sabiduría. En mi
texto completo resumo nuestras recomendaciones, pero les insto a
considerar atentamente el reporte.
2. La Iglesia, institucionalmente, es una presencia única en la
historia norteamericana. No es un patronato público en el sentido
legal, pero tiene claramente una faz pública y actúa como un
fideicomiso público en el sentido moral. La crisis actual ha
eliminado toda duda de que la Iglesia en Estados Unidos debe verse
a sí misma como una entidad nacional y actuar de manera acorde.
Esto aumentará la fidelidad a la Iglesia local y universal. No hay
amenaza de un modelo gálico que favorezca lo nacional sobre lo
romano, es decir la jurisdicción universal. ¿Pero no siempre ha
estado claro para nosotros que lo que ocurra en la Iglesia en
Boston, Nueva York o Los Angeles puede tener repercusiones
inmediatas en la de Iowa, Ohio o Washington? Y ya la crisis ha
revelado que los procedimientos y estructuras actuales de la
Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB) son
inadecuados para el gobierno de la Iglesia a este nivel.
Puede ayudar si ustedes explican a los no especialistas, que somos
la mayoría, al menos en términos generales, la relación entre el
Vaticano y la USCCB y entre ley canónica y la ley civil en este
caso particular. Roma ha sido muy cautelosa en otorgar autoridad a
las conferencias episcopales nacionales y creo que para los laicos
podría resultarles difícil entender lo que parece ser un nivel de
supervisión contraproducente. Por favor, perdonen la pregunta,
pero es una pregunta natural: ¿Es que el Vaticano no confía en
ustedes? Parece increíble para los que estamos afuera que en
asuntos de fe y de moral ustedes se desviarían siquiera un
milímetro de la ortodoxia.
Ustedes, los que son abogados canónicos, conocen el desafío de
aplicar la ley canónica en un ámbito específicamente local y
nacional. El estado y la sociedad civiles, digamos en Honduras o
en Polonia, presentan desafíos diferentes a la Iglesia, que los
presentados por el sistema gubernamental y legal de Estados Unidos.
Les insto en todo lo posible a formular la política que tenga
sentido en este ámbito sin anticipar cómo responderá el Vaticano.
Dejen que Roma sea Roma, de todas maneras lo será.
Pensar y actuar a nivel nacional, local y universal aumentará la
efectividad de la Iglesia y por tanto reforzará su autoridad.
Todos se sienten aliviados de que se creará y adoptará una
política nacional en esta reunión, pero ¿tendrá garra suficiente
esa política? ¿Se pondrá en vigor y se podrá vigilar su
cumplimiento? En el clima actual no bastará con decir que ningún
obispo se negará a ponerla en vigor. Todo obispo debe considerarse
directamente responsable y debe evaluarse regularmente su
cumplimiento en cada diócesis.
3. Es necesario promover una nueva actitud hacia el liderazgo
laico, apoyado por nuevas o renovadas estructuras.
Aunque a los laicos no se les puede culpar de la crisis actual,
nuestras propias conciencias no han estado completamente claras en
otros asuntos. Una parte significativa de los católicos
practicantes llevan muchos años ignorándolos a ustedes de manera
selectiva. De hecho, el mes próximo se cumplirán 34 años de los
sucesos de julio de 1968. En aquel aciago momento la mayoría de
los laicos católicos norteamericanos desobedeció la enseñaza de la
Iglesia y los obispos fallaron en persuadir a la mayoría,
incluyendo a algunos sacerdotes y religiosas, de la aplastante
verdad de la posición de la Iglesia. Los laicos practicaban el
control artificial de la natalidad, tenían relaciones sexuales
fuera del matrimonio y se hacían abortos en la misma proporción
que el resto de los norteamericanos.
La resquebrajadura de la comunidad cristiana abrió el camino a la
crisis. En los casi 40 años que han pasado desde el Concilio
Vaticano II, a pesar del llamado a una mayor participación de los
laicos en la misión de la Iglesia, hemos permitido que algunos de
ustedes permanecieran distantes de los laicos y tomaran todas las
decisiones significativas en su oficina, incluyendo algunas sobre
asuntos que no estaban relacionados con su función de enseñaza en
materia de fe y valores morales, asuntos que incluso estaban fuera
de su competencia o de su capacidad para juzgar equitativamente.
Nadie puede soportar responsablemente todas las cargas, hacer
todos los trabajos, actuar con integridad y excelencia como pastor
y maestro, liturgista, confesor, administrador, director de
finanzas, supervisor de pleitos. Ni siquiera una compañía de
hombres cortados todos por la misma tijera (y tal vez,
especialmente, una compañía de hombres cortados todos por la misma
tijera).
A pesar de las repetidas objeciones de cientos de periodistas
católicos, teólogos e historiadores, se abandonó la participación
activa de los laicos, incluyendo la toma de decisiones de manera
compartida cuando fuera apropiado, al igual que muchos otros
asuntos de la Iglesia, a las inclinaciones del obispo o sacerdote
local. En algunos lugares florecieron los consejos de laicos y la
colaboración entre éstos y el clero, mientras que en lugares
languideció, al igual que las recomendaciones de la USCCB de hace
una década en cuanto a la política sobre el abuso sexual. La
esperanza de los laicos inmediatamente después del Vaticano II de
que la colegiatura caracterizaría la reflexión moral y teológica,
el liderazgo pastoral y las decisiones administrativas en cada
nivel de la Iglesia, incluyendo las relaciones episcopales,
disminuyeron mientras observábamos una erosión constante de la
colegiatura dentro de la misma jerarquía.
Como todos sabemos, la era posconciliar ha sido particularmente
tumultuosa para la Iglesia en Estados Unidos. Mientras la vida
parroquial se mantiene vital para los católicos practicantes, los
laicos, como cuerpo nacional, han sufrido fragmentación, confusión,
descontento, al tiempo que se ampliaba la brecha entre la Iglesia
y la sociedad. ¿Podría decirse lo mismo de los sacerdotes, las
religiosas y los obispos?
Estos han sido años de desafíos, a veces atroces, para quienes han
sido llamados a enseñar, a defender y a celebrar la proclamación
de la Iglesia del ofrecimiento y garantías de Dios a través de
Jesucristo, de la redención de los pecados y de la muerte. A pesar
de todo, los fieles son precisamente eso, testimonios de fe. Ayer
creíamos en Cristo, hoy creemos en Cristo y mucho después que haya
pasado esta tempestad seguiremos creyendo en Cristo desde lo más
profundo de nuestro ser. Seguiremos creyendo en Cristo y en la
Iglesia que tiene de Cristo y en Cristo, las palabras de vida
eterna y el modelo del auténtico florecimiento humano.
Finalmente, una palabra acerca de los sacerdotes: las víctimas se
quejan con razón de que los obispos parecen más preocupados por
los sacerdotes que por ellas. Pero déjenme hablarles por los
laicos directamente a las víctimas de abuso sexual por parte del
clero y a sus familias: nosotros lloramos con ustedes por el
terrible atropello que han sufrido y oramos por que les den a las
personas sanas y santas de la Iglesia una oportunidad de trabajar
con ustedes respetuosamente para ayudar a sanar las heridas en
todo lo que sea humanamente posible. Y también nos preocupamos de
las otras decenas de miles de sacerdotes que nunca han abusado de
nadie ni nunca lo harían, que hoy temen mostrar algún tipo de
afecto, que están paralizados por el miedo, avergonzados y
sufriendo. También nos condolemos de esos buenos hombres inocentes
injustamente manchados.
Los académicos tienden a ser oscuros. Yo he tratado de evitarlo;
pero quiero reiterar mis argumentos en los términos más claros
posibles: la crisis que confronta la Iglesia hoy no puede ser
entendida, ni se puede hablar de ella adecuadamente,
independientemente de un rango mucho más amplio de problemas que
han ido creciendo en los últimos 34 años. En el centro de esos
problemas está la enajenación de la jerarquía y de muchos de los
sacerdotes –aunque en menor grado– de las mujeres y de los hombres
laicos. Algunos comentadores dicen que la raíz de este escándalo
está en la traición a la pureza y a la fidelidad, otros dicen que
es la frialdad de los obispos y la falta de transparencia y
responsabilidad. Ambos tienen razón: para ser fieles a la Iglesia
que avizoraba el Vaticano II, los obispos y los sacerdotes deben
confiar en los laicos, compartir la autoridad apropiadamente con
ellos y que sus prácticas y decisiones financieras, legales y
administrativas estén abiertas a la visibilidad total. Deben dar
adecuada cuenta de la fe dentro de ellos y abordar temas
controversiales directamente en un espíritu abierto y colaborador.
Sería un error enorme adoptar en esta reunión políticas prudentes,
valientes y que se pueden poner en vigor en cuanto al abuso sexual
y después pensar que se ha cumplido el trabajo de reforma. Los
principios fundamentales de la política que pondrán en vigor sobre
abuso sexual –el regreso a una estricta disciplina moral
supervisada dentro del sacerdocio, un régimen nuevo de
colaboración con los laicos marcado por la transparencia y la
responsabilidad, una firme resolución de orar juntos como un
cuerpo de obispos y como individuos para acabar con el
clericalismo en el sacerdocio y en el seminario–, son principios
que deben extenderse a todos los aspectos de la vida y del
servicio de la Iglesia Católica en Estados Unidos. De lo contrario,
el próximo escándalo vendrá pisándole los talones a éste.
La promesa de Cristo de que El no permitirá que prevalezcan las
fuerzas del mal contra la Iglesia es más importante hoy que nunca.
En estos tiempos vale la pena recordar la primera línea de la
Constitución Pastoral de la Iglesia en el Mundo Moderno del
Concilio Vaticano II. Al mirar hacia el mundo moderno con todas
sus perturbadoras tendencias para las personas de fe, los obispos
proclamaron que: “Las alegrías y esperanzas, los dolores y las
ansiedades de los hombres de esta época, especialmente de los
pobres o de los afligidos de muchas maneras, son también las
alegrías, las esperanzas y las ansiedades de los seguidores de
Cristo”. La comisión preparatoria que preparó el borrador del
documento le dio el título de Luctus et Angor: Sobre el dolor y la
ansiedad. Uno quizás podría simpatizar con su punto de vista. Pero
cuando los obispos se reunieron en consejo para considerar el
documento le dieron el título de Gaudium et Spes: Sobre la alegría
y la esperanza. En la presente crisis Dios nos ha dado una segunda
oportunidad de renovar a la Iglesia a través de un alegre y activo
compromiso de todos los hombres y mujeres católicos, no sólo los
sacerdotes, obispos y cardenales, en cada dimensión de la misión
de la Iglesia en la Tierra. La promesa del Vaticano II aún puede
realizarse si ustedes nos guían en esa empresa. A pesar de la
tormenta del materialismo, del hedonismo y de la cultura de la no
creencia, el concilio de padres miró hacia el futuro con esperanza
y alegría. Lo hicieron con total conciencia de sus propias
debilidades y errores, pero con confianza total en que el Señor
con su muerte y resurrección ya ha vencido al mundo. Por eso los
obispos titularon el documento Gaudium et Spes. Y a pesar de los
errores del pueblo de Dios, desde aquel día esperanzador, yo
continúo creyendo que ellos tenían la razón.
© Conferencia de Obispos Católicos de EU
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