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¿Quién fue el Padre Pío?

La causa de San Pío de Pietrelcina tuvo un camino lento y
tortuoso. Sus poderes y signos, entre ellos los estigmas o
heridas de la crucifixión que le aparecieron por primera vez en
1918 y duraron hasta su muerte, le convirtieron en una leyenda
espiritual para millones, y en un charlatán para los escépticos.
"Podemos decir que fue un auténtico santo, a quien el diablo
intentó cubrir de lodo", dijo el obispo italiano Andrea Erba,
quien ayudó a preparar el informe en octubre de 1997 que impulsó
su beatificación.
Padre Pío de Pietrelcina, al igual que el apóstol Pablo, puso en
la cumbre de su vida y de su apostolado la Cruz de su Señor como
su fuerza, su sabiduría y su gloria. Inflamado de amor hacia
Jesucristo, se conformó a Él por medio de la inmolación de sí
mismo por la salvación del mundo. En el seguimiento y la imitación
de Cristo Crucificado fue tan generoso y perfecto que hubiera
podido decir “con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que
es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 19).
Este seguidor de San Francisco de Asís nació en Pietrelcina el 25
de mayo de 1887, arquidiócesis de Benevento, hijo de Grazio
Forgione y de María Giuseppa De Nunzio. Fue bautizado al día
siguiente recibiendo el nombre de Francisco. A los 12 años recibió
el Sacramento de la Confirmación y la Primera Comunión.
El 6 de enero de 1903, cuando contaba 16 años, entró en el
noviciado de la orden de los Frailes Menores Capuchinos en Morcone,
donde el 22 del mismo mes vistió el hábito franciscano y recibió
el nombre de Fray Pío.
Después de la ordenación sacerdotal, recibida el 10 de agosto de
1910 en Benevento, por motivos de salud permaneció en su familia
hasta 1916. En septiembre del mismo año fue enviado al Convento de
San Giovanni Rotondo y permaneció allí hasta su muerte.
Enardecido por el amor a Dios y al prójimo, Padre Pío vivió en
plenitud la vocación de colaborar en la redención del hombre,
según la misión especial que caracterizó toda su vida y que llevó
a cabo mediante la dirección espiritual de los fieles, la
reconciliación sacramental de los penitentes y la celebración de
la Eucaristía. El momento cumbre de su actividad apostólica era
aquél en el que celebraba la Santa Misa. Los fieles que
participaban en la misma percibían la altura y profundidad de su
espiritualidad.
En el orden de la caridad social se comprometió en aliviar los
dolores y las miserias de tantas familias, especialmente con la
fundación de la Casa del Alivio del Sufrimiento, inaugurada el 5
de mayo de 1956.
Expresó el máximo de su caridad hacia el prójimo acogiendo, por
más de 50 años, a muchísimas personas que acudían a su ministerio
y a su confesionario, recibiendo su consejo y su consuelo. Era
como un asedio: lo buscaban en la iglesia, en la sacristía y en el
convento. Y él se daba a todos, haciendo renacer la fe,
distribuyendo la gracia y llevando luz. Pero especialmente en los
pobres, en quienes sufrían y en los enfermos, él veía la imagen de
Cristo y se les entregaba.
Brilló en él la luz de la fortaleza. Comprendió bien pronto que su
camino era el de la Cruz y lo aceptó inmediatamente con valor y
por amor. Experimentó durante muchos años los sufrimientos del
alma. Durante años soportó los dolores de sus llagas con admirable
serenidad.
Cuando tuvo que sufrir investigaciones y restricciones en su
servicio sacerdotal, todo lo aceptó con profunda humildad y
resignación. Ante acusaciones injustificadas y calumnias, siempre
calló confiando en el juicio de Dios, de sus directores
espirituales y de la propia conciencia. Se consideraba
sinceramente inútil, indigno de los dones de Dios, lleno de
miserias y a la vez de favores divinos. En medio de tanta
admiración del mundo, repetía: “Quiero ser sólo un pobre fraile
que reza”.
La hermana muerte lo sorprendió preparado y sereno el 23 de
septiembre de 1968, a los 81 años de edad. En los años siguientes
a su muerte, la fama de santidad y de milagros creció
constantemente, llegando a ser un fenómeno eclesial extendido por
todo el mundo.
De este modo, Dios manifestaba a la Iglesia su voluntad de
glorificar en la tierra a su Siervo fiel. No pasó mucho tiempo
hasta que la Orden de los Frailes Menores Capuchinos dio los pasos
previstos para iniciar la causa de beatificación y canonización.
El amor de Dios llenó totalmente al padre Pío, colmando todas sus
esperanzas; la caridad era el principio inspirador de su jornada:
amar a Dios y hacerlo amar. Su preocupación particular: crecer y
hacer crecer en la caridad.
Para el Padre Pío la fe era la vida: quería y hacía todo a la luz
de la fe. Estuvo dedicado asiduamente a la oración. Pasaba el día
y gran parte de la noche en coloquio con Dios. Decía: “En los
libros buscamos a Dios, en la oración lo encontramos. La oración
es la llave que abre el corazón de Dios”. La fe lo llevó siempre a
la aceptación de la voluntad misteriosa de Dios.
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