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Invitados por la Arquidiócesis de La Habana

 Invitados por la Arquidiócesis de La Habana, el P. Juan Sosa y Rogelio Zelada viajaron a la capital de Cuba para dirigir un Seminario de Liturgia, al que asistieron cientos de participantes, laicos, sacerdotes, religiosas, religiosos, seminaristas, etc.

Este seminario, realizado del 3 al 7 de junio, dedicó cada día a un ministerio litúrgico específico: lectores, músicos, ministros extraordinarios de la Eucaristía, de la hospitalidad, sacristanes, animadores o responsables y equipos de liturgia.

Fueron sesiones llenas de entusiasmo que se realizaron en la Casa Laical desde las 9 de la mañana a las 4 de la tarde. Con el tema del desafío de la religiosidad popular, el padre Sosa y Zelada abrieron el seminario en el Aula Bartolomé de las Casas del Convento de San Juan de Letrán, con la asistencia del clero, seminaristas, religiosos y religiosas que sirven pastoralmente a la arquidiócesis habanera.


Rogelio Zelada con estudiantes.

Por primera vez

Rogelio Zelada
La Voz Católica

Nos estaban esperando como agua de mayo. Traían el entusiasmo a punto a pesar de que muchos tuvieron que madrugar para llegar a tiempo al seminario. Desde Batabanó, José Julio del Cristo salió de su casa a las 4 de la mañana para comenzar a las 9 en punto. Otros llegaron como pudieron desde las parroquias más periféricas y rurales de la Arquidiócesis de La Habana.

Con sacrificio y esfuerzo, como todo se hace en Cuba, animadores de la liturgia, músicos pastorales, lectores, sacristanes, ministros de la comunión y de los enfermos, responsables de la hospitalidad y la acogida, diáconos, religiosas, novicias y seminaristas se reunieron como un preciso muestrario de la realidad eclesial cubana.

Era un grupo amplio y diverso en que unos eran testigos de tiempos de difícil memoria, con el reto permanente de compartir vida y experiencias con otros que nacieron a la vida, a la fe y a la Iglesia mucho después.

En 42 años, era la primera vez que miembros de la comunidad y la Arquidiócesis de Miami viajábamos a La Habana para enseñar un seminario de liturgia a sacerdotes, religiosos  y líderes laicos de la Iglesia.

Para que pudiéramos realizarlo se necesitaba casi un milagro. Por eso la gestión de que nos permitiesen entrar a enseñar en Cuba la encomendamos al Siervo de Dios, Padre Félix Varela, y como el caso no era nada fácil, decidimos incluir además al Padre José Olallo  Valdés,  al Hermano Victorino de la Salle y a última hora también pedimos la ayuda del Padre Valencia y de Mamá Panchita, que demostró la eficacia y la tenacidad de las madres pinareñas.

Se ve que todos metieron el hombro, porque el 3 de junio pudimos comenzar el Seminario de Liturgia en el Aula Bartolomé de las Casas, del convento dominico de San Juan de Letrán, en el Vedado, con una excelente conferencia del Padre Juan J. Sosa sobre el misterio y el reto de la religiosidad popular. Obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, seminaristas, religiosas y laicos intercambiaron en él diversos puntos de vista en la búsqueda de criterios para discernir caminos en el difícil tema del tratamiento pastoral de la amplísima gama del fenómeno religioso del sincretismo.

El martes 4,  el Seminario continuó en la Casa Laical, antigua residencia de los agustinos, en la parroquia del Santo Cristo del Buen Viaje de la Habana Vieja. Cada día el salón se llenaba a capacidad con un grupo diferente de ministros y responsables de la liturgia diocesana. En el mismo momento en que comenzamos sentí como si desapareciesen los 22 años que yo había estado ausente, y es que los cubanos seguimos conservando el calor y la facilidad de conectar afectivamente entre nosotros, que nos da la rica mezcla de Africa y Andalucía que culturalmente somos. 

El taller con los músicos fue mucho más que sentar criterios y buenos modelos de celebración. Fue para mí el encuentro con una talentosa y joven generación abundante en inspiración creadora y buen sentido musical.

De una manera muy viva las melodías de los compositores que vivimos en Miami son parte de las celebraciones litúrgicas de la Iglesia cubana, y aunque a veces me sentía como una especie de reliquia histórica –muchos de aquellos músicos habían nacido después de haber salido yo de Cuba– me daba un gusto enorme constatar que, a pesar del tiempo y la distancia, las letras y las melodías del P. Sosa, Roger Hernández, Tony Rubí, Orlando Rodríguez y las mías, seguían estando en la voz y el entusiasmo de la comunidad que celebra y vive su fe en Cuba.

Una mañana, para evitar sudar por el esfuerzo de caminar hasta el arzobispado, decidimos montarnos en un “bicitaxi” (un híbrido de bicicleta cubana y palanquín chino). Como el P. Sosa y yo estamos un “poquito” pasados de peso, el ciclista se encontró con la oportunidad de ejercitar sus músculos con un esfuerzo extra. Mientras evitaba los agujeros de la calle, a otras bicicletas y a muchísima gente caminanado en todas direcciones, tuvo que sortear a una gorda enorme parada en medio de la calle, que viendo a los pasajeros que llevaba lo animó con gracia: “Oye, dale duro” y para no hacernos sentir mal nos dijo con simpatía: “la única que falta ahí soy yo”. Esa fresca espontaneidad del pueblo es un don que acompañó todo nuestro trabajo, fuerte y gratificante.

Cinco días intensos y llenos de gozo, alegría y entusiasmo en medio de un diario vivir lleno de dificultades y retos. Una experiencia que tal vez —Dios lo quiera— sea una puerta para compartir humildemente con la Iglesia de Cuba la experiencia y el conocimiento que el Señor nos ha permitido alcanzar.

 
Laicos, sacerdotes, religiosos y religiosas, acudieron a las clases de Liturgia con mucho interés y entusiasmo.