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Dora Amador Morales

Carta a Juan Pablo II

Te escribo recordando al joven que en una silla de ruedas se echó a llorar cuando estuvo a tu lado hace unos días en Toronto. Fue un momento tan cargado de sentimiento y significado: él sollozando, tu mano puesta en su cabeza y en tus ojos esa mirada que amo, tan compasiva, tan tuya y de Dios, Juan Pablo II.

 


“No dejen que muera la esperanza”, le dijo Su Santidad a los jóvenes que lo aclamaban en Toronto

En ti están plenamente encarnadas la compasión y la ternura que imaginamos en el rostro y la mirada de Jesús. Verte sonreír, recobrar por un instante la fuerza que te permita caminar unos pasos, escuchar tu voz clara, voz que es de Dios: “El Señor nos invita a escoger entre dos caminos que están en competencia para apoderarse de tu alma. Esta opción constituye la esencia y  el desafío de la Jornada Mundial de la Juventud. ¿Por qué se han reunido aquí procedentes de todas las partes del mundo? Para decir juntos a Cristo: ‘Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna’” (Juan 6,68).

Y yo te pregunto a ti, peregrino profeta, en este mundo de tinieblas en que vivimos, ¿a quién iremos si no a ti buscando luz y fuerza para el camino arduo que seguimos los seguidores de Cristo? ¿A quién iremos, dinos, para recobrar la esperanza cuando todo la amenaza?

Sólo tú, Santo Padre, nos haces ver hasta dónde se puede vencer el mal si nos acompaña y conduce el Espíritu de Dios.

Vicario de Cristo, anciano frágil y enfermo, fuiste víctima de un atentado terrorista que casi te cuesta la vida y te marcó para siempre; 82 años de vida, gran parte bajo el denigrante y atroz dominio del nazismo primero, del comunismo después. ¿Cuánta injusticia han visto tus ojos? ¿Cuánta mentira y cuánto odio? Te persiguieron y encarcelaron unos y otros; te forzaron a picar piedras en el duro invierno polaco golpe a golpe viendo la patria deshacerse en pedazos. Niño huérfano, privado del amor, el beso, la caricia de una madre desde tan pequeño. Y después se hizo silencio el fragor de tu adolescencia cuando murió tu único hermano, aquel joven que amabas y admirabas y seguías como ejemplo y guía, sangre de tu sangre, tu hermano, tu mejor amigo. No, no le bastó al mal destrozarte nada más que hasta ahí, quiso devastarte, ensañarse más, porque sabía que eras un elegido de Dios y así, en la lozanía de una juventud despojada, la muerte te lleva también a tu padre. El golpe fue devastador. Solo por las calles de Cracovia, a la intemperie iba el joven buscando amor y hogar, albergue.  Poeta desamparado y romántico, filósofo enamorado, a quien súbitamente el Amor te llamó. Sígueme.

¿Quién como tú puede hablar de sufrimiento? ¿Quién ha sido probado casi hasta la muerte, Job del siglo XX?

En ti se hacen de nuevo vida las palabras de San Pablo:  “Cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte, porque no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”.

Te aclamo y te bendigo, Karol Woytila, como lo hicieron los  800,000 jóvenes llegados a Toronto desde los cinco continentes para verte y  estar contigo. Bajo el sol o la lluvia te escucharon, te aplaudieron, lloraron. Pastor de almas, ¡cómo te necesitamos!

“El espíritu del mundo ofrece muchas ilusiones, muchas parodias de la felicidad”, le dijiste a los jóvenes. “Sin dudas las tinieblas más espesas son las que se insinúan en el espíritu de los jóvenes, cuando falsos profetas apagan en ellos la luz de la fe, de la esperanza y del amor. El manantial más grande de la infelicidad es la ilusión de encontrar la vida prescindiendo de Dios, alcanzar la libertad excluyendo las verdades morales y la responsabilidad personal”.

Si no fuera por ti, Vicario de Cristo, ¿en quién confiaríamos? El mundo carece de guías. ¿Responsabilidad personal? ¿Verdad moral? ¿Quién en la arena pública? ¿Políticos? ¿Empresarios? La competencia, el cinismo y la avaricia se erigen como valores: ¡a ver quién roba más!

Buscador incansable de la paz en un mundo en llamas; caminante empeñado que sueña la reconciliación de una humanidad herida; predicador sabio y bueno de la cultura de la vida y el esplendor de la verdad, ¡hijo de la libertad! No nos faltes, mira que tu amor y tu fe nos hacen falta para seguir adelante.