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“Sólo Dios con uno”

Un misionero en El Salvador revela las angustias y las esperanzas de un pueblo de fe


“Mi vida se transformó”, dice Monseñor Richard Antall sobre su experiencia misionera de 11 años en El Salvador.
(Foto: Dora Amador Morales)

Dora Amador Morales
La Voz Católica

MIAMI  – Para comprender la vocación misionera, su misterio y su fuerza, es imprescindible partir de la fe, saber que es el Espíritu Santo el que impulsa a la desinstalación total –cultural, familiar, material–, al riesgo de lo desconocido y al peligro real que muchas veces acompaña al misionero.

 Es esa gracia, regalo de Dios dentro de nosotros, el que hace urgente la necesidad de compartir con otros el tesoro que se lleva dentro.

“Lo que hemos visto y oído se lo anunciamos a ustedes para que nuestro gozo sea completo” (1 Jn, 1, 34). San Juan lo dijo espléndidamente, la felicidad indescriptible de saberse discípulo de Jesús, proclamador de la Buena Nueva del Reino –por mandato de Dios, que nos eligió para eso– no está completa si no se comparte con otros. Hay que hacerlo, porque la verdadera felicidad del Reino que ya vamos construyendo aquí consiste precisamente en compartir el amor. “El amor de Cristo nos apremia”, dice Pablo (2 Cor, 5,14).

¿Cómo si no se podría explicar, por ejemplo, una decisión como la de Monseñor Richard Antall, estadounidense de Cleveland, Ohio, de irse a El Salvador en plena guerra y vivir entre los pobres de ese país sin conocer su cultura ni entender el español? Allí ha estado 11 años, intentando ahora reconstruir iglesias en ruinas después de los devastadores terremotos del año pasado.

Monseñor Antall es uno de varios misioneros que visitan la Arquidiócesis este verano como parte del nuevo Plan de Cooperación con las Misiones de la Sociedad de la Propagación de la Fe de la Arquidiócesis de Miami, que dirige el padre Jean Pierre. Los misioneros vienen y predican en varias parroquias sobre la actividad misionera de la Iglesia, piden oraciones, sacrificios y donaciones para los países donde están. El proyecto se centra en estos momentos en América Latina.

A su paso por Miami, Monseñor Antall compartió con La Voz Católica algunas de las experiencias que lo han marcado profundamente en su misión.

 

¿Cómo se siente un misionero de Estados Unidos viviendo en las condiciones trágicas del El Salvador: la guerra tan larga y sangrienta, el huracán Mitch y los terremotos recientes que han estremecido al país?

Para mí ha sido una experiencia de conversión. Mi vida se transformó. Yo siempre quise ser misionero, desde pequeño, que oía hablar de las misiones en China. Como la diócesis de Cleveland tiene una misión en El Salvador quise ir para allá. Algunos de mis compañeros cuando lo supieron –el país estaba en medio de la guerra– pensaron que era un castigo que me habían impuesto, pero no, me apunté como voluntario. Y llegué diciéndome a mí mismo: “soy misionero”, pero es la gente la que te evangeliza, te enseña cómo debes pensar.

 

La experiencia de los terremotos ha de haber sido terrible, ¿cómo lo pasaron en el pueblo donde está trabajando?

Mi parroquia es la Inmaculada Concepción y está en un pueblo que se llama Puerto la Libertad, cerca de San Salvador. El terremoto la derrumbó. Vivimos momentos muy duros, pero también de mucha fe. Un día, una vecina mía se me acercó y me dijo: “Mire, padre, yo tenía este dinero para mi caja, para cuando me muera, pero la iglesia lo necesita más” Y me dio 200 colones, que son como 25 dólares, era todo lo que tenía guardado. Y lo dio para ayudar a reconstruir la parroquia. Nosotros vamos por la vida dando lo que nos sobra, nunca damos todo lo que tenemos. Ella no, ella dio todo lo que tenía. Algo que he aprendido bien es que los pobres son los más generosos.

Son muchas las pruebas que he tenido de la fe de este pueblo. El año pasado hubo un total de 11,000 temblores en El Salvador. Parecíamos gelatina. El primer terremoto, el más grande, fue el 13 de enero, y el segundo fuerte fue el 13 de febrero. En el pueblo murió una maestra, y le quisimos dar una misa a los 30 días. El pueblo rezaba, porque los temblores no paraban y la gente quería ir a la iglesia. Y fue durante la misa que nos llegó el segundo terremoto, muy fuerte. Los niños de la escuela parroquial llegaban corriendo, pero era peor, porque tropezaban con todo. Sucedió en cuestión de segundos. Yo les decía “cálmense, cálmense, vamos a rezar”. Terminamos la misa y seguimos adelante. Fue un milagro, porque cuando se cayó el techo por completo, ya no había nadie en la iglesia.

El pueblo salvadoreño es muy valiente. Durante la guerra la frase más común era: “Sólo Dios con uno”. Y era la verdad. Recuerdo un día que estaba rezando el rosario cuando sentimos un tiroteo, era la guerrilla que estaba atacando al pueblo. Me dije “tengo que seguir rezando”, pero no me acordaba, repetía “Dios te salve María…”, porque no me acordaba de nada más, por lo nervioso que estaba. Hubo un gran enfrentamiento allí. El otro sacerdote que estaba conmigo me dijo, “que ese rosario cuente por los dos, porque yo no puedo rezar”. Después nos reíamos acordándonos de ese momento. Fui testigo también de los acuerdos de paz, algo histórico. Vivir todo eso te cambia para siempre.

 

Un proceso de paz que parecía que no se lograría jamás, que la matanza no iba a acabar. Y se logró, la guerrilla incluso está incorporada ahora a la contienda de los partidos políticos.

Así es, y hay antagonismo todavía, claro, pero por lo menos ya no están matándose. El arzobispo de San Salvador, Monseñor Fernando Saénz Lacalle, le envió un mensaje al cardenal primado de Colombia, Mons, Rubiano Sáenz, cuando asesinaron a Monseñor Isaías Duarte, donde le decía que hay que tener esperanzas siempre, porque en El Salvador estábamos donde están los colombianos ahora, y no pensamos que iba a ser posible. Siempre hay que tener esperanza.

Cierto, y hablando de esperanzas, ¿ha logrado lo que se proponía en esta visita a la Arquidiócesis de Miami?

Agradezco mucho la solidaridad que he encontrado en la Arquidiócesis de Miami. Vine a predicar en la parroquia Blessed Trinity, y pude hablar en las siete misas de fin de semana de lo que pasamos allá. Lo que se recaude será principalmente para la reconstrucción de capillas que se cayeron por los terremotos, que sólo en la diócesis de San Salvador son más de 100. Pero parte de ese dinero irá también para el seminario, porque tenemos 83 seminaristas.

En mi diócesis hay dos millones de católicos y mucha pobreza. La economía está en estado pésimo, hay mucho desempleo, porque no hay fuentes de trabajo. El país depende  para su comida de lo que envían de  aquí los inmigrantes salvadoreños a sus familias. Todos los días entran unos $3 millones de Estados Unidos. 

 

¿Le puedo preguntar sobre su familia, su otra obra como escritor, o sea esa otra parte de su persona que es también importante?

Claro  que sí. Imagínese tengo seis hermanos y 20 sobrinos. Mi hermanita menor tuvo ahora otro hijo, le puso Richard por mí. Todos están en Cleveland. Hay momentos en que los extraño demasiado, pero gracias a Dios me puedo comunicar por email, así que recibo incluso fotos de los sobrinos, que conozco poco.

En cuanto a la otra obra que me ocupa: he escrito tres libros: El camino de la compasión; Testigos del calvario y ahora acabo de publicar Jesús tiene una pregunta para ti, que está basado en las preguntas que hace Jesús en los evangelios. Escogí el de Marcos y lo estudié detenidamente, descubrí que Jesús hace 47 preguntas en total, hasta que muere preguntando “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Mi libro es un ejercicio de reflexión sobre esto, es para que los lectores respondan a las preguntas que les hace Jesús.

Además de estar a cargo de la reconstrucción de iglesias para la diócesis de San Salvador y de la pastoral de inmigración, Monseñor Richard Antall da clases en la escuela parroquial Inmaculada Concepción, que tiene en la actualidad matriculados a unos 1,000 estudiantes, todos de familias pobres. También supervisa la clínica en el terreno de la parroquia  y visita en el campo las 11 capillitas “satélites” de su parroquia.

 Un misionero estadounidense que nos insta a responder  con su ejemplo, las urgentes preguntas que nos hace Jesús a cada uno de nosotros en el Evangelio.