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Un Juan Pablo II sonriente y rejuvenecido, saluda a los jóvenes católicos del mundo en su fiesta de fe y fraternidad.
(Foto Reuters)

 ‘He estado esperando impacientemente
este encuentro’

El Papa conquista el corazón de los jóvenes en Toronto 

TORONTO – En momentos de dificultades y escándalos, la Iglesia tiene hoy más necesidad de jóvenes santos, aseguró Juan Pablo II al culminar la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Toronto del 23 al 28 de julio.

El Santo Padre, con voz clara y ojos sumamente vivaces, confesó en varias ocasiones su satisfacción al constatar el océano humano de un millón de personas que, excediendo toda expectativa, se congregaron en el Downsview Park para participar en la misa conclusiva.

Los jóvenes habían pasado la noche sin dormir en esa misma explanada. En la mañana, una tormenta despertó a los pocos que dormían. Y la misa comenzó con lluvia y fuertes ráfagas de viento. Pero a pesar del cansancio, la multitud brindó al Papa la misma acogida festiva que caracterizó la vigilia de oración del día anterior.

Viendo el espectáculo, Juan Pablo II les dijo a los jóvenes en la homilía: “¡Cuánta luz pueden transmitir todos juntos si se unen en la comunión de la Iglesia! ¡Si aman a Jesús, si aman a la Iglesia!

“No se desalienten por las culpas y las faltas de algunos de sus hijos —añadió refiriéndose a los escándalos de abuso sexual que sacudió a la Iglesia en Estados Unidos. “El daño provocado por algunos sacerdotes y religiosos a personas jóvenes o frágiles nos llena a todos de una profunda tristeza y vergüenza.

“¡Pero piensen en la gran mayoría de sacerdotes y religiosos generosamente comprometidos con el deseo de servir y hacer el bien!”.

El Papa continuó con una sonrisa en los labios: “Ustedes son jóvenes, y el Papa está viejo y algo cansado”. Los muchachos, entablando un auténtico diálogo, le interrumpieron gritando a coro en inglés: “¡El Papa es joven!”, “¡El Papa es joven!”

Juan Pablo II les interrumpió, para aclarar: “Pero [el Papa] todavía se identifica con las expectativas y esperanzas de ustedes. Si bien he vivido entre muchas tinieblas, bajo duros regímenes totalitarios, he visto lo suficiente como para convencerme de manera inquebrantable de que ninguna dificultad, ningún miedo es tan grande como para sofocar la esperanza que palpita en el corazón de los jóvenes.

“¡No dejen que muera esa esperanza!”, concluyó antes de elevar una oración que compuso para la ocasión por los jóvenes.

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“Nosotros no somos la suma de nuestras debilidades y nuestros fracasos; por el contrario, somos la suma del amor del Padre por nosotros y de nuestra capacidad para convertirnos en imagen de su Hijo”.

El Santo Padre anunció oficialmente que la próxima Jornada Mundial de la Juventud se celebrará en el 2005 en la ciudad alemana de Colonia.

La noche antes, en la vigilia de oración celebrada en el Downside Park de Toronto, Juan Pablo II confío a los 800,000 jóvenes la misión de ser los constructores de una nueva civilización del amor.

“Dios les confía la tarea, difícil y entusiasmante, de trabajar con Él en la construcción de la civilización del amor”, dijo el Santo Padre a los muchachos procedentes de 173 países en el antiguo aeropuerto, sede del momento culminante de las JMJ.

 


Dos jóvenes se abrazan mientras el Papa se dirigía a los participantes de la JMJ en Toronto. (Foto Reuters)

 

Recordando que el siglo XXI ha comenzado bajo la sombra de los atentados terroristas del 11 de septiembre, “imagen de un mundo en el que la hostilidad y el odio parecen prevalecer”, el Pontífice planteó una pregunta: “¿Sobre qué cimientos debemos construir la nueva era de la historia que está emergiendo de las grandes transformaciones del siglo XX?.

“¿Es suficiente depender solamente de la revolución tecnológica que ahora está teniendo lugar, que parece responder únicamente a los criterios de productividad y eficiencia, sin referencia alguna a la dimensión espiritual del individuo o a los valores éticos compartidos universalmente?”, siguió preguntando.

El Papa respondió: “De manera espontánea en sus corazones, en el entusiasmo de sus años jóvenes, conocen la respuesta, y la están dando con su presencia aquí esta noche: Cristo sólo es la piedra angular sobre la que es posible construir de manera sólida nuestra existencia.

“El siglo XX trató a menudo de prescindir de esa piedra angular, y trató de construir la civilización humana sin referencia a Dios. ¡En realidad terminó construyendo la civilización contra el hombre! Los cristianos son conscientes de que no es posible rechazar o ignorar a Dios sin correr el riesgo de degradar al hombre”.

En su primera intervención el jueves 25 en la JMJ, rejuvenecido por el cariño de los cientos de miles de jóvenes, Juan Pablo II presentó la palabra de Jesús como esperanza en un mundo marcado por la violencia y la injusticia.

“¡Respondan al Señor con corazones fuertes y generosos! –les dijo– Él cuenta con ustedes. Nunca lo olviden: ¡Cristo les necesita para llevar a cabo su plan de salvación!”.

“JP two, we love you !” “¡Juan Pablo Segundo, te quiere todo el mundo!”, fue la respuesta de los jóvenes reunidos en el Parque de las Exposiciones a orillas del Lago Ontario.

El obispo de Roma, que parecía transformado, subió al escenario por su propio pie, apoyándose en un bastón.

Improvisando en perfecto español –“El Papa les quiere”– abrió un discurso pronunciado en inglés y francés con una voz particularmente clara que arrancó continuamente aplausos y gritos entusiastas del auditorio.

Tras el saludo de bienvenida del obispo Jacques Berthelet, presidente de la Conferencia Episcopal de Canadá, el Pontífice confesó: “He estado esperando impacientemente este encuentro”.

Luego se escucharon testimonios y las canciones de jóvenes de diferentes países. Fue entonces cuando el Papa pronunció su discurso en el que presentó a los jóvenes el camino de la felicidad: las Bienaventuranzas.

 


Delegaciones de la Arquidiócesis de Miami y diócesis cubanas posan juntas en la JMJ, en Toronto. (Foto Pastoral Juvenil)

  

“El hombre ha sido creado para la felicidad –constató–. Su sed de felicidad, por tanto, es legítima. Cristo tiene la respuesta a su deseo. Pero El les pide que confíen en El. La verdadera alegría es una victoria, algo que no puede obtenerse sin una larga y difícil lucha. Cristo tiene el secreto de la victoria”.

En el enérgico discurso que debió detener varias veces por los aplausos y durante el que improvisó saludos en distintos idiomas, el Santo Padre advirtió a los jóvenes que “son muchas y seductoras las voces que los llaman de todos lados: muchas de estas voces les hablan de una alegría que puede obtenerse con dinero, con éxito, con poder. Proponen una alegría que llega con el superficial y temporal placer de los sentidos.

En esos momentos apareció en procesión a hombros de jóvenes la Cruz de la JMJ que recorre el mundo desde 1986, hasta llegar incluso a la Zona Cero en la que surgían las Torres Gemelas de Nueva York. Precisamente, al retomar el Santo Padre su discurso, sus palabras conmovieron a los jóvenes, en especial a los 55 mil jóvenes estadounidenses que le escuchaban, al recordar el 11 de septiembre.

“El año pasado vimos con una claridad dramática el rostro trágico de la malicia humana. Vimos lo que sucede cuando el odio, el pecado y la muerte toman control”, recordó. “Pero hoy, la voz de Jesús resuena en medio de nosotros –añadió–. Su voz es una voz de vida, de esperanza, de perdón; una voz de justicia y de paz. ¡Escuchémosla!”.

El martes 24, una misa de acogida con decenas de miles de jóvenes participantes y presidida por el arzobispo de Toronto, Aloysius Ambrozic, había inaugurado oficialmente la JMJ.

El ambiente en el imponente Parque de las Exposiciones fue caldeado por el coro de la JMJ, con 400 voces de entre 16 y 35 años, que interpretó un popurrí con los himnos de las Jornadas precedentes, desde Roma en 1986.

Desde el miércoles hasta el viernes, los jóvenes se dividieron en unos 136 grupos para participar en las catequesis que impartían en 24 idiomas diferentes 261 obispos procedentes de todo el mundo.

El tema común de la catequesis fue “Ustedes son la sal de la tierra”, tomado del lema de la JMJ de este año. Tras la intervención de los obispos, los jóvenes expusieron sus preguntas de fe y de vida, suscitando en ocasiones conversaciones apasionantes. Los encuentros concluyeron con la celebración eucarística. En la tarde, los participantes tuvieron tiempo para acercarse al sacramento de la reconciliación en un parque adaptado para la ocasión a orillas del lago de Ontario.

Para la pastoral juvenil de Canadá, la Jornada Mundial de la Juventud “ha sido una auténtica revolución”, dijo el arzobispo de Ottawa, Marcel André J. Gervais.

Como “un premio y un desafío” definió la designación de Colonia como sede de la próxima Jornada Mundial de la Juventud el cardenal Karl Lehmann, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana y obispo de Maguncia.

(Servicios combinados de ZENIT y CNS.)